opinión

Seguir viviendo sin tu amor

Un crónica de un encuentro privado con Luis Alberto Spinetta en Mendoza, en 2003.

Seguir viviendo sin tu amor

Era la típica siesta mendocina, de otoño. Yo me puse una ropa especial, especial para mí hace quince años era sacarme las franciscanas y las bermudas anchas para ponerme unas zapatillas adidas y un jeans. En vez de un rodete en el pelo me hice una cola, y guardé mi disco favorito en el bolso, lo elegí entre muchos otros, lo miré dos o tres veces y lo guardé.

Me fui a la parada del micro, cerca de las tres de la tarde. No me acuerdo cómo iba en el bondi, si parado si sentado, ni qué pensaba, ni nada. Tiempo después, Flor me contó que yo le había hablado por teléfono (al fijo, claro), y le había dicho así, que me iba a ver al Flaco, que tenía que darle un regalo, y que después de eso nos encontrábamos.

Me bajé del bondi, atravesé la Plaza Independencia, y entré al hotel por donde ahora está el casino. Creo que antes no estaba ese casino, pero no puedo asegurar esas estupideces. Había un escritorio alto, o lo que se dice un mostrador largo. Una chica más grande que yo atendía la recepción, me preguntó qué necesitaba, y me salió preguntarle si ahí se alojaba Spinetta, que quería darle un regalo. Me dijo no sé y me pareció sincera. Me pareció que todo llegaba hasta ahí, y estaba bien.

A veces una catarata de ilusión se enciende en la soledad o en la intimidad o en la ducha, pero cuando se realiza aquella edificación proyectada, nunca es como la habíamos imaginado, y esta no era la excepción, porque no era así, nada que ver, era muy distinto. En mi conjetura no iba a sentirme ridículo en ningún momento, ni existía aquel “no sé” de la chica. La fantasía es distinta, hay un acuerdo con el delirio. Lo real casi nunca acepta concesiones. Excepto algunas pocas veces. Excepto esa siesta con el sol entrecortándose en la plaza, conmigo vestido con pantalón largo y peinado, con un bolso cruzado con dos discos adentro. Uno era un regalo, el otro lo elegí por ser mi favorito. Porque cuando lo elegí de entre los otros, dije, es este el que quiero guardar para siempre, este y no otro. Solo y en casa seleccioné cuál iba a ser el disco que el Flaco iba a dirigirme.

La chica dijo no sé si Spinetta está alojado acá, y parecía verdad. Dijo no sé y yo que estaba ya dando la vuelta y agradeciendo cuando me interrumpió, ese hombre que está allá es su manager o algo, preguntale a él. Atravesé una sombrita y salí a una especie de patio central donde ya estaban ubicadas las sillas para el show esa misma noche. En el medio de esas sillas azules, me acerqué a ese tipo de barba, que tiempo después, al verlo en la tele supe que era José Palazzo, el histórico productor de Cosquín Rock. Hola, disculpame, venía a traerle un regalo a Spinetta, yo no sé si… ah, mirá qué bueno. Yo tenía el disco que iba a obsequiarle en la mano y él me lo pidió para verlo. Se notaba que estaba al pedo, que no estaba haciendo nada, que tenía que hacer tiempo o no sé, porque se interesó bastante. Era el disco que habíamos grabado con mi banda, se llamaba Todo lo que provenga el sol.

Empezó a preguntarme un montón de cosas, cómo lo habíamos grabado, cuántos integrantes, me preguntó si yo era el cantante y le dije que sí. Fue muy amable. Yo no sabía que estaba hablando con el productor del Cosquín Rock. Qué linda es la inocencia porque yo estaba muy tranquilo y por momentos confieso que hasta había olvidado cuál era mi propósito, que era darle ese disco al Flaco.

