opinión

Optimismo: una actitud trascendente

En la vida una buena dosis de optimismo es necesaria como impulso para lograr las metas que cada cual se propone.

Optimismo: una actitud trascendente

Por: Carina Saracco y Mauricio Girolamo

Licenciados en Psicología

Carina Saracco | Facebook

Mauri Girolamo | Facebook

Normalmente, cuando una persona se muestra muy optimista respecto al futuro, se la tilda de soñadora o idealista, con pensamientos ligados a su imaginación y no a los estímulos de la realidad. El extremo polar de volcarse "patológicamente" hacia lo positivo, sin percatarse de ningún peligro o sin poner atención a posibles escollos en el camino, no es saludable en absoluto. Pero en la vida una buena dosis de optimismo es necesaria como impulso para lograr las metas que cada cual se propone. Los experimentos y estudios realizados, demuestran que el optimismo está ligado directamente a la evolución de la especie humana.

Existen personas que han desarrollado a lo largo de su vida, una forma de ver el mundo de modo pesimista, haciendo una lectura constante de las situaciones pasadas, presentes o futuras, detenidos en la opción negativa, peligrosa, desagradable, catastrófica o amenazante. Esto puede deberse a experiencias repetitivas desafortunadas desde edades tempranas, estilos de crianza donde se hizo hincapié en lo amenazante del mundo o por un estilo de personalidad construido, atendiendo a lo negativo como forma defensiva. Mirando, como reza el dicho: la mitad vacía del vaso. En contraposición del optimista que tiene la capacidad de ver la mitad llena y la vacía a la vez, eligiendo centrarse en la reevaluación positiva, como alternativa de afrontamiento de las distintas circunstancias de la vida.

La calidad de vida de los pesimistas no es la mejor, siendo proclives a sufrir depresión, viendo cualquier suceso positivo como algo casual, temporal o que ocurre por suerte y nada más. Se han llevado a cabo experimentos que arrojan por resultado que en las personas pesimistas existe un incremento de la actividad de los lóbulos frontales, y más concretamente en el giro frontal inferior derecho, en contraposición con aquellos más optimistas. Por otro lado, ciertas regiones del cerebro como la amígdala, presentan mayor actividad al imaginar alternativas positivas, y muestran defectos en individuos deprimidos.

Está comprobado que una persona que elija, entrene y aprenda a pensar de manera optimista, tendrá un sistema inmunitario más fortalecido. La psico-neuro-inmuno-endocrinología, ofrece numerosos estudios al respecto, demostrando que tienden a enfermarse más, quienes ostentan un pensamiento predominantemente negativo, siendo inmunodepresor, liberando cortisol en exceso (la hormona del estrés), con todas las consecuencias de desgaste que eso significa para el organismo.

Las personas optimistas sufren menos problemas depresivos, ya que aparentemente, esta cualidad ayuda a proteger de la visión desesperanzadora que caracteriza a los trastornos del estado del ánimo, "amortiguando" el impacto de las dificultades. A su vez ayuda a percibir más capacidad para enfrentar los conflictos y sobrellevar mejor el sufrimiento. También parece ayudar a presentar menos enfermedades físicas, compensando los efectos nocivos que tienen las situaciones estresantes sobre la salud. Creer en un futuro mejor, predispone a estar más sanos, esforzarse más y perseguir metas con mayor perseverancia, poniendo empeño en los proyectos. Se trata de una cuestión de supervivencia. Para progresar, se necesita ser capaces de imaginar una mejor realidad alternativa, y creer que se puede lograr. La esperanza reduce el estrés y mejora la salud física.

El cerebro humano no distingue entre fantasía y realidad, y si una persona "imagina" (piensa) algo catastrófico, se impregnan sus sentimientos de manera negativa. Experimentando angustia, miedo, dolor, incluso hasta llegar a la desesperación. Abajo de esta cascada emocional, se encuentran las acciones coherentes con el sentir negativo, llevándolo a corroborar que todo esté en orden, en ocasiones alterando al entorno. Siguiendo esta línea, todo comenzaría en el pensamiento, a partir del cual se interpreta lo que sucede, dando un significado particular a cada experiencia y situación. Por lo que, si se entrenan pensamientos positivos, conciliadores, vitales y efectivos, se desarrollarán sentimientos en el mismo orden y acciones que acompañen tal forma de afrontar la realidad, permitiendo mayor margen de acción al tratarse de pensamientos más flexibles, de autoconfianza y esperanzadores. Provocando los cambios contextuales necesarios para que las cosas sucedan en el sentido en que se las imaginó, promoviendo de algún modo el comienzo de este "efecto dominó", a modo de profecía autocumplida. Si el pensamiento construye un escenario pleno de aciertos, salidas espontáneas y respuestas originales, se termina generando mayor autoconfianza, mejor autoestima y tolerancia de la incertidumbre, con un estado receptivo relajado y por ende más funcional. Es por ello que se ha comprobado que el pensamiento optimista genera más acierto y seguridad en las conductas, las elecciones, las decisiones y los resultados.

Todo esto nos lleva a una reflexión. Es muy fácil reconocer el pensamiento positivo o postura optimista en la vida, pero muy difícil de ejecutar cuando esto no es lo que hemos aprendido en la vida, por diversas circunstancias. El pensamiento esperanzador, es literalmente optimista y nos posiciona, sin por ello ser ciegos o extremadamente idealistas, en visiones deseables de nuestra existencia, conectándonos con aquello que deseamos y anhelamos, viendo otras alternativas, que quizá no surjan a primera vista, relacionadas con lo agradable y gustoso de la vida. No se trata de negar la tristeza, ni anular los sentimientos dolorosos, sino, desarrollar un pensamiento optimista, abierto a todos los sentimientos, para que estos no generen un dique de emociones que desborde perjudicialmente por lados inesperados. Esto se logra de manera forzada, no natural, aunque parezca llamativo. Pues si queremos una vida mejor, habrá que hacer grandes esfuerzos por entrenar el optimismo, siendo muy conscientes de nuestros propios pensamientos. Escribir lo que me surge y lo que elegiría. Los hábitos modifican la estructura de nuestro cerebro. Desde hace años los investigadores han dado cuenta que este órgano es plástico. Para lograr una destreza y domar el arte en cualquier disciplina, hace falta entrenamiento, tesón, constancia y repetición. La clave está en entrenar día a día un pensamiento elegido y no repetitivo como autómatas. Saliendo a corregir y aprendiendo a pensar como gustaría, como haría bien y como nos "convendría" para lograr mejores y saludables resultados. Una gimnasia cerebral, que nos posicione del lado feliz de nuestros días, transformando la esencia en un despliegue de potencialidades, como catapulta que proyectará nuestro "mejor ser". Descubriendo lo bueno que tengo alrededor, posicionándome en ver la totalidad del vaso y armándome con lo que cuento como recurso y no con lo que falta o perdí, valorando de este modo mi realidad, como lo expresa Marcel Proust; "el verdadero viaje de descubrimiento, no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos".

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