editorial

Por qué colapsa Mendoza

La Naturaleza no es mala con los mendocinos. Somos nosotros los que permitimos con silencios y omisiones actos erróneos de quienes detentaron el poder.

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El túnel del shopping es la metáfora de toda una provincia. Quienes gobernaron, dejaron una Mendoza que hace agua por todos lados y que impide avanzar. Nadie hizo lo que había que hacer y hoy estamos en una disyuntiva: nos autoflagelamos durante un par de días y llamamos a la caridad para pasar el mal trago, naturalizamos -en definitiva- que "seamos así" o decidimos dar un salto hacia adelante, cambiando la abulia y el conformismo chato por un espíritu emprendedor y superador, no de la coyuntura, sino en lo estructural. Si así lo decidiéramos, eso implicaría cortarles el paso a los tránsfugas que contrataron personal a sueldo del Estado y no los pusieron a trabajar en donde hacían falta; a los que autorizaron emprendimientos en las rutas naturales de desagüe y ahora se embalsan los barrios cercanos. 

La determinación debería ser ponerle coto a la corrupción definitivamente, no disimularla o hacerla más "amigable".

La planificación urbana y el uso del suelo son las primeras víctimas que deja la corrupción. El "no" de los funcionarios parece haber funcionado solo como un resorte para el consiguiente "sí", cuando han encontrado estímulos para un cambio de opinión desconociendo los argumentos técnicos. De nada sirve que hoy hagamos un mapa del Gran Mendoza que nos permita transitar libres de anegamientos por aquí o por allá, si no revisamos por qué se dejó avanzar a barrios, clubes o particulares sobre canales de desagüe que ya aborígenes y colonizadores, sin los recursos tecnológicos actuales, sabían que era imprescindible cuidar. No se trata solo de no arrojar mugre y de llamar a la reflexión a la sociedad, como hacemos cada vez que llueve. De lo que hay que hablar y actuar es del avance de negocios, grandes, medianos o pequeños, pero que en definitiva optaron por una Mendoza chiquita, la del curro y que ahora se nos presenta de cuerpo entero ante el espejo con tan solo una lluvia de 25 milímetros en una noche de otoño.

Pavimentos de pésima calidad son los que permiten ver un área urbana como bombardeada tras la caída de tan solo unas gotas; semáforos del siglo pasado son los que se apagan (como si en las zonas lluviosas del planeta debieran optar por no tenerlos); el descontrol del arbolado hace que aquello que nos distinguía en el mundo se venga abajo en forma imprevista, con daños colaterales inesperados; el permisivismo con las empresas privadas que distribuyen la electricidad hace que, con poco o nada de viento o lluvia, no haya luz: ¿somos tan tontos como sociedad que no somos capaces de controlar a nadie y nos creemos todos sus argumentos? 

¿O serán demasiado vivos los que tienen que planificar, exigir y controlar que el resto no se da cuenta de su defección a las normas, al punto que llegamos a esto?

No debería ser un ejercicio cíclico lamentarnos para seguir igual, al menos, si no queremos seguir repitiendo errores continuamente. Hay responsables de que nada funcione, de que zonas completas se aneguen y de que cada vez resulte más caro (y por lo tanto, imposible) realizar obras de infraestructura. Lo que hemos venido haciendo es una carrera a contramano y los obstáculos ya comienzan a aparecer a altísima velocidad y de frente.

La oportunidad está servida.

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