En el lugar no había casi nadie, daba el sol en todas partes y el escenario estaba al fondo, con todo apagado. Me dijo que Spinetta estaba en su habitación, que bajaba sólo al concierto, pero que si yo quería, él podía darle el disco. Le dije que me hubiera encantado dárselo yo mismo, pero que si él se lo daba, igualmente para mí iba a estar bien. Estábamos cerca de despedirnos. Me había parecido un hombre amable, interesado en cosas copadas.

***

Qué sé yo por qué pasan así las cosas, pero él mirando por sobre mi hombro me dijo, ahí viene mirá, dáselo vos mismo. El Flaco venía directo a donde estábamos nosotros. Lo vi acercarse y lo vi gigante, como un animal, muy delgado, despeinado, con los lentes apenas apoyados en el tabique, con unas zapatillotas enormes, blancas y azules. Lo saludó primero a él y después me estiró la mano, hola, soy Luis, ¿tu nombre?, Leandro dije, sólo eso, mi nombre. Entonces el Flaco preguntó, apuntando a las sillas azules que resaltaban vacías extendidas por todo el patio, “¿dónde están los pasajeros de esta nave?” Yo me sonreí y el otro tipo le dijo que eran las sillas del público. El Flaco hizo una cara, algo así como un chiste será, y mi presentación quedó consumada cuando José Palazzo le dijo, él es músico –fue demasiado lejos-, trajo su disco para regalártelo. Oh, dijo el Flaco, a mí me encantan los regalos, y más si son discos, y más si lo hizo el que me lo trae, me metió un guiño. Yo quedé en silencio, y el Flaco me miró otra vez a los ojos y me dijo serio y por primera vez, yo te conozco a vos.

Tenía una onda terrible, yo no había emitido otra sonoridad que mi nombre. El productor se fue y nos quedamos solos. Estábamos parados, el Flaco con el disco, yo apenas si le miraba las manos gigantes revolver el acrílico, y entonces le miraba la cara, otra vez las manos, sus dedos largos que abrían el disco, sacaban el librito.

Vení, sentémonos allá mejor, me dijo. Nos ubicamos en el medio, pasamos de costado entre las sillas.

¿Y vos viniste a traerme esto a mí?, cuánto te agradezco, ¿te gustan las guitarras?, me preguntaba y se respondía, miráaa y estiraba las a. Hablaba él, miraba con atención el arte de nuestro disco, miraba las letras, un poco las leía, de pronto se detuvo y leyó Piecitos de rubí, qué hermoso nombre para una canción, me lo dijo lento y mirándome a los ojos, como saboreando las palabras, como queriendo confirmarlo, lo repitió, dijo otra vez pero ahora más entre labios, Piecitos de rubí. Era un tema que yo había hecho hacía un tiempo. Me alegra lo que me dice. Y lo traté así, por primera vez, y de usted. No pude tutearlo, ni decirle simplemente “Flaco” como le había dicho tantas veces hasta ese momento. No pude otra cosa. Al tenerlo tan cerca le corroboré las arrugas, la edad más bien avanzada, y yo era un pibe, un insolente que me quería comer crudo a todos, pero de pronto estaba con mi héroe, o con un talismán, con un símbolo, porque el Flaco para mí era todo eso, el símbolo de la ruptura. Entonces el Flaco siguió, no lo he escuchado pero ya sospecho que tocás mejor que yo, y nos reímos. Sacó un marlboro veinte del bolsillo y prendió un cigarrillo. Lo fumaba lento y con pitadas larguísimas, entrecerraba un ojo cuando lo hacía. Yo también quise fumar pero no me animé.

