opinión

¿Sociedad violenta o humanismo?

Hace 16 años se publicaba este documento. ¿Tiene vigencia? Lo firmaron Roberto Chediack; Roberto Follari; Luís Triviño; Jorge Contreras; Elsa Pizzi; Jorge Barandica; Olga Ballarini: Ennio Fattiboni y Pedro Zalazar.

¿Sociedad violenta o humanismo?

Cada tanto nos vemos sacudidos por hechos a nivel individual o colectivo que superan nuestra capacidad de entendimiento y sentimos angustia, horror o impotencia. Pareciera que la violencia se enseñorea como una pauta cultural imposible de erradicar. La historia de la humanidad ha estado preñada de guerras, conflictos de distinto origen promovidos por fanatismos religiosos, nacionalismos estrechos, intereses económicos, negocios de armamentos o la figura solitaria o grupal de tipo psicopático, que cometen crímenes aberrantes. Pareciera que la violencia está encadenada a la naturaleza humana.

La violencia de las guerras a veces parece más fácil de explicar, aunque quienes las generan defienden sus motivaciones y empujan a la gente a tomar partido bajo los más viles objetivos, caso Buch, por ejemplo, con su guerra en Irak, o la violencia generada por los propios Estados durante los regímenes militares.

Por otra parte los sectores que manejan el poder de las finanzas pensaron en un modelo social y una sociedad insolidaria, tecnocrática y hasta perversa, que genera pautas culturales antihumanas en lo esencial. El individualismo, el todo vale, la conveniencia y competencia como motores de éxito, la pérdida del humanismo en lo cotidiano, la crítica a las pautas éticas y morales por "envejecidas", son la causalidad más perversa de lo que hoy y mañana cosecharemos.

Violencia en las calles, en las familias, en las escuelas o en el fútbol, donde se amparan mutuamente barras bravas, dirigentes políticos y empresarios y se naturalizan como parte de la vida. En nuestro país, algunos procesos o situaciones colaboran para que se vayan estructurando pautas culturales que determinan conductas aberrantes; una brutal marginación económica-social -sobre todo en los 90- con niños carentes de nutrición, contención y afectos; una alta deserción escolar y falta de respuestas para los trastornos de conducta o escolaridad que sufren los chicos; una juventud con miles de drogadictos que no tienen donde recurrir y con la angustia de la desocupación tocando a sus puertas; una TV que se posiciona como sustituta de la maestra o la madre, con una gran dosis de muerte y programas estupidizantes, y con violencia legitimada ante un niño que no puede distinguir entre realidad y fantasía, o una farándula hueca y vacía con modelos nefastos para imitar.

La falta de referentes éticos, las permanentes denuncias de corrupción acompañadas de total impunidad, la falta de perspectiva de la juventud, los difundidos programas de salud mental, el futuro incierto y marginal de millones de personas sin preparación en un mundo tecnocrático, la ausencia del abuelo, el sacerdote o el médico que antes escuchaban, la doble jornada de los padres ausentes o la desocupación como contrapartida, y la falta de comunicación familiar reemplazada por programas o personajes mediáticos sin valores, generan una secuencia de pautas que se retroalimentan y donde lo que menos importa es la vida de los seres humanos.

Una sociedad donde da lo mismo observar o no las reglas de tránsito, o donde es viveza comprar lo robado, termina en cualquier parte o en cualquier cosa. Delincuencia común o de los poderosos, crimen atroz o crimen disimulado, alcoholismo y drogadicción derivada de la necesidad o del hastío, neurosis o depresión del carenciado o del que todo lo tiene. Sociedad caótica inmisericorde. Mientras todo esto se consolidaba, muchos decían "roban pero hacen" o "nadie hace plata trabajando" y los votaban. Otros pensaban más en los viajes al exterior o en el consumismo del "deme dos", sin pensar en la sociedad que generábamos. Se naturalizó la violencia y la muerte, y el derecho a vivir dejó de tener valor como hecho fundante de cualquier comunidad, sin distinción de clase, raza, estrato social, sexo, profesión o ideología.

La sociedad y quienes gobiernan deben entender que estamos todos en el mismo barco y que no hay rejas ni murallas que nos puedan salvar. Frente a esto no hay que tomar medidas fundamentalistas improvisadas, hay que pensar lo coyuntural que atempere al máximo al delito mientras se hacen cambios económicos, sociales y culturales que deben marchar de la mano y en forma paralela. El ojo por ojo solo llevará a que todos quedemos ciegos. El abordaje debe ser sistémico, y esto no significa, aunque entendamos la causalidad profunda, convalidar el delito o los crímenes aberrantes, y hay que controlar y penar a quien lo comete para que no sea un peligro para la sociedad.

En lo coyuntural podríamos esbozar entre otras medida:

1 - Identificar y controlar en forma coercitiva a quienes venden y comprar lo robado.

2 - Actuar en la prevención de la drogadicción e identificar y reprimir a los traficantes del dolor humano que ejercen este perverso negocio.

3 - Controlar y desmantelar el mercado negro de armas.

4 - Estructurar una policía científica de investigación con control judicial, legislativo e inspección general de seguridad.

5 - Dar señales claras de que no hay impunidad para los traficantes de drogas, redes mafiosas o para los poderosos ligados a actos de corrupción política o económica.

6 - Agilizar y mejorar la justicia y la evaluación correcta de quienes son un peligro para la sociedad para su aislamiento o vigilancia, estructurando mecanismos de socialización.

7 - Prevenir el delito encuadrado dentro de la contención social, deportiva, escolar, cultural, de salud, etc.

Queda mucho para aportar, pero solo un enfoque coyuntural más, el tratamiento sistémico de la causalidad social, política y cultural, nos posibilitará otro futuro donde la vida sea el primer derecho y la primera libertad. El Estado debe ser el primer garante, pero la sociedad en su conjunto también debe comprometerse, al igual que los medios de comunicación. Hay que repensar y rediseñar la sociedad que todos hemos sembrado y cosechado. Aunque algunos poderosos de la economía o de la política tienen la mayor responsabilidad, no podemos seguir mirando para otro lado. Solo así nuestros hijos y nietos tendrán un futuro, y no una pesadilla donde terminemos unos contra otros o todos contra todos.

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21 de Julio de 2017|09:56
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