opinión

¿Qué nos pasa?

¿Qué nos pasa?

 Corrían los años 90 cuando empezaban las privatizaciones de las empresas del Estado durante el gobierno de Carlos Saúl Menem y con ellas, los primeros piquetes como forma de resistencia social de las últimas décadas, diferenciándose del derecho constitucional de huelga. Se daban espontaneamente por parte de trabajadores y organizaciones sociales no sindicalizadas. El primer escenario era Cutralcó, Neuquén, cuando se producían despidos masivos de los trabajadores de YPF en un lugar donde los pobladores dependían casi exclusivamente de esa empresa estatal. Comenzaban los cortes de rutas como forma de visibilización de la pérdida de las fuentes laborales.

Hoy, a más de 25 años , este fenómeno no sólo se da con ese objetivo y crecen de manera geométrica y exponencial , sino que han llegado a convertirse en un modelo de protesta con participación de un mix de gremios, distintas organizaciones sociales y partidos políticos.

Hasta acá una forma de protesta, estemos o no de acuerdo, absolutamente comprensible en tanto en cuanto todos respetemos nuestros derechos y los del otro.

Pero lo preocupante es que los argentinos no sólo no lo logramos sino que profundizamos la falta de resolución de conflictos, cada vez con mayor virulencia y con más fisuras en el tejido social, sin encontrar el "nosotros " en todos los órdenes: político, social, económico, educativo. Vivimos en el ayer o en el hoy, según nos convenga.

El todo vale prevalece, desde lo material o físico hasta lo verbal; desde el ataque a edificios públicos e históricos hasta las diatribas contra el que piensa diferente. Desde los que descalifican las instituciones hasta quienes amenazan en forma velada o explícita.

La vehemencia y la convicción en la defensa de ideas y derechos, es saludable. La intolerancia, provenga de dónde provenga, no.

Pocos podrían dudar que los argentinos vivimos entre idolatrar y detestar o defrenestrar.

Mucho menos de que somos absolutamente transgresores, en el sentido negativo del término, respecto de las normas básicas del comportamiento social, no otra cosa que los hábitos en aras de equilibrar el desarrollo de una comunidad como única forma de relacionarnos e interactuar. Esto más allá de cualquier diferencia. Y eso se construye desde el hogar, en la escuela, en el trabajo, en la vida cotidiana. Una verdad casi de perogrullo que al parecer olvidamos.

Somos anómalos en nuestro comportamiento. Esta conducta la vivenciamos cotidianamente como un desafío, desde el niño más pequeño hasta el adulto. Vivir sin normas parece ser nuestro objetivo.

Nos cuesta encontrar el equilibrio. ¿Cuál es la verdad? ¿La A o la B?seguramente ninguna de las dos porque no existe la verdad absoluta como no existe la objetividad absoluta.

Nuestro desafío es exigir a nuestros gobernantes la búsqueda de soluciones racionales, posibles, reflexivas, derribando las barreras que se han ido profundizando en el tiempo y con el tiempo.

Es la gran deuda que tiene la clase dirigencial en general -política, gremial, empresarial, etc., -y de los ciudadanos para con nosotros mismos y para el entorno social.

El hombre común está cansado de vanas promesas, de peleas intestinas entre oficialismo y oposición de turno, porque termina quedando preso de internas y de la búsqueda de poder en todos los ámbitos, sin ver proyecciones hacia el mañana .

Está cansado de ver cómo el enredo del ovillo es cada vez mayor, desde los unos y los otros, entre internas, divismos e intereses personales, mientras los derechos y obligaciones del tejido social se van desvaneciendo en medio de un caos del que nadie duda pero con el que todos colaboran de una u otra forma.

En medio de esta anarquía social, cada vez hay menos educación , menos preocupación (y ocupación ) por parte de los principales actores para resolver las problemáticas. Simplemente se trata de encontrar el punto de inflexión para respetar y respetarnos en el disenso, a la búsqueda de un camino de solución a los muchos conflictos por resolver.

¿Volveremos a aquello de que mi derecho termina dónde empieza el de los demás?

¿Volveremos al respeto del otro, con los otros y por los otros?

¿Volveremos al la racionalidad en el marco de la democracia participativa por parte de todos los actores politicos y sociales?

Estos y otros interrogantes se mantienen latentes en muchos de nosotros, los argentinos que siempre soñamos con dejarles a nuestros hijos una sociedad madura, socialmente responsable y políticamente democrática.

Opiniones (1)
24 de noviembre de 2017 | 23:34
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24 de noviembre de 2017 | 23:34
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  1. Sra., podríamos coincidir en casi todo, pero el respeto a las normas o a cualquier factor común de convivencia se hace sólo si el cuerpo social entiende que eso le depara resultados positivos, primero a sí mismo y después al conjunto. Además, se produce ese respeto, cuando el colectivo ve que los dirigentes son los primeros en cumplir las reglas y que si alguno no lo hace recibe el castigo en forma rápida, eficiente y eficaz. Nada de eso ocurre en la Argentina. Por eso no respetamos nada, porque no vale la pena hacerlo. Es más, si uno se apega a las reglas, leyes y normas generales, le va para el reverendo culo. Así de simple.
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