opinión

Venganza, vistiendo la piel del enemigo

La venganza podría ser considerada una respuesta primitiva e infantil del ser humano, como acción defensiva, producto de la impotencia de sentirse víctima.

Venganza, vistiendo la piel del enemigo

 Por: Carina Saracco y Mauricio Girolamo

Licenciados en Psicología

Carina Saracco | Facebook

Mauri Girolamo | Facebook

La venganza es la acción con la que una persona se desagravia de otra, ofendiendo o dañando a quien considera responsable de una ofensa o daño anterior. Pero encender una hoguera contra el enemigo, puede chamuscar a quien la enciende también.

Traición, estafa, infidelidad, ninguneo, descalificación, desacreditación; podrían actuar como desencadenantes de una actitud despechada, en busca de algún resarcimiento, que deje al victimario en un lugar de desdicha o infelicidad, como la vivenciada por la propia víctima. La venganza podría ser considerada una respuesta primitiva e infantil del ser humano, como acción defensiva, producto de la impotencia de sentirse víctima de una situación o circunstancia.

Sentir el maltrato por parte de alguien, es un hecho en sí mismo desagradable, más si es generado por una persona digna de afecto y admiración, donde el dolor es directamente proporcional a la profundidad del vínculo construido. Así, con el solo hecho de recordar el asesto de la puñalada, se desencadena un alud de imágenes mentales, dignas de la mayor bajeza humana, en la que se representan escenas vengativas de todo tipo y color. Algunas, finamente cinematográficas, con ribetes y detalles de una operación de guante blanco. Otras, sencillamente como devolución agresiva y violenta, en una evidencia de poder generar o impartir algún tipo de dolor a ese ser aborrecible.

Ajusticiar al imputado de la causa, siendo el juez designado, deriva de aquellas épocas donde no existían organizaciones encargadas de impartir justicia, entonces "ejercer la justicia por mano propia" era necesario para la supervivencia, a modo de tomar partido, juzgar y sentenciar al victimario. En Oriente Medio, surgieron dos instituciones. La primera fue "la Ley del Talión" de donde proviene la etimología de la palabra anglosajona "retalation", traducido como retaliación, "ojo por ojo, diente por diente", entendida como venganza pura y dura, pero denotando en la misma frase, un límite, el ofendido no podía causar a su ofensor un daño mayor que el recibido, devolver la paga con la misma moneda. Y la segunda "La Compensación", una retribución para que el agraviado olvide la venganza.

Este famoso deseo de venganza parece ser algo que aparece primitivamente en nuestro cerebro, pero focalizándonos en el presente evolucionado del ser humano, se trata de una de las formas menos constructivas de solucionar problemas en relación a otras personas. La venganza puede ser llevada a cabo en dos temporalidades: La Inmediata, lo que se traduciría en un acto absolutamente impulsivo, sin reflexión, se siente y se hace, ejecutado generalmente en una acción desproporcionada en su magnitud y desacertada en su resolución. En el otro extremo, La Venganza Planificada, una estrategia pensada, elaborada y a la que se le dedica tiempo. Alimentada por el sentimiento de rencor que subyace a la venganza, generando más de lo mismo, en un circuito interminable. Si del resentimiento no se sale, del deseo de venganza tampoco.

La venganza es una de las conductas humanas más popularmente difundidas, pero de las menos estudiadas por la neurociencia cognitiva. Lo que sí se sabe es que cada vez que sentimos el deseo de vengarnos, nuestro cerebro está segregando la misma hormona que regula el apetito (ghrelina); también se libera serotonina, afectando los mecanismos del placer y otros neurotransmisores relacionados con la sensación de saciar el apetito. De ahí quizá provengan las frases "hambre o sed de venganza" o "la venganza es un plato que se come frío". La acción placentera de idear planes y estrategias maquiavélicas para vengarse, desaparece cuando la venganza se cumple, por lo que algunos autores refieren que es un "placer mezquino", porque raramente uno queda satisfecho y puede aparecer incluso remordimiento. No llega la paz interior y la herida se guarda intacta. Emerge el arrepentimiento, por haber actuado del mismo modo que el agresor que tanto daño causo y que tanto desprestigio tiene ante mi valoración. Ese gusto, ese paladear y saborear la venganza fantaseada, hace que se desarrolle una imagen irreal de sentir una saciedad del hecho dañoso. Es decir que más que "el sabor dulce de la venganza" podríamos hablar de un sabor con dejo agrio.

Salirse del camino natural de la venganza como defensa, es todo un aprendizaje de empatía y perdón. Los beneficios del perdón fueron ampliamente predicados por las distintas religiones, pero solo recientemente la psicología ha prestado debida atención, incorporando el concepto como una poderosa herramienta terapéutica, para aliviar el sufrimiento, no siendo sencillo de trabajar, pero con muy potentes resultados; como camino de salida del rencor, el resentimiento y la venganza. Actualmente existe bastante evidencia que el aprender a perdonar es muy provechoso a largo plazo, como recurso terapéutico para lograr atenuar el sufrimiento, depurando la toxicidad que se genera al sentirse herido, una respuesta más honesta con uno mismo. Algunos psicólogos norteamericanos han estudiado los efectos saludables derivados del hecho de perdonar, afirmando que puede mejorar la calidad de vida, la presión arterial, el sistema inmune, prevenir la depresión y la ansiedad.

El perdón en términos psicológicos se define como una reducción en la motivación de dañar al agresor y simultáneamente un aumento de la motivación de actuar de modo favorable para con la relación con el agresor. Con el perdón, eximo de los cargos y de las obligaciones a reparar.

Si no es posible perdonar, alejarse de quien generó daño quizás sea la mejor salida. Atravesar las etapas de un literal duelo en esa pérdida, quizás sea más sabio, que andar expiando deseos de bajos instintos. El dolor sufrido por lo que los demás nos puedan haber hecho de manera inescrupulosa, determina claramente la acción a tomar: si es tan cruento el daño que se hace imposible perdonar, pues con más fuerza y decisión se debería abandonar ese vínculo. Vengarnos es someternos y sumirnos en un juego macabro, digno de toda bajeza. Es fijación, quedarse estático, inerme, inmóvil, dando vueltas en círculos, sin vivir una verdadera y genuina superación. Los dolores de la vida, no se canalizan por la vía de la venganza. Se aceptan como parte posible de la existencia, se afrontan como capacidad desarrollada y se superan como toda instancia dolorosa, como toda herida y como toda frustración, que no será otra cosa que el preámbulo de nuevos y más aprendizajes.

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