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Los 110 días del emperador amateur

Los 110 días del emperador amateur

De todas las declaraciones, respuestas, tweets, comentarios, insultos, entrevistas, ruedas de prensa, comunicados y salidas de tono de Trump en los primeros 100 días de su presidencia, ninguna le define mejor que esta respuesta:

"I loved my previous life. I had so many things going," Trump told Reuters in an interview. "This is more work than in my previous life. I thought it would be easier."

No, no la habéis entendido mal. La traducción es más o menos esta:

"Me gustaba mi anterior vida. Tenía tantas cosas a mi favor," Trump dijo a Reuters en una entrevista. "Esto es más trabajo que en mi vida anterior. Pensaba que sería más fácil."

El presidente de los Estados Unidos, el hombre más poderoso de la tierra, alguien que tiene bajo sus órdenes el mayor ejército del planeta, miles de cabezas nucleares, millones de burócratas y que puede movilizar los recursos de la economía más rica y próspera del mundo, está sorprendido que su trabajo es complicado.

Esto podría ser una anécdota o un momento de franqueza y humildad en boca de otro político, pero Trump ha dicho cosas parecidas en repetidas ocasiones, a menudos tras cambiar completamente de opinión sobre un tema más o menos aleatorio. El tipo declaró su sorpresa de lo complicado que era reformar la sanidad (16% del PIB del país, nada menos) días antes que su propuesta legislativa se estrellara miserablemente en el congreso. Anunció un cambio de opinión completo sobre Corea del Norte y la capacidad de influencia de China tras escuchar al presidente chino explicarle el conflicto durante diez minutos. Trump pasó de querer retirarse de NAFTA (el tratado de libre comercio con Canadá y China) a apoyar el acuerdo en apenas tres días después de llamadas de teléfono con Trudeau y Peña Nieto.

Tres ejemplos, pero no son los únicos. Casi toda la presidencia de Trump puede resumirse como un cúmulo de improvisaciones parecidas. Pongamos, por ejemplo, su propuesta de reforma fiscal, algo de lo que el presidente lleva hablando desde los primeros días de su campaña, y que había declarado como algo prioritario. Han pasado siete meses desde el día de las elecciones. Trump y su equipo han tenido siete largos, eternos meses para preparar una reforma coherente, negociarla con el congreso, discutirla con grupos empresariales, economistas, think tanks y demás.

La semana pasada presentaron el borrador de la reforma. Su longitud: un folio, a doble espacio, a una cara. Es un documento que rebaja el impuesto sobre la renta y lo reduce a tres tramos pero que ni se molesta en decir los umbrales de cada tramo. Dice eliminar deducciones fiscales, pero no se les ocurrió decir si mantenían la (muy regresiva) deducción sobre planes de pensiones en este primer borrador. Más que una reforma, lo que Trump y su equipo publicaron es lo que escribiría un chaval que se presenta a un examen de economía aplicada y que todo lo que sabe sobre impuestos lo ha aprendido escuchando tertulias radiofónicas. Da vergüenza ajena.

Por supuesto, esto sería comprensible para alguien con un espíritu magnánimo y generoso si Trump y su equipo al menos pareciera que estuvieran aprendiendo de sus errores, pero ni eso.

Ayer Trump, en una entrevista en Bloomberg, pedía a los líderes republicanos en el congreso que llevaran a votación la American Health Care Act (AHCA), la horrendamente impopular propuesta para derogar Obamacare que se estrelló miserablemente a finales de marzo. Esto de por sí ya es inusual; la regla número uno de legislar en un sistema presidencial con partidos poco disciplinados es que uno nunca lleva nada a votación hasta que no está casi completamente seguro que tiene los votos para aprobarlo. La AHCA, según absolutamente todo el mundo con dos dedos de frente en el capitolio, ahora mismo no tiene los votos, en parte porque las negociaciones han escorado el texto más hacia la derecha, en parte porque casi nadie ha visto el texto final.

La lista de los que han leído la AHCA en su estado actual, por desgracia, no parece incluir a Trump. En la entrevista defiende las bondades de la propuesta atribuyéndole regulaciones, protecciones y reformas que ni están en el texto ni pueden ser aprobadas utilizando el procedimiento legislativo adoptado por los republicanos. No se le puede exigir a un presidente que conozca todos los detalles de una ley, ciertamente, pero el hecho que no sea capaz de describir de forma competente su proyecto estrella es atroz.

