opinión

Nuevas leyendas: el espectro de El Nihuil

Nuevas leyendas: el espectro de El Nihuil

 Lo que les voy a contar me lo contó un viejo poblador de la Villa El Nihuil, hombre nacido y criado en la zona desde mucho tiempo antes de que se construyera el Embalse y la Central Hidroeléctrica "Los Nihuiles", en esa zona siempre se habló de extrañas luces y apariciones que por las noches espantaban a los animales y asustaban a aquellos que se animaban a pernotar a la vera del Río Atuel.

Para este hombre no hay misterio, según recuerda, siempre se habló de la existencia de un cementerio indio muy cerquita de sus márgenes, lugar de culto de los antiguos pobladores de la región, y que, con la llegada y avance de los primeros pionerosblancos sobre sus territorios, debieron abandonar.

Las aguas del Embalse terminaron por borrar toda señal de su existencia y solo quedaron los desesperados gritos y gemidos de las ánimas indias reclamando por sus ofrendas. Hoy sus lamentos se confunden con el viento y el golpear de las olas contra las piedras ribereñas.

Pero, la historia no termina con los hechos antes relatados, es una historia que recién comienza, y fue cuando los puesteros notaron que había noches que las majadas de chivos balaban desesperadamente y los perros aullaban como si hubiesen visto al demonio en medio de los corrales. Temerosos, solo asomaban la cabeza, y al no ver nada raro, chistaban a la perrada para hacerlas callar y se volvían a acostar.

Ya con el sol asomando se acercaban a los corrales para ver qué había alterado a sus animales y se sorprendían al encontrarse con un reguero de sangre que llegaba hasta la vera del rio. La escena los espantaba, una docena de chivos con sus cabezas cortadas y con sus tripas enjuagándose en sus aguas y ninguna huella más.

Al final se cansaron de los robos, se animaron y se pusieron de acuerdo para descubrir al desconocido depredador. Se turnaban en grupo de tres hombres bien armados y la compañía de media docena de sus perros más bravíos. Entre mate y mate pasaban la noche ocultos en un galpón muy cerquita al río y con el oído atento a cualquier ruido sospechoso, hasta que al séptimo día de espera, un lastimero lamento surgido de la nada hizo gemir quedamente a los perros y acelerar sus corazones. Alistaron las armas, azuzaron a los perros y salieron a dar caza al ladrón.

Aún algunos viejos memoriosos comentan que ninguno de los tres comedidos pudo evitar el encanecer esa noche, ni borrar de sus caras las arrugas que les dejaron como marca los aterrados gestos conque regresaron a sus casas.

Recién a la semana pudieron acercarse al destacamento policial y relatar a un incrédulo comisario los hechos ocurridos. Este los miraba con desconfianza y amenazaba con castigarlos si intentaban burlarse de la autoridad cuando pretendían contar su verdad. Una fuerte reprimenda y un: "aflójenle a la ginebra", puso fin a la denuncia.

Pasaron los años y a los puesteros fueron reemplazados por los trabajadores de la Usina, los turistas y un pequeño grupo de artesanos. Ya casi no quedan cabras, pero el misterio sigue, ya no se trata de animales, ahora son hombresque cada tanto aparecen ahogados en el Embalse y cuyas causas las autoridades no pueden explicar. Sus víctimas normalmente son jóvenes aventureros que se arriesgan en sus aguas, pescadores que embarcados en sus botes o lanchas pasan la noche en medio de su espejo y que el viento suele volcar. Siempre que un desgraciado hecho de este tipo ocurre, los habitantes de la Villa dicen ser alertados por el aullido de sus perros y la aparición de extrañas luces en el lago.

Mi ocasional amigo terminó la historia diciéndome que siendo mozo, una noche de Enero de 1.979, tuvo una extraña pesadilla: se vio caminado por encima del paredón del dique, cuando de repente las aguas embravecieron y surgió el espectro de un gigantesco y descarnado indio portando un arpón en sus manos, oteo atentamente la orilla hasta descubrir su presa, arrojó con fuerza la aguzada saeta clavándola en el pecho de un sorprendido muchacho. Lanzó un espeluznante aullido y atrajo hacia sí el cuerpo de su víctima, volvió a gritar apagando con su aullido el desgarrador gemido del joven. Volvieron las aguas a embravecerse y desapareció entre las olas.

A media mañana se anotició de la misteriosa desaparición de un joven excursionista de 17 años que junto a cuatro amigos acampaban cerca del lago. Han pasado 38 años y hasta hoy nadie puede explicar qué pasó con Oscar Garavaglia la noche del viernes 12 de Enero de 1.997.

Historia de viejos, dicen algunos, para ser contadas junto al amparo de un fogón a la vera del Rio Atuel, leyendas que se mezclan con la realidad y nos hacen pensar que quizás, no todo son cuentos de afiebradas cabezas o de dos copas demás.

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15 de diciembre de 2017 | 17:55
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    Leopardo al acecho
    7 de Diciembre de 2017
    Leopardo al acecho