opinión

Desesperanza aprendida: sin luz al final del túnel

Cuando todos los intentos puestos en acción dan resultado nulo, se despierta un sentimiento de desamparo y sensación de incapacidad de lograr metas vitales.

Desesperanza aprendida: sin luz al final del túnel

Por: Carina Saracco y Mauricio Girolamo

Licenciados en Psicología

Carina Saracco | Facebook

Mauri Girolamo | Facebook

Solemos escuchar: "Lo último que se pierde es la esperanza", y técnicamente podríamos decir que es así. El ser humano se aferra fuertemente a hilos de esperanza que lo sostienen ante situaciones de amenaza real o imaginada, contando con un sistema de protección, donde el cuerpo y la mente se preparan para luchar o huir. Una fuerza interna que se transforma en verdadera punta de ovillo para hacer frente o salir a tiempo del contexto amenazante.

Estas reacciones esperables de defensa no son infinitas, y se agotan en aquellos que están expuestos a un desgaste psicológico continuo de violencia y desprecio, ya sea en la familia, la pareja, el trabajo, la escuela o el grupo de pares, sin posibilidad de escapar de ellas. Cuando todos los intentos puestos en acción dan resultado nulo, se despierta un sentimiento de desamparo y sensación de incapacidad de lograr metas vitales, quedando en un estado de ausencia de motivación. Esta es la antesala del concepto estudiado por Martín Seligman y denominado "Desesperanza Aprendida", para comprender los procesos por los que somos incapaces de reaccionar ante situaciones dolorosas. Se aprende a creer que cualquier cosa que haga es inútil para evitar o modificar las cosas. Sintiéndose indefensa y sin control sobre la situación, la persona queda inhibida. La incapacidad para reaccionar, es consecuencia del deterioro psicológico, en el que se deja de estar alerta al estrés vivenciado, con la lamentable consecuencia de no buscar una próxima solución. En la mente se produce una "adaptación psicológica", desarrollando de forma gradual un esquema de pensamiento que poco a poco carcome las fortalezas psíquicas y corporales hasta el punto de doblegar la voluntad. Estático ante la adversidad, simplemente se resigna a "soportarla". La desesperanza instala el pensamiento de "no hay solución" teniendo la convicción que se ha intentado todo y nada ha funcionado, entonces "ya todo da igual". Pero este pensamiento forma una trampa mortal. El tema está en cómo devolver la ilusión.

La desesperanza es algo que se aprende, al igual que el optimismo. Según sea lo que pensemos dependerá nuestro estado anímico. En los casos extremos pensamos que son en vano los esfuerzos por lograr un resultado deseado y entonces aparece la desesperanza aprendida. Al comprender este complejo proceso es que podremos entender unas cuantas conductas humanas.

La persona que sufre desesperanza aprendida no se siente mal porque quiera, sino porque su psiquismo ha consolidado esquemas disfuncionales que le inhiben a la hora de cambiar su propia situación. Mostrando así incapacidad de ver las soluciones que otros pueden ver. Instar a la persona desesperanzada simplemente a que "se sienta mejor", puede generarle mayor sufrimiento. Entender que la ayuda que requiere no es solo que los demás le digan lo que "debería" o "no debería" hacer, sino reafirmarle en su capacidad y en su autoestima. Conocer la forma en que se desarrolla dicho fenómeno es vital para poder comprender y ayudar a quienes padecen este sesgo psicológico, y devolverle el control de su vida. Por tanto, es necesario desestigmatizar a la víctima, ahí es donde es necesario el apoyo de su entorno o incluso profesionales, para romper con esa situación. Las relaciones interpersonales brindan oportunidades de vivir sensaciones nuevas y momentos de felicidad. Fijar objetivos suele ser un buen comienzo para movilizar en alguna dirección que saque del estancamiento emocional, planteando la posibilidad de alcanzar alguna meta. Todo esto implica un esfuerzo por salir del estado de desesperanza, obligarse a uno mismo a realizar actos que a mediano o largo plazo resulten positivos.

Nuestro cerebro constantemente está seleccionando información relevante para él, lo cual se va construyendo en base a la experiencia adquirida con anterioridad y a las expectativas que se tienen acerca del futuro. Pensar que nada puede ir mejor es una creencia irracional, que se acepta como regla, por eso es que modificar la desesperanza no es fácil, pero tampoco imposible. Afrontar la desesperanza y volver a recuperar la ilusión, no es simplemente una manera de sentirse mejor: es una declaración de principios que implica utilizar nuestra propia capacidad de extraer interpretaciones sobre los hechos en beneficio propio, en vez de dejar que estas se transformen en obstáculos que no nos dejen avanzar. Esto es fundamental a la hora de trabajar con la desesperanza aprendida, encontrar alternativas a la hora de leer la realidad.

Haber aprendido a desesperanzarnos es el punto último de abandono personal. Es haber bajado la guardia, entregando el alma, soltado el timón. Es quedar a la deriva, a los vaivenes de la suerte o al capricho de un tercero. Dejar de proponer soluciones, de buscar alternativas o de pedir ayuda, es dejar la vida en manos de otros, cuando no, es librarla a los caprichos de un destino incierto. Pero en ocasiones la vida es realmente muy dura y aunque no se quiera llegar a tal extremo, el constante tintineo de la crueldad y la imposibilidad de escapar de ella, merman las fuerzas de cualquier titán. Un desgaste sin misericordia que cala hasta los huesos y despoja de toda virtud o habilidad defensiva. Pero tan maravillosamente el ser humano ha venido constituido a esta tierra, con un hálito de ilusión o hasta con el don de construir espejismos de oasis en donde hay desiertos. Quizás sea ésta la característica que lo aferra a la vida, que lo ata a la existencia. No abandonar jamás. Y también quizás por allí venga un posible camino de solución. Pensar forzadamente en que quién sabe cómo, vaya a saber cuándo, ni de qué manera, se abra nuevamente una luz de esperanza. Al menos inventarla, crearla y creerla. Y desde allí aprender a vivir. Como en la película "La Vida Es Bella" en la que nada se sabe del futuro y se construye un mundo de significados lúdicos paralelos a un niño. Y quién sabe, quizás, lo incierto se transforme en gloriosamente cierto. En una posibilidad que tuerce el magro destino. Quizás allí resida la magia interna de aprender a vivir a pesar de las circunstancias. Quizás por ello el ser humano es un ser soñador, tanto dormido como despierto. Porque crea realidades, construye ideales, fabrica nuevos escenarios y se juega a sus probabilidades. Quizás, como dice un sabio proverbio, "Muévete... y el camino aparecerá". Nunca jamás, dejes de moverte.

Opiniones (1)
18 de noviembre de 2017 | 20:30
2
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18 de noviembre de 2017 | 20:30
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  1. Muy bueno, gracias.
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