La siesta estaba caída, de vez en cuando pasaba alguien del hotel a lo lejos, o algún huésped distraído. Me preguntó qué guitarra tenía, y qué equipo. Mi equipo era un Fender un poco raro que compré usado con un sacrificio de la re puta. Era de veinte pero tenía dos parlantes, tres canales, clean, distorsion, stereo chorus, y algunas cosas que traen los equipos más grandes, muchos controles por ejemplo. Recuerdo que él se sorprendió mucho. Sabés qué, me dijo, ya sé cuál es, es coreano, y me tiró un par de características que sólo si conocés ese equipo podés saberlas. Quedamos saldados. Entonces me empezó a contar de sus propios equipos, los que compraba, los que le habían regalado, los que había regalado él, sus distintas épocas, las bandas. Estábamos uno al lado del otro, mirando en dirección al escenario vacío. Le pregunté por una guitarra en particular, una que en ese tiempo usaba para Perdido en ti, y él se asombró mucho con esa pregunta, me dijo que se la hizo un luthier de Mar del plata, que después te la muestro, y me miró otra vez, fijo, por sobre los lentes, para decirme “yo te conozco, ¿hay forma de que pueda conocerte de antes?” Le dije que no, que había ido a muchos conciertos pero que siempre estaba al último. Me lo preguntó al rato otra vez. A decir verdad, me incomodaba un poco esa pregunta porque la hacía en serio.

Me habló de Dante, que si había escuchado su banda, que te vuela el bocho. Claro que sí, yo tenía ese disco, era Elevado. Parecía siempre entusiasmarse cuando hablaba de los demás. Me dijo que pronto tenía que conocer el disco nuevo de Fito (más tarde salió, era Naturaleza sangre), que era una locura; se notaba que le gustaba de verdad, hace poco fui a casa de Fito, él tiene un equipo bárbaro y allí lo escuchamos, suena terrible. Yo veía salir de su boca la palabra fito y era un montón.

Qué sé yo por qué, pero estaba tranquilo, lo entrevistaba sin saber, le miraba las manos, los pies, atendía sus consejos de guitarrista, apenas yo dije dos o tres cosas de unas guitarras de Pescado, y del disco Silver Sorgo. ¿Sabés qué?, me dijo, y se detuvo un poco, como cuando se va a hacer una confesión, “yo soy fans de Fito como vos sos fans mío; los dos somos fans por amor”. Me quedó grabado eso. Noté que se encargó de que lo escuchara bien. Los dos éramos fans por amor. Yo no había desplegado mi conocimiento sobre su obra, tampoco tenía intención, pero él intuyó, e intuyó bien. Saqué mis cigarrillos del bolso (después de eso me animé) y le ofrecí, y no me dijo no, no me dijo no gracias, me dijo, “no, los tengo”. Y ahí sí prendimos cada uno un cigarrillo.

***

El productor o el manager o lo que haya sido en ese momento Palazzo, venía otra vez hacia nosotros. Todo bien, Luis, le preguntó. Sí, claro, dijo el Flaco, escuchame, a él lo conozco de alguna parte. Yo miré a Palazzo como rogándole cordura, hacía rato le decía que no, que era imposible, entonces él le dijo No lo conocés Luis, no hay forma.

Sabés, me miró por arriba de los lentes otra vez, yo quiero estar en Cosquín, una vez fui al Cosquín y canté Durazno sangrando, ahora está Fito, está Charly y yo no. Me lo decía mirándome a mí pero haciendo alusión a ese tipo de barba que yo no sabía quién era. El tipo dijo, es que tus shows son una misa Luis, por eso vos no estás ahí. El Flaco me hizo una cara chistosa, abriendo los ojos, y el tipo, ya en otro tema, le preguntó: ¿Querés que vayamos al hall? El Flaco dijo no. Andá vos, yo me quedo. Y se quedó ahí, al lado mío, al lado de un pibe callado, al lado de un pibe que lo veía inmenso como una galaxia, un pibe quieto como una estatua, quieto tal vez para que no se rompa la burbuja, el hechizo, respetando a los mayores en el más precioso sentido de esa expresión anticuada, aprendiendo todo.

Yo estoy bien acá le había dicho el Flaco.

Comencé a notar algunos gritos que venían desde atrás, eran los pibes que sacaban las entradas y lo distinguían a los lejos. Le gritaban cosas pero el Flaco no se inmutaba, seguía hablando como si nada. La tarde avanzaba y ya habían puesto unas barras para impedir el ingreso. Al rato vino Javier Malosetti. Lo saludó, y sin ganas, a mí me dijo hola. Pudiste dormir le preguntó, sí, dijo Malosetti, y se fue hacia el escenario. Llevaba una petaca en el bolsillo del jeans. Este pibe toca como una bestia me advirtió como si yo no lo conociera. Entonces Malosetti enchufó parte de su set y se puso a tocar solo. Nosotros lo vimos callados, lo escuchamos. Verdad que era una bestia.