Lo más significativo de los últimos días, en todo caso, es que todo el mundo parece haber empezado a entender que al presidente más vale no hacerle demasiado caso. En la última negociación presupuestaria los demócratas y republicanos en el congreso le han dejado de lado por completo, ninguneando todas y cada una de sus demandas. Trump o no sea ha enterado, o se lo ha tragado sin rechistar. Hay legisladores en Méjico diciendo abiertamente que Trump va por el mundo soltando faroles ante cada negociación, y que básicamente van a ignorar sus demandas. Todo indica que Paul Ryan y el GOP han dejado de lado la reforma de la sanidad casi por completo.

En la misma entrevista con Bloomberg, Trump ha dicho que están estudiando dividir a los grandes bancos en entidades más pequeñas, subir el impuesto sobre la gasolina para pagar infraestructura y reunirse con Kim Jong Il. Esto, en condiciones normales, sería una noticia enorme, pero la respuesta del Washington oficial ha sido un bostezo. Basta leer la respuesta con atención para entenderlo, cuando le preguntan sobre bancos:

I'm looking at that right now. There's some people that want to go back to the old system, right? So we're going to look at that."

Traducido:

"Estoy estudiando eso ahora mismo. Hay gente que quiere volver al viejo sistema, ¿no?. Así que lo estamos estudiando."

Esta es la clase de respuesta que das cuando el jefe te pregunta sobre un proyecto del que te habías olvidado por completo, no la del jefe del gobierno federal de los Estados Unidos. Trump da esta clase de divagaciones aleatorias cada vez que un periodista le sorprende con una pregunta sobre un tema que no conoce, es decir, constantemente. Su propio equipo parece tomarse al presidente más bien poco en serio, diciendo abiertamente a periodistas que su trabajo es evitar que haga locuras. Entre que el tipo miente con una facilidad extraordinaria, no tiene tiene de lo que está hablando y nunca tuvo un plan o ideología coherente, es bastante natural que todo el mundo acabe por pasar de él.

¿Es demasiado temprano para hablar de Trump como una presidencia fallida? Obviamente, sí, es demasiado temprano. Es posible que tras no dar pie con bola durante tres meses largos (la única victoria real en este periodo ha sido la nominación de un juez en el supremo, y ahí el mérito real es de Mitch McConnell), Trump se dé cuenta que gobernar un país es muy distinto a dirigir una empresa, cambia de actitud, se pone a empollar y cambia de rumbo. Aunque soy personalmente escéptico que un tipo de 70 años al que siempre le han dado todo hecho se transforme, quizás se cae del caballo camino de Damasco y nos sorprende a todos.

Otra opción, quizás algo más realista, es que los republicanos simplemente empiecen a actuar como si Paul Ryan fuera primer ministro y Trump un jefe de estado que dice cosas raras y juega demasiado a golf. Es algo que hemos empezado a ver en cosas como la contra-reforma del sistema financiero, elaborada completamente de espaldas a la Casa Blanca. Es posible que por aquí los conservadores tengan más opciones de legislar con una agenda coherente, pero como vimos con la AHCA, el partido está muy dividido en muchos puntos cruciales de su programa, y negociar una ley con un sistema bicameral y mayorías exiguas en el senado es muy complicado sin un presidente competente que dirija el debate.

Pase lo que pase, el calendario legislativo americano hace que Trump y Ryan tengan poco tiempo para sacar adelante cualquier ley ambiciosa. El congreso, en condiciones normales, necesita como mínimo tres o cuatro meses para aprobar una ley. Entre parones veraniegos, navideños y demás, a este año le quedan cinco meses "buenos" para legislar; llegado el 2018 todo el mundo estará pensando en las mid-terms y sacar algo adelante es mucho más difícil. Contando que la sanidad esta en vía muerta, no hay un texto remotamente decente sobre reforma fiscal, y nadie en la Casa Blanca ha preparado nada sobre infraestructuras, van a necesitar un pequeño milagro para pergeñar nada relevante de aquí a diciembre.

Hace unos meses, cuando empezó la presidencia, dije que el motivo más probable de un hipotético fracaso de Trump era su incompetencia. De momento, parece que estaba en lo cierto.

Donde sí hay más margen para el presidente es en política exterior, donde el ejecutivo tiene mucha más autonomía. Pero de eso hablaremos otro día.

Roger Senserrich es politólogo. Es coeditor del portal Politikon.es en donde fue publicada originalmente esta columna.

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