opinión

Amantes: el arte de saber amar

La química cerebral juega un rol preponderante a la hora de amar. Pues los compuestos químicos segregados, cuando se siente amor, pueden ser tanto o más adictivos que una droga.

Amantes: el arte de saber amar

 Por: Carina Saracco y Mauricio Girolamo

Licenciados en Psicología

Carina Saracco | Facebook

Mauri Girolamo | Facebook

Amante en el sentido estricto del término hace referencia a "aquel que ama" o "aquel que sabe amar". El concepto se utiliza en sentido general, para nombrar las cosas en que se manifiesta el amor. Pero la acepción es ampliamente conocida al aplicarse a la pareja informal o clandestina en relación a la monogamia, donde se considera amante a la persona con la que se engaña a la primera pareja, manteniendo cierta estabilidad y permanencia, pese a que los amantes no convivan ni se muestren en público.

La química cerebral juega un rol preponderante a la hora de amar. Pues los compuestos químicos segregados, cuando se siente amor, pueden ser tanto o más adictivos que una droga. El amor y la lujuria parecen tener diferentes respuestas neuronales. Ambos son adictivos, y afectan a muchas de las mismas partes del cerebro, pero son lo suficientemente distintos como para que se pueda estar enamorado de una persona y desear a otra.

Sin embargo, algo a tener en cuenta para quienes no están en pareja, es que también se puede ser amante de cualquier cosa que apasione, se puede ser amante de la música, la profesión, un deporte, un hobby. Como dice Bucay "algo o alguien que nos perturbe la conciencia a punto de dibujarnos una sonrisa". Es decir, tener una afición apasionada hacia determinada cosa.

Llamativamente, los recién nacidos y los amantes tienen en común, el contacto visual como el principal conducto para la conexión emocional. Cuando se habla de esa "mirada hipnótica" no es sólo una idea romántica, es una realidad biológica. El contacto visual acompañado de una sonrisa, son una combinación especialmente potente. A los amantes se los reconoce de lejos, les brilla la mirada, hablan apasionados de aquello que aman y se mezclan con la naturaleza haciendo siempre algo diferente. Incluso va más allá, no se trata sólo del fuego que se enciende al encuentro con una persona o una actividad, ser amante es una actitud ante la vida, una apertura del alma que "o se manifiesta en todo, o no se manifiesta en nada". Estudios demuestran que sentirse a gusto donde uno está, contento con la pareja, satisfecho con las actividades que se realizan a diario, cómodos con los que les rodea; permite tener mejores ideas, disminuye el estrés y la angustia; aumentando el disfrute, el placer y la creatividad. Por eso es importante poder saberse amante de la propia vida.

Enamorarse (más aun de una persona "prohibida") hace que se libere dopamina, serotonina y oxitocina en exceso. Es por eso que se siente una explosión de excitación y energía, la percepción de la realidad se torna magnífica y hasta distorsionada, minimizando los riesgos que se corren. Pero los neuroquímicos del enamoramiento salen a chorros hasta que en un tiempo relativamente corto, llega la tolerancia o habituación, dejando de responder al estímulo inicial, que desencadenaba la reacción placentera del encuentro con esa persona especial. Si en ese período, no se logra desarrollar un lazo más allá del enamoramiento o del placer sexual, construyendo un "vínculo profundo", fomentando actitudes de admiración, cooperación e inclusive de amistad, dentro de la misma relación; lo más probable es que esa pareja esté condenada a terminar.

En experimentos con resonancia magnética nuclear, se puede observar qué partes del cerebro se encienden cuando la persona está enamorada. Son todas áreas que despiertan estados de mucho placer que se desea continuar disfrutando. Sin embargo hay que tener en cuenta, que los niveles de segregación de neurotransmisores u hormonas, también dependen de creencias y de la percepción de las cosas. Las ideas, los prejuicios, los valores, las experiencias, las expectativas, o las fantasías; pueden hacer que se libere más o menos químicos y que se vaya o no, tras la búsqueda poco racional y transgresora de ellos.

Frente a una posible nueva relación, completamos con fantasías ideales y construimos una imagen realmente falsa pero muy agradable ante los ojos del cerebro, que espera que las grandes descargas químicas, revivan el éxtasis de la pasión, ya algo vencida o desvencijada en la pareja con quien se comparte lo más terrenal, mundano y cotidiano de la vida. Si esto no se estimula dentro de la pareja estable, constante y comprometida; una o ambas partes pueden comenzar a "entusiasmarse" con aquel o aquella que podría terminar siendo su amante. Es preciso resaltar que pocas veces, este entusiasmo es amor. Muchas veces es enamoramiento o idealización, ya que exaltamos en el amante cualidades que (creemos) no tiene o perdió nuestra pareja. Ante esta comparación, la derrota de la pareja de la vida real, esta cantada de antemano. Un desconocido viene a ocupar el lugar del despertar sensaciones dejadas atrás, en la historia de la pareja actual. Se baja a un status de poca admiración, al compañero de ruta, mientras se ponderan las virtudes del amante, elevando este a una categoría endiosada, con ribetes ilusos de poseer gran capacidad comprensiva, compasiva, divertida y llena de colores.

Las expectativas o la imaginación, juegan un papel preponderante en este período. Esto quizá explica todas las noches de insomnio pensando en lo "maravillosa" que es esa persona. El desafío está en no sucumbir a las tentaciones normales y entendibles del ser humano, sino de vivir en forma coherente, lo cual implica muchas veces, renuncia, límites y aceptación que nadie tiene todo para el otro, pero se puede construir juntos, apostando a una relación madura con proyectos en común.

Tener amante viene a cumplir la falsa ilusión de tenerlo todo en la vida. Pero en realidades paralelas, de manera dividida, lo cual termina siendo un engaño frugal a uno mismo y un atentado brutal contra el vínculo construido por años. Es literal y explícitamente hablando, tener una doble vida, un doble ser, una doble realidad. Algo en sí mismo, poco sano, con más para perder que por ganar. Lo positivo estaría en que todo este repertorio de pensamientos, sensaciones y experiencias sea llevado a cabo en la pareja con la que se comparte la vida. Y no en terrenos divididos. El desafío de las parejas, es lograr integrar todo en una misma persona, a quien poder amar profundamente, con admiración, aceptación, devoción, sencillez y altura; para luego sumirse juntos en los mas bajos instintos, fusionados en las llamas mas ardientes, expresando las pasiones y pudiendo nuevamente volver a elevarse, juntos, a lo sublime de compartir lo diario y mundano de la existencia. Ser amante de la propia pareja o de aquello que se abraza con entusiasmo, exaltación, fuerza y sentimiento. Arriesgando un salto al vacío, sin que llegue a ser una caída libre para dos, sino amarrados al enriquecimiento ineludible, donde nada se pierde al pretender experimentar el vuelo alto del amor profundo, maduro, cuidado y de respeto mutuo, en su máxima expresión.

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