Una chica tenía que poner numeritos en los respaldos de la silla, nos hizo levantar para ponerles a las nuestras. La chica no lo reconoció, o no le importó que él era fuera él, porque ni lo miró. De pronto llegó el Tuerto Wirtz, el baterista, con su familia, con sus padres, eran como seis o siete, con sus hijas o algo así. Estábamos tan cerca que el Flaco me los presentó. Cómo le va señora, le dijo amable a la mamá del Tuerto.

Así andaba mi corazón esa siesta, las sombras empezaban a deglutir ese patio careta, todo ordenado. Las cosas suceden casi al mismo instante en que ya van siendo memoria.

Volvió a levantarse y me dijo ya vengo. Me quedé solo. Pensé que no volvería. Empecé a intentar procesar algo de todo, pero no se me ocurría nada, y además porque enseguida regresó con un papel en la mano, se sentó a mi lado y me mostró la lista de temas. Sabés, me dijo, yo no puedo dejar una gota de sangre en los oídos de la gente.

Me preguntó si conocía los temas, y me tomé el tiempo de leer uno por uno, y sí, conocía todo. Los temas estaban escritos por la mitad, o con una palabra que hacía alusión (en vez de Resumen porteño decía Ricky, por ejemplo). Era una lista preciosa. Pensaba bastante, quería poner o sacar algo pero no hacía nada de eso, tenía una birome. Ya empezaba a sentirse calor de concierto. Se acercó un muchacho con el libro Guitarra negra, el Flaco se lo firmó. Se acercó otro para tomarse una foto y el Flaco le dijo que no, que fotos no. Se acercó una señora para decirle que lo invitaba al cumpleaños de la hija, que era en una casa en Chacras, y el Flaco le dijo que tal vez, y apenas se fue me dijo que ni en pedo.

Vení. Lo seguí.

Subimos al escenario por unas escaleras chiquitas, de madera. Ahí está la viola por la que vos me preguntabas. Había una alfombra bordó con varios pedales, dos guitarras, unos cables, dos equipos atrás, en lo alto, y el pie de micrófono. Todo formaba un semicírculo, un comando eléctrico listo para el trueno.

Ahí está la viola que vos me decías, tocála. Le pasé la mano por el diapasón. ¡Agarrála!, dale. Entonces me la colgué. Yo qué sé, pero al ver todo el set armado al centro del escenario me pareció muy difícil maniobrar todo eso en vivo. Recuerdo haber tenido esa sensación. Desde lejos siempre pensé que yo habría podido hacerlo. Pero no. El Flaco se agachó para indicarme algunas cosas especiales de esa viola, cómo era el enchufe, el puente, una firma tallada que tenía escondida en la parte de atrás.

***

Al rato empezó la prueba de sonido. Me senté en primera fila. Hicieron Bosnia, vamos/ abre los ojos/ abre las manos ante Bosnia. En medio del solo del Flaco, los de la base se miraron y terminaron. Más, más, gritó el Flaco. Ah, sí, perdón. No, está bien, pero recuerden que lo quiero más largo.

Aun no puedo saberlo. Quién sabe por qué. Han pasado ya casi quince años y sigo sin poder responderme. Pero en esa prueba hicieron Tu nombre sobre mi nombre, una canción que jamás han hecho en vivo (supe además, que ni siquiera la tocaron en el show de esa noche). Yo modulaba la letra, despacio, y en cambio él se equivocaba, se olvidaba, repetía las estrofas.

Se estaba poniendo oscuro porque prendían y apagaban las luces de colores en el escenario. Cuando la prueba terminó, fui yo quien se acercó, y le dije que había llevado un disco para que me firmara, que lo había elegido especialmente. Se lo pasé. Era Los ojos. Se sentó, lo miró mucho, también lo abrió despacio y recorrió hoja por hoja. Parecía que era la primera vez que lo veía o la última que lo iba a ver.

Me hizo una dedicatoria inolvidable, una que terminaba diciendo for ever. Le dije que yo no me quedaba hasta la noche. Era cierto, las entradas más baratas se habían agotado. Ni loco, me dijo, quedate acá en esta silla, si alguien te dice algo le decís que yo te invité. Le dije gracias. Tengo un recuerdo muy nítido de que sólo le dije gracias. Lo abracé. Si hubiera tenido la certeza de que no volvería a verlo, quizá lo hubiese abrazado más fuerte.

Era de noche. Había mucho ambiente y el Flaco se había ido. Ahora sí bajaría a la hora del show. Me quedé unos minutos sentado, tomando coraje para volver a habitarme. Desde donde yo estaba se veía al resto de los músicos en una especie de hall, entre unas lámparas extraordinarias. Entonces me levanté y empecé a caminar hacia afuera. Un tipo que tenía una grabadora y una libreta me preguntó, ¿vos quién sos?, creo que mi estado de ensoñación no me permitió responderle, y seguí camino.

Al salir, había una cola larga en la vereda, casi doblaba por Emilio Civit. Era el público que aun esperaba para ingresar. Caminé en dirección contraria a la fila. Saludé a dos o tres que conocía, así nomás, antipático, medio mareado. Y me alejé del hotel y del sonido y de todo eso que se construyó no sé cómo. Me acordé que yo había escrito una canción que se llamaba Cisne y años después salió en Para los árboles otra canción llamada así.

Hoy el Flaco no está, y el desamparo es muy ancho. Pero hubo una enseñanza que me quedó de todo aquello, tal vez la más fuerte, algo que él notó y me arrancó intensamente, pura energía. Vos sos fans mío por amor, me había dicho, me lo había recalcado. Y lo que más le remarqué yo fue gracias, el gracias de mi abrazo final.

Leandro Hidalgo. 

Opiniones (7)
24 de Mayo de 2017|05:15
8
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24 de Mayo de 2017|05:15
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  1. Cualquiera que haya sido fan, de cualquier cosa, apreciará esta nota. Muy linda.
    7
  2. Genialidad, humildad y grandeza. Alguien así nunca se va.
    6
  3. Gracias x el recuerdo y gracias x compartirlo. Yo no estuve nunca con el Flaco, pero por un momento mientras te leía,,yo, estuve un rato sentado ahí. Gracias
    5
  4. Me emocionó un montón, fantástico relato, me enganché a un punto que estuve ahí mirando todo!! Genial!!!
    4
  5. Maravillosa experiencia, impecablemente relatada....Pude imaginarte sentado ahí, charlando con él, y hasta me identifiqué con tus sensaciones. Yo tuve una charla (mucho más cortita) pero así de loca e impensada, con mi talismán, que es Fito, en el '92. Aún lo recuerdo y todavía no lo creo. Fue como un sueño. Gracias por compartir tan lindo recuerdo.
    3
  6. Que ENVIDIA, bien por haber tenido el coraje de mandarte y poder estar con el queridisimo Luis, a veces pasa asi ; que sin saber porqué los planetas se alinean y pasa todo lo que vos ni siquiera imaginaste. Cuando vino Invisible a Pacifico, creo que en el '77, al terminar el recital me quedé hasta que se fue casi todo el público. Los músicos iban y venian y de repente estaba hablando con Spinetta y preguntandole -¿Para ir (tema de Almendra) es como la continuación de Muchacha, por la frase que dice "quiero que sepan hoy que color es el que robé mientras dormías"?. Y el flaco que me mira y me dice: -Puede ser, nunca me lo habían preguntado. Imaginate me sentí un grosso. Gracias por el buen recuerdo.
    2
  7. Espectacular!!!!!!
    1
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