opinión

El trotskismo versátil hacia donde va el peronismo

Desde adentro del PJ suenan las alarmas: o el peronismo se vuelve republicano y abandona su mito golpista de origen, o se torna una opción trotskista.

El trotskismo versátil hacia donde va el peronismo

 La Argentina va a continuar estancada mientras se etiquete en la categoría de "proyecto político" el deseo de fracaso de quien gobierna para, solo de esa forma y ante esa situación, tener chances de asumir desde la oposición las riendas del poder.

Cristina Fernández de Kirchner vivió su periodo al frente del Poder Ejecutivo como una campaña proselitista permanente. De hecho, la "marca" electoral no prometía mucho más que "Victoria", de ser posible, una detrás de otra, sin tiempo a pensar en derrotas. Todos los días había no sólo un aluvión de propaganda en medios de comunicación, sino que se usaban los recursos del propio Estado para multiplicar su figura, sus palabras, y algo bastante peor: con ello, o a partir de ello, ocultar lo que se hacía mal o lo que se dejaba de hacer.

En esto, sumada a los tiempos de la política que funciona como show mediático e interactivo, fue una campeona. Detrás del entretenimiento discursivo sumó a miles de ingenuos que le sirvieron de coartada ideológica y, además, invisibilizó a los ojos del pueblo el momento económico global que, al menos durante los 10 primeros años de mandato (que obviamente incluyen el ejercicio gubernativo de su fallecido marido Néstor) otorgó a la Argentina un particular "viento de cola" para despegar, una oportunidad histórica en la que podríamos haber actualizado la infraestructura de servicios, la educación y la salud a niveles insospechados. No sucedió. Esos recursos fueron reboleados en bolsas a cuántos conventos de cuántos cómplices con cuántos disfraces que se nutrieron de billetes a cambio de aplausos y silencios.

La expresidenta azuzó a sus adversarios cuando lograban algún nivel de aparición pública que los medios que fueron comprando contratistas de obra pública amigos o entenados no podían opacar, a que "armen un partido y ganen elecciones". Negó todo derecho al control o, siquiera, al disenso, bajo el pretexto de que quien denunciara su corrupción resultaría considerado algo así como un violador de la figura femenina de la Patria. Entonces, merecedores de escupitajos en la plaza pública por parte de "luchadores por los derechos humanos", o escraches en cadena nacional. A eso le llamaron "democracia participativa y directa": miles de afines cobrando un sueldo que probablemente jamás hubiesen conseguido en la administración privada, tan solo para que la aplaudieran a su paso.

Nunca la Argentina estuvo más cerca de convertirse en una "monarquía populista y feudal" en la que el poder era hereditario y el feudo (y la ley) quedaba a dispensa de los deseos de hoy, mañana o pasado del monarca, con las Cortes incapaces de contradecirle.

Pues bien, los que recibían escupitajos armaron un partido y ganaron. Hubo una provocación seguida de una respuesta acorde, consecuente y -en ese tiempo- temeraria. Probablemente, desde la Casa Rosada subestimaron demasiado a la ciudadanía a la que no pudieron convertir en clientela por completo, o que supo sacudirse de la hipnosis justo a tiempo.

Fue tan así de mecánico el proceso -armar un partido y ganar- que hoy los que perdieron quedan entrampados en el evidente hecho de que un grupo de gente que nunca antes gobernó el país entero, por lo tanto, se la puede juzgar por su día a día de aprendizaje (a veces torpe) pero no someterla tan fácilmente como al peronismo al propio eco de su historia.

Los que perdieron, ya tienen su partido armado, multiplicado y en transformación permanente y no les alcanzó para ganar. Como lo saben, no impulsan un plan alternativo para el país. No sostienen "otra forma" de cómo gestionar la cosa pública o resolver los grandes asuntos pendientes que los distinga de la improvisación macrista. Tampoco pueden ofrecer para el contraste sus 12 últimos años, ni sus 26 de 33 que lleva la Argentina en democracia ininterrumpida.

Entonces, el peronismo adopta una personalidad que nunca antes tuvo y que, de hecho, combatió desde sus inicios, como es cierto trotskismo desideologizado o, mejor dicho: tan versátil, que queda como un recurso a mano de cualquiera que arme un grupo y encuentre una excusa para salir a romper todo, a reclamar lo que nunca tuvieron y a evaluar cómo nunca se sometieron ellos a examen alguno.

La sustancia del proyecto político distinto al que gobierna se ofrece no como alternativa, sino como única opción: 

"Nos aguantan a nosotros (que somos lo que ya saben que somos), o se sumergen en este caos que les mostramos que somos capaces de generar". 

Sostiene, promueve, propagandiza, milita, pregona y adoctrina que se vive "el peor momento de la historia" con argumentos tan absolutos que son incontrastables; con tanta bronca, odio y -por qué no- desprecio a quienes los desalojaron del poder, que no pueden ser parte de una discusión racional, un debate, un sano intercambio de formas diferentes de pensar.

Esto ocurre porque no están convocando a razonar "otro modelo" de país, sino que directamente están incitando a que caiga el gobierno. Solo así podrán plantarse luego como la única opción a mano y no como la mejor.

Entender que un gobierno "debe caer" solo porque otro quiere ese espacio es deleznable. Siempre lo ha sido, aunque la sociedad se dejó atropellar, engañar o hipnotizar muchas veces. Ahora es probable que un caldo de ciudadanía pueda estar más vigente que nunca y a pesar de todo lo que se ha hecho por mantener pobres a los pobres, ociosos a los desocupados y estupidizados a los analfabetos funcionales.

Pero, frente a ello, no es tiempo de poner en la misma balanza a los golpistas y a los que no lo son. Esa "neutralidad" falsa y oportunista es, además, suicida. El tiempo en la vida es corto y muchos queremos ver antes de morir a la Argentina de pie, pluralista, emergente y a su gente, con la frente en alto en función de que tiene a mano su oportunidad de ser protagonista, y no carne de cañón de quienes los manejan por migajas.

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Claves: Kirchnerismo
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