opinión

Hacia una nueva cultura política

La nota editorial de LaVanguardia.com de Barcelona.

 Hacia una nueva cultura política

 Los españoles se decidieron ayer por un cambio político profundo que supone acabar con las mayorías absolutas y el bipartidismo que han caracterizado los 37 años de andadura de la Constitución española. Los resultados de las duodécimas elecciones legislativas desde la instauración de la democracia dicen a las claras que los ciudadanos apuestan por obligar a cuatro grupos políticos – PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos– a negociar acuerdos para construir un gobierno estable y para poner en marcha las reformas políticas que aparecen de forma diversa pero explícita en los diversos programas electorales presentados.

La situación política resultante tras los comicios de ayer, con una participación notable, superior al 73%, di­seña una situación muy compleja en la que la aritmética no basta para que una coalición o pacto de gobierno de dos sume de forma suficiente. Esto obligará a un esfuerzo de negociación entre diversos grupos, con las dificultades que supone de renuncias y cesiones. Especialmente para los dos partidos emergentes, que han basado su estrategia en la radicalidad de sus posiciones. Un panorama, además, en el que el resto de los grupos con menor representación –hasta otros seis han obtenido escaños en el Congreso– pueden desempeñar a partir de ahora un papel fundamental no sólo en la elección del nuevo gobierno, sino en la vida política del hemiciclo, que se convierte sin duda en el centro neurálgico de la política española. Bien puede afirmarse, por lo tanto, que gobernar por decreto ha pasado en este país a la historia.

Otro elemento fundamental de los resultados de ayer es el hecho de que el Congreso de los Diputados queda ­dividido en dos grandes grupos ideológicos, a derecha e izquierda, con una ligera mayoría, aunque insuficiente, para el primero. Este empate de hecho sólo podrá romperse si los grupos nacionalistas y soberanistas (PNV, ERC, DiL –ex CiU– o CC) entran en el juego de apoyos que han desempeñado tradicionalmente. Pero las especiales circunstancias que vive el país con el contencioso territorial con Catalunya hace que esta posibilidad sea más compleja que nunca. Sin embargo, no puede descartarse que la decidida apuesta de Podemos por la celebración de un referéndum genere simpatías entre estos grupos que puedan traducirse en posiciones favorables.

La fuerza política más votada en las elecciones de ayer sigue siendo el PP de Mariano Rajoy, que lógicamente debe ser convocado en primer lugar para formar gobierno. Una misión ardua si se tiene en cuenta el voto de castigo al que ha sido sometido, con un tercio de votos y escaños menos.

Es evidente que al partido de Rajoy le ha afectado de forma muy directa la gestión de la crisis económica, con los recortes del Estado de bienestar y el aumento de las desigualdades, así como su actitud ante los casos de corrupción –que por cierto, le han perseguido hasta el último minuto–, lo que ha provocado un profundo malestar en la sociedad española. Pero no sólo eso. También la forma de gobernar, apoyándose en su mayoría absoluta ­lograda en 2011, sin sumar otras fuerzas a sus objetivos. Esa soledad será uno de los grandes obstáculos para salir airoso de la prueba que tiene por delante.

No puede descartarse que a partir de hoy mismo empiecen a surgir voces en Bruselas, en el mundo económico y en otros sectores de la sociedad emplazando a populares y socialistas a formar una gran coalición, la única fórmula que garantizaría la estabilidad. Pero ni el desarrollo de la campaña electoral ni la cultura política de ambos partidos hace prever que se avance en ese sentido. Así las cosas, los populares apenas pueden contar con el apoyo de Ciudadanos –lo que está por ver, tras la reiterada negativa de Albert Rivera a dar su apoyo a una presidencia de Rajoy– y quién sabe si con el del PNV, aunque la posición del partido naranja contra el cupo vasco y navarro dificulta esta alternativa.

Las grandes pérdidas que ha sufrido el PP no le han valido al PSOE para recuperar los apoyos perdidos en el 2011. También los socialistas de Pedro Sánchez se han visto afectados por los casos de corrupción, así como por el recuerdo de su gestión al principio de la crisis, con Rodríguez Zapatero al frente. El partido no ha logrado recuperarse del giro económico de 2010, que se sustanció en los recortes sociales. Sin embargo, tras cosechar el peor resultado de la historia del PSOE en unas legislativas, los votos logrados en Andalucía y en Extremadura le permiten seguir como segunda fuerza política, por delante de Podemos. Este resultado, menos malo de lo esperado, le puede valer para intentar formar gobierno con el apoyo de Podemos y de otros grupos de izquierdas. Es decir, una ensalada de difícil preparación.

El partido de Pablo Iglesias es uno de los claros vencedores de las elecciones de ayer. Merced a sus acuerdos con otros grupos afines en Ca­talunya, Valencia y Galicia, se sitúa como ter­cera fuerza política en España, con un peso destacado en las grandes ciudades, lo que le abre un amplio horizonte de futuro. Sin duda, la moderación de que ha hecho gala en la campaña electoral, así como la propuesta de apoyar un referéndum en Catalunya –donde se ha situado como primera fuerza política, con la alcaldesa Ada Colau como gran apoyo– tienen mucho que ver con el éxito co­sechado.

Todas las encuestas venían señalando la pérdida de fuelle de Ciudadanos con respecto al inicio de la campaña, volcada en la propuesta de una profunda reforma de la Administración, lo que le valió la fuerte oposición del PP. Aunque sus resultados no son los esperados, sin embargo, el partido de Albert Rivera ha llegado para quedarse y su papel en este futuro inmediato será fundamental, no sólo para consolidarse, sino como alternativa de gobierno.

En Catalunya, el ganador ha sido En Comú Podem y el gran perdedor, Democràcia i Llibertat, el sucedáneo de Convergència, que ha pasado a ser la cuarta fuerza política, por detrás de ERC y, en votos, también del PSC. Aunque no eran estas “sus elecciones”, los apoyos al soberanismo han menguado de forma evidente. El error de la resolución del Parlament de Catalunya de desobediencia al Estado y la agotadora y opaca negociación con la CUP para la investidura han pasado factura a la formación de Artur Mas, que elección tras elección ve cómo el electorado castiga su alejamiento de la centralidad.

Que el independentismo haya sumado sólo 17 escaños de 47 posibles, sumado a la victoria de En Comú Podem , que se basa en la convocatoria de un referéndum y en una reforma constitucional que mejore el encaje de Catalunya en España, demuestra que la tercera vía que ha defendido siempre este diario no sólo no es una quimera, sino la única salida posible. Aunque no sea a corto plazo.

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