opinión

John Berger: "El arte nunca fue para él algo distinto de estar vivo"

John Berger: El arte nunca fue para él algo distinto de estar vivo

 Me es imposible sobreestimar la importancia que tuvo para mí John Berger. No eran tanto sus opiniones o intuiciones críticas lo que yo valoraba, cuanto el hombre mismo, cuya vitalidad y receptividad a las cosas en derredor suyo poseían una fuerza que rara vez he encontrado.


Era su libertad como escritor lo que yo más admiraba. Poseía a la vez temple y gracias, se acercaba tangencialmente a las cosas, pero iluminando siempre sus temas de modo inesperado y a menudo desconcertante. En su revolucionaria serie de television, Ways of Seeing [Modos de ver] de 1972, Berger describía los propósitos del arte y las intenciones del artista con formas que se advertían flexibles, no dogmáticas y fundadas tanto en la experiencia como en el deleite. Nos ayudó a buscarnos a nosotros mismos, que es lo mejor que puede hacer un crítico.

Berger provocaba intensas lealtades y animosidades. Había quienes veían su defensa del arte vernáculo una guerra librada contra los modernos, a un hombre que luchaba en retaguardia contra toda clase de progreso artístico. Esto era excesivamente simplista, como demuestran sus escritos. Llegué a conocer a Berger en buena medida gracias a nuestra mutua amistad con Juan Muñoz, el artista español ya fallecido. A mediados de los años 90, Muñoz y Berger colaboraron en una obra de radioteatro que ganó un premio importante en Alemania en 2005 y se montó como producción escénica en La Casa Encendida, en Madrid. Berger, que encarnaba el papel de presentador de un programa de entrevistas en la radio, respondía a llamadas imaginarias y hablaba acerca de la ilusión y la presencia y el perro de Goya, mientras un técnico de sonido turco, sentado al borde del escenario, se ocupaba de los efectos sonoros. Con casi ochenta años, Berger actuaba bajo las sofocantes luces los focos en medio del calor del verano de Madrid sin perder nunca la frescura. Aunque había varios actores más en la obra, era casi una actuación en solitario. John la conducía: tenia presencia.

Le pregunté a Berger si alguna vez había querido ser actor y reconoció que se le había acercado un agente que le animó a porfiar en el escenario después de verle actuar en la revista teatral estudiantil anual de la Chelsea School of Art. Su presencia y maneras escénicas me recordaban, de forma desconcertante, a Frankie Howerd [famoso cómico inglés]. Era un talento nato y una de las razones por las que Ways of Seeing era tan bueno es porque él nunca aparentó ser un crítico superior sabelotodo. Te hacía sentir que estaba allí de pie pensando, justo delante de ti. John arrugaba la cara y ponía una expresión entre perpleja y angustiada, antes de embarcarse en una argumentación que parecía salir completamente desarrollada. Era enormemente persuasivo y me hizo darme cuenta de que la escritura misma era como actuar.

Rememoraba la época en que compartió un apartamento en París con el joven David Sylvester [crítico de arte británico, célebre por su trabajo con Francis Bacon], que nunca abandonó su temprano distanciamiento. Algo tenía que ver con las quejas de Berger de que Sylvester dejaba sus "voluminosos calzones" colocados encima de una silla en la habitación que compartían en los primeros años 50. Sylvester, es lo que pensé siempre, se sentía celoso de las habilidades de Berger lo mismo como escritor de ficción que sobre arte, aunque su animosidad pública a lo largo de su carrera también guardaba relación con la política de izquierdas de Berger y que éste abanderase un arte socialmente comprometido.

Me llama la atención que el arte fuera para Berger el comienzo de un viaje propio, una forma de arrancar respuestas y provocar pensamientos. Se acercaba al arte con una suerte de inocente curiosidad. Tenía entusiasmos que yo no podia compartir (del artista soviético Ernst Neizvestny a la pintora británica Maggi Hambling), pero estaba abierto a obras tan diversas como "House" de Rachel Whiteread y las enigmáticas figuraciones de Muñoz. Hay cosas que me gustaría que hubiera escrito, pero no escribió. Si estaba equivocado acerca de Picasso (a quien llamó "invasor vertical", dando tajos a través de la tradición) o parecía simplemente extraño respecto a Francis Bacon (cuyas pinturas comparó una vez con las animaciones de Walt Disney...aunque Berger revisara posteriormente su opinión), eso no importaba. Sus ideas seguían siendo útiles, porque siempre formaban parte de un diálogo mayor, en desarrollo. Es saludable para un crítico precaverse frente a las opiniones establecidas.

Hiciera lo que hiciese, Berger era un narrador de historias, y alguien alerta a las complejidades de toda suerte de creación artística y escritura. Sumergirse en el en cualquier parte, en un ensayo sobre Courbet, sobre el dibujo de las manos, o los retratos funerarios del Egipto romano, sea lo que sea, su tema aparece fresco en la página. Su escritura está llena de percepciones. Que se formara como pintor le dio una simpatía y comprensión del acto de crear y sus dificultades, algo raro en los críticos de hoy.

Intensamente observador, Berger tenía la capacidad de centrarse en el mínimo detalle cotidiano - un cortaplumas en el bolsillo de un niño, o una pera cultivada dentro de una botella en el huerto de un granjero, guardar las vacas o afilar un lápiz - con el fin de decirnos algo acerca de la vida y las relaciones humanas, en una incesante cadena de actos y expresiones. Todo lo que escribió tiene humor en sí mismo a la vez que tristeza. Su escritura nunca olvida los caprichos de lo cotidiano. Y él se deleitaba en todo esto.

El arte nunca fue para él algo aparte de la empresa de estar vivo. Estaba arraigado. Me sorprendía que fuera un hombre tan sumamente sagaz como perspicaz, y un sentimental. Podía ser una compañía maravillosamente cautivadora. Su debate televisivo, en 1983, con Susan Sontag - lidiando ambos con lo que podía ser una historia - sigue siendo electrizante, principalmente porque ambos luchaban con pensamientos e ideas en lugar de intercambiar certezas. Merecedor siempre de lectura, aun cuando no se esté de acuerdo, Berger siguió su propio camino, que era el único camino a seguir.


- Publicado por The Guardian y traducido por Lucas Antón para SinPermiso.info, portal que distribuyó la nota para su difusión y que podés navegar haciendo clic aquí.


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