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Diez películas imperdibles que se estrenaron en 2015

Un repaso con análisis sobre diez films fundamentales que se estrenaron en los cines mendocinos durante esta temporada.

Diez películas imperdibles que se estrenaron en 2015

El 2015 ha sido muy especial para las salas de cine en Argentina. En lo que va de la temporada, se vendieron más de 49 millones de entradas, cifra histórica que trepará en estos días a los 50 millones tras el estreno de Star Wars Episodio VII: El despertar de la fuerza. Más allá del estimulante dato de una taquilla récord, este año también deja un puñado de interesantes títulos, de diferentes latitudes y con abordajes temáticos y estéticos muy diversos. Aquí un recorrido por las diez películas imperdibles que vimos durante el 2015. La lista tiene en cuenta el aterrizaje de los films en salas mendocinas este año, por más de que algunos de ellos hayan sido producidos y estrenados fuera del país en temporadas anteriores.

El año en que el cine argentino produjo dos joyas

La patota

La remake del clásico dirigido por Daniel Tinayre parte de un brutal caso de violencia de género, y logra expandir sus horizontes mucho más allá de la etiqueta de "film de denuncia". El director Santiago Mitre, que ya había dado muestra de su gran talento con El estudiante, nos introduce en el calvario de Paulina, una abogada que decide abandonar su doctorado en Buenos Aires para internarse en una zona marginal de Misiones.

Lejos del ejercicio complaciente, el film elude la empatía con el espectador y nos muestra a una Paulina, que tras ser víctima de una violación colectiva, responde por caminos muy lejanos a los de la venganza y el ajuste de cuentas vía orden jurídico. El conflicto del personaje plantea una dura encrucijada, en la que confluyen la angustia de un cuerpo que ha sido arrasado, con el peso histórico de la profunda división de clases. "Cuando hay pobres en el medio, la justicia no busca la verdad, busca culpables", lanza en un crispado momento la abogada devenida en maestra rural.

La patota es una película de jugadas opciones, que se adentra en los laberintos de la violencia con un grado tal de revolución de conciencia, que no se permite (ni nos permite) la fuga. El magistral trabajo de Dolores Fonzi y un relato orquestado desde una mirada progresista, no exenta de angustia, son los puntos más fuertes de una historia que se abre a múltiples interrogantes.


Eva no duerme

El mendocino Pablo Agüero construye un relato que se debate entre el trance hipnótico y la mirada brutal, para indagar en el oscuro derrotero del cadáver de la "jefa espiritual" de la nación, desde su muerte en 1952 hasta el retorno de sus restos al país en 1974.

El primer acierto de Agüero consiste en salir de la hermética concepción ceñida a los hechos reales. Más allá de referencias concretas, entre las que se incluyen el golpe de 1955 y al secuestro de Pedro Eugenio Aramburu en 1970, el film se construye como una suerte de ensayo con impronta teatral, que atraviesa los episodios históricos en profundidad para llegar a la médula del sentimiento: un cadáver como símbolo de gloria, odio, resistencia y división.

El realizador sostiene la tenebrosa atmósfera de su propuesta a través de un puñado de recursos propios de la iconografía del cine de terror. Un cementerio bajo la lluvia, la noche omnipresente y un sótano en penumbras; son algunos de los espacios en los que transcurren las escenas de esta película estructurada en tres capítulos.

Cada espectador podrá ejercitar la lectura que quiera sobre Eva no duerme, ya sea como metáfora del devenir de nuestra historia, o desde el análisis de los dobleces del peronismo. Pablo Agüero se sumerge en un viaje arriesgado y nos interpela, tanto desde la reflexión poética, como llevándonos puestos con un sacudón brutal. Mientras los hechos perduran en el pantano de testimonios contradictorios, una figura mítica y fantasmagórica entona su eterno grito punk.


El cine industrial y dos apuestas en carne viva

Everest

Everest es una película que intimida de antemano desde su título. No estamos hablando de una montaña cualquiera, se trata de la cumbre más alta de la Tierra, cuya arrogancia supera los 8.800 metros. Allí, en 1996 murieron quince personas pertenecientes a distintas expediciones, una tragedia que encendió un debate sobre las condiciones y el negocio montado alrededor de la conquista del techo del mundo.

El director islandés Baltasar Kormákur (Contrabando, Dos armas letales) se plantea el doble desafío de orquestar un film tan espectacular como intimista. Una mixtura difícil de lograr, que en este caso sale por demás airosa en su veta épica, y un tanto estereotipada en su plano reflexivo. En su afán de ceñirse a la historia real, Kormákur introduce demasiados personajes en esta odisea, dificultando el plano de empatía entre el espectador y el abanico de protagonistas.

A diferencia de otros films de este tipo en el que la conquista de la cima constituye el punto de éxtasis, aquí la espectacularidad alcanza su mayor apoteosis en el trágico descenso, con una terrible tormenta azotando a los personajes. Y es aquí donde Everest ingresa en una hora verdaderamente alucinante, atrapando al espectador y haciéndolo no sólo testigo, sino también protagonista de la debacle. Ya poco importa si a lo largo del primer tramo del relato establecimos algún vínculo afectivo con los protagonistas, sólo queremos que el viento y la nieve los deje - y nos deje - de azotar. 

En tiempos en que tanta superproducción tiende a lucir aséptica por tanta post producción digital, la película de Kormákur apuesta por una desgarradora experiencia física y sensorial, lanzándonos en picada en un espiral asfixiante y sin salida. 


Mad Max: Furia en el camino

La vuelta de esta saga post-acopalíptica, tras treinta años de ausencia en las pantallas, es sin dudas todo un acontecimiento. El realizador George Miller relanza esta historia desde una nueva concepción, pero conservando los elementos esenciales de la franquicia. Asistimos a un entretenimiento vibrante, atravesando una adrenalínica persecución en el desierto que se extiende durante dos horas, con una apuesta física en el que el despliegue de los efectos especiales jamás empaña la construcción de una imágenes tan brutales como viscerales.

Esta épica de un puñado de mujeres en fuga, comandadas por Furiosa (brillante Charlize Theron) se levanta como una suerte de agitado manifiesto feminista en el que Max (Tom Hardy), asume el rol de ladero. Esta inversión en los roles protagónicos, aquí el corazón de la historia está en el poder de las chicas, representa el punto más fuerte del reboot de esta saga.

Mad Max: Furia en el camino se lleva puesto al espectador con escenas de violencia extrema, combinadas con alucinaciones, voces interiores, flashbacks de la infancia y brotes de humor insurrecto. Lejos del entretenimiento estructurado que ofrece todo film industrial, George Miller se anima a ofrecer un banquete desbordado, que alcanza varios momentos de clímax mientras los protagonistas son perseguidos a lo ancho del desierto. A modo de ritual tribal de guerra, en uno de los exóticos vehículos que acechan a las mujeres, un guitarrista ciego sujetado por cables, dispara sus acordes demenciales. El cine mainstream todavía es capaz de mostrarse en carne viva. Que no decaiga.


Desde Europa, con potencia

Joven y bella

La crítica internacional señaló puntos de contacto entre esta penúltimo film de François Ozon y el clásico Belle de jour, de Luis Buñuel. En ambas películas hay mujeres atravesadas por un desdoblamiento. En el hito de los '60, la simbólica búsqueda sexual de una señora burguesa (Catherine Deneuve), encerraba toda una carga anclada en la alienación y una relación de pareja frustrada. Aquí en cambio, Isabelle, una adolescente de 17 años (Marine Vacth), se enfrenta a la gran paradoja del mundo actual: tener todo al alcance y a la vez no sentirse tocado por nada.

Estructurada alrededor de las cuatro estaciones del año, y con bellísimas canciones de Françoise Hardy como separadores, Isabelle acumula una serie de experiencias sexuales que van desde su debut durante unas vacaciones veraniegas en la playa, hasta la práctica de la prostitución vía portales de citas en la web. Ozon no busca una explicación de tono psicologista alrededor de la exploración que encara el personaje central de la historia, ni siquiera tiene la necesidad de explicitar un propósito. A su vez, el meollo del asunto está lejos de orbitar en el espiral decadente de una prostituta teen de buena posición social. El realizador se las ingenia para ser filoso, sin caer en el morbo de ese desbordante despertar carnal. En tanto que la presencia de la protagonista Marine Vacth - una modelo con poca experiencia actoral - aporta una certera cuota de ambigüedad, que se debate entre la gelidez y su poder hipnótico frente a la cámara.

Lo más poderoso de la película se instala en el duelo dialéctico entre la adolescente y su madre, tras enterarse esta última (por un hecho policial que no conviene anticipar), de que su hija es prostituta. La presencia de una puta en la familia es el disparador más incómodo de este relato de solapada intensidad. Con un recorrido que va de la repulsión al entendimiento, el núcleo familiar de la chica se verá totalmente dinamitado. Lejos de una mirada pacata, Ozon acompaña este desplazamiento con discreción y un abordaje ajeno al dedo acusador de la sentencia.


Ave Fénix

Este exquisito melodrama del director alemán Christian Petzold (Triángulo, Bárbara), cuenta una historia ambientada en los tiempos que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial. Allí, Nelly (superlativa Nina Hoss) regresa a Berlín desde un campo de concentración con su cara reconstruida tras haber sido desfigurada. Su único objetivo es reencontrarse con su marido Johnny (Ronald Zehrfeld), quien posiblemente haya sido el responsable del gran calvario de Nelly por una supuesta entrega a los nazis.

Petzold articula a la perfección los mecanimos del melodrama con los del thriller al estilo Hitchcock, y logra potenciar paulatinamente la tensión del relato tras el encuentro entre los dos personajes clave de la historia. El hecho de que Johnny no reconozca a Nelly puede resultar en un principio un tanto inverosímil, pero a medida que avanza la perversa dinámica que se establece entre ellos, esa exigencia de realismo pasa un segundo plano.

Sin subrayados ni golpes bajos, el director logra establecer paralelismos entre la angustia por la pérdida de identidad que atraviesa Nelly y la imborrable cicatriz del genocidio alemán. La resolución del relato contiene las escenas más intensas que hayan pasado por las pantallas durante este 2015.

Mia Madre

El gran Nanni Moretti (Caro diario, Aprile, La habitación del hijo), parte de un hecho de su vida para la construcción de este sentido drama intimista. Mientras filmaba Habemus Papa, murió su madre. Ese sentimiento de desconcierto de atravesar una pérdida en medio de un proceso de enorme responsabilidad, como es el de estar al frente de una película, movilizó al director italiano a confiar en la talentosa Margueritha Buy para interpretar a una realizadora que comanda el rodaje de una historia que gira alrededor de un conflicto laboral. Mientras que Moretti aquí ocupa el rol del hermano de Margueritha, quien se encarga de cuidar a la madre de ambos, que atraviesa un proceso de irreversible deterioro.

Mia madre respira verdad a lo largo de todo su metraje. El dolor frente a la inminencia de la muerte es sabiamente matizado con los certeros toques de humor provistos por John Turturro, que tiene a su cargo el rol del actor protagonista de la película que está filmando Margueritha.

Nanni Moretti se detiene lo necesario en algunas conversaciones y momentos desgarradores. Su presencia se mantiene en forma de discreta figura contenedora, mientras el eje dramático pasa por las mujeres de esta historia, madre, hija y nieta. Un cineasta que no sólo ajusta las cuentas de su dolor personal, sino que también entrega al público una de los films más genuinos del año.

Woody renace con perturbador encanto

Hombre irracional

Con un timing que no lograba desde hace muchos años, el eterno guionista y realizador, estructura una historia que pone en el centro a Abe, un profesor de filosofía abatido, que desde hace tiempo no le encuentra sentido a su vida. Joaquin Phoenix, con pancita de bebedor incluida, acierta en el registro de ese hombre desencantado que llega al apacible campus universitario de New Port. El prestigio profesional y los tortuosos dramas personales del filósofo sacudirán el adormecido ambiente académico, y muy pronto dos mujeres caerán a sus pies. Rita, una docente hastiada de su matrimonio (Parker Posey), y Jill, una alumna que tiene una relación con su novio demasiado formal para tener verdadera sustancia (Emma Stone).

Todos estarán atentos a la creciente desesperanza de un Abe que no escatima por ejemplo en jugar a la ruleta rusa adelante de sus alumnos. De repente, el sinsentido de su existencia se desvanecerá cuando junto a Jill escuchen en una charla de café, en la que una madre desesperada le cuenta a sus amigos cómo ha perdido la tenencia de sus hijos por la acción de un juez corrupto. Y aquí es donde Woody hincará el diente en una motivación políticamente incorrecta para sacar a Abe de su largo y angustioso letargo. El profesor elaborará un plan perfecto para matar a ese hombre desconocido, transformándose en una suerte de justiciero anónimo, y desarrollando su estrategia en el más absoluto secreto.

No conviene adelantar más de lo dicho con respecto al desarrollo de los hechos, porque sería arruinar parte del suspenso juguetón por el que nos pasea Hombre irracional. Esa virtud de un director que está pisando los 80 años y se permite transitar con ligereza sobre conceptos verdaderamente perturbadores, es el mayor acierto de esta joyita. Y si bien es cierto que dicha cualidad es una marca registrada de Allen, desde hace mucho tiempo el persistente creador no lograba cristalizarla de una manera tan incómoda como encantadora. 

Pixar volvió a tocