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Sobre los perdedores de la globalización

Sobre los perdedores de la globalización

 Esta es una breve nota que, más que aclarar nada, quiere reflexionar un poco en voz alta sobre eso que se ha dado en llamar los "perdedores de la globalización". La primera vez que me topé con esta idea fue en un artículo clásico de 2006 en el European Journal of Political Research. Su idea básica es que la oposición estructural entre los potenciales "ganadores" y "perdedores" de la globalización, tanto en términos económicos como culturales, estaría afectando de lleno a las democracias occidentales. Aunque nunca fue una dimensión percibida como muy importante en España, y reconozco no haberle prestado mucha atención, a partir de los eventos de 2016 esta tesis ha vuelto a cobrar importancia.

Luego vuelvo al artículo del EJPR pero básicamente la idea se ha simplificado de la siguiente manera:

"La integración económica mundial y las decisiones políticas que la han favorecido habrían generado una brecha entre dos sectores de trabajadores. De un lado, aquellos más formados, empleados en sectores tecnológicos o con mayor movilidad geográfica, que se habrían visto beneficiados por la globalización. Del otro lado, obreros manuales tradicionales, perjudicados por los procesos de desindustrialización y deslocalización. Este último grupo, desclasado y abandonado por los partidos tradicionales, sería receptivo a las políticas nacionalizadoras y proteccionistas defendidas por los partidos de extrema derecha. Por lo tanto, la desigualdad pareja a la globalización favorecería su nueva orientación política."

Esta tesis ha sido apadrinada sin complejos por algunos sectores tanto de creadores de opinión como de politicos a derecha e izquierda. En ocasiones hasta pidiendo "comprensión", criticando a la "izquierda pija" y señalando como la arrogancia del establishment ha tenido mucho que ver con que estos votantes, que naturalmente debían haber ido a sus partidos, hayan desertado a la extrema derecha. Sin embargo, creo que estamos mezclando muchas cosas a la vez y a veces todo se emborrona. Algunas ideas a las que le doy vueltas en voz alta.

USA y Europa, a poder ser, en cestas separadas

Creo que meter los determinantes del voto de los partidos de nueva extrema derecha en Europa con los del voto a Donald Trump es un error. Es más, creo que a veces se mete la tesis de "los perdedores" con calzador. Es cierto que esta presidencia de Trump va a tener enormes implicaciones - sí, dará pie a muchos artículos académicos - pero lo cierto es que 2016 parece más una elección de continuidad que de realineamiento. Si se lee el análisis de Larry Bartels es evidente que lo que hemos visto en la elección es consistente con el voto pasado a partido demócrata y republicano. La sorpresa ha sido enorme dado el fallo existente en los modelos de previsión de voto, y más con el perfil del candidato republicano. Sin embargo, el principal determinante del voto a Trump sigue siendo el voto a los republicanos la elección Obama-Romney.

Merece la pena tenerlo presente para tampoco liarnos demasiado a sobre-racionalizar el resultado. Aun con menos voto popular, los apoyos del candidato republicano estuvieron más eficientemente distribuidos entre Estados y ganó a Hillary Clinton.

Por otro lado, nuestra "nueva extrema derecha" lleva mucho más tiempo con nosotros, al menos desde ochentas y noventas. La polarización en USA también, es cierto, pero va por otro camino al nuestro. Además, hasta los partidos europeos han sido más móviles ideológicamente (No se recuerda, pero el FN iba a las convenciones de Reagan como ultraliberal en lo económico). En la mayoría de países europeos la extrema derecha evoluciona al alza y en muchos casos beben de antiguos partidos comunistas y socialdemócratas - ojo, en España eso no ocurre - aunque también de viejas clases medias. En USA el componente racial pesa mucho. En muchos casos los sistemas proporcionales les han ayudado a entrar en los parlamentos a los partidos europeos y, cuando el sistema es restrictivo como Francia o Reino Unido, las elecciones europeas les han venido de maravilla.

En todo caso, que quizá en Europa esta tesis tenga más sentido pero con cautelas a la hora de meterlo en el mismo saco. La internacional de Coblenza puede admirar a Trump (también alguno que no ha ido) pero sus bases electorales son diferentes. No sólo el sentimiento antiestablishment, es que la UE supone un cleavage diferencial que nos marca mucho más a los europeos. El norte-sur (económico) y el este-oeste (cultural).

¿Sabemos seguro a quien votan?

Un elemento que también me desconcierta es la certeza sobre que, efectivamente, sean estos "perdedores materiales objetivos" de la globalización los que estén optando por pasar a partidos de extrema derecha. Se afirma de manera muy contundente, normalmente sobre la base de clichés (Cletus en Los Simpson), pero habría que darle una vuelta de tuerca.

Primero, porque podría ser que realmente se trate de perdedores en términos de expectativas. Es decir, que si seguimos aquí a Cas Mudde, todo el mundo se habría beneficiado de un modo u otro de la integración mundial, pero lo que habría habido es sectores que se han beneficiado más que otros. Los que se ven perjudicados por la deslocalización industrial lo que habrían hecho es volverse abstencionistas crónicos (desde Detroit a Charleroi, pero también en los suburbios de España). Por el contrario, serían las segundas generaciones, precarios cualificados, los que como perdedores en expectativas optarían por estos partidos.

Pero además, tal vez no cambian el voto directamente los "perdedores", sino sus vecinos de buena posición que, alarmados por el avance de guetos en las ciudades, se apoyan en partidos que prometen mano dura. Es decir, que no es el trabajador blanco manual no cualificado, es su vecino de clase acomodada, para nada perjudicado por esa deslocalización, el que gira en sus apoyos. Por eso creo que siendo una tesis razonable, hay que hacer mucho más esfuerzo por delimitar con precisión de qué segmentos del electorado estamos hablando aquí.

Me temo que hasta ahora nos basamos demasiado en reproducir intuiciones. Es más, es posible que nos estemos basando en falacias ecológicas, es decir, en hacer argumentos individuales sobre datos agregados, de modo que estemos dando vueltas en círculos. Hay que revisarlo mejor.

La dimensión cultural ¿autónoma o interacciona?

Vuelvo a traer aquí el artículo del EJPR. Según este artículo las bases materiales de esta reacción no pueden entenderse sin un temor a la "globalización cultural". La presencia de minorías étnicas o religiosas, en muchos casos emigrantes de segunda generación, estaría generando miedo a perder su forma de vida entre un grueso de votantes. Frente a una posición cosmopolita y abierta apadrinada por partidos de nueva izquierda, cada vez moviliza más la identidad nacional y la búsqueda de referentes de corte comunitarista. "Francia para los franceses". "Los de aquí primero". En cada caso con formas diferentes, pero siempre con una agenda neo-conservadora y dividiendo a electorados tradicionales - incluyendo al reverdecer de la dimensión de género, edad o rural-urbano.

El asunto clave está en saber si esta dimensión es autónoma o bien interacciona con la anterior (lo que sostienen en ese artículo). Es decir ¿Se activa gracias a movilizar la idea de chauvinismo de estado del bienestar? Por el contrario ¿Depende del contexto y es un eje suficientemente sólido sin temas materiales detrás? ¿Cómo es posible que la extrema derecha si no vaya tan bien en países en los que la desigualdad no se ha disparado? ¿O de nuevo estamos ante una falacia ecológica? Lo que está claro es que no se puede pensar que esta dimensión es un tema menor a la hora de terminar el voto. Sin ir más lejos, la evidencia más reciente sobre el Brexit indica que esto habría tenido más peso que cualquier otra cosa.

Creo que hay que revisar bien estas cuestiones para ser capaz de entender cuanto del total de cambio que vemos hoy depende exclusivamente de cuestiones materiales.

La agenda (que tenemos) pendiente

En resumen, creo que tenemos toda una agenda de investigación pendiente sobre este tema. Es clave rastrear bien los que pertenecen a esta etiqueta, si es que se trata de un concepto analíticamente útil. Ver cómo esto puede o no tener un impacto sobre el voto, teniendo siempre presente las particularidades de cada país. Y más aún, saber en qué medida esto se solapa con la "dimensión cultural", sea de manera interactiva o autónoma. Esto es clave si se quiere entender bien los fenómenos de transformación en curso.

Finalmente, dos cuestiones fundamentales sobre las implicaciones que tiene.

Primera, que definir bien esta categoría es clave y cuestionar su validez analítica no equivale a pensar que no tienen que corregirse las desigualdades (véase aquí a Branko Milanovic). Obviamente los cambios que estamos viviendo están transformando las dinámicas de la política estatal y esto será decisivo los años próximos. Si no existen unas bases materiales objetivas es complicado sostener las políticas. Sin embargo, ojo con los discursos "comprensivos". No vaya a ser que, por pensar que la voz de esos supuestos perdedores es la más prístina del "pueblo", se compre una agenda de retroceso en los derechos individuales y colectivos ganados los últimos 30 años.

Segunda, que esto es importante si queremos prepararnos para lo que viene. Aquí hay que leer obligatoriamente a Acemoglu para entender la amenaza que supone la llegada de estos partidos/ personas al poder. Los contrapesos institucionales llegan hasta donde llegan y la democracia es un bien demasiado frágil y valioso, para nada irreversible. Más allá de que pueda haber un retroceso en la globalización, sabemos bien que el autoritarismo abierto en lo económico es posible (Singapur o China). Quizá algunos quieran movernos hacia allí. Es más, probablemente saben que para ellos será siempre más sencillo amordazar prensa o retroceder en derechos que revertir desigualdades. Por eso habrá quien quizá los defienda pensando en lo último pero acaben por tener lo primero.

Quizá por eso es tan importante no dar un paso atrás. Que nadie se despiste, porque nos jugamos mucho.

(*)  Pablo Simón es politólogo de vocación y formación. Doctor en Ciencias Políticas por la Universitat Pompeu Fabra, ha sido investigador postdoctoral en la Universidad Libre de Bruselas. Su principal área de especialización son los sistemas electorales, tanto en sus causas como sus consecuencias, pero también está interesado en los sistemas de partidos, política comparada, la participación política de los jóvenes y dinámicas de competición electoral. Actualmente es profesor visitante en la Universidad Carlos III de Madrid, donde combina su trabajo con actividades divulgativas fuera de la academia. Publicado en Politikón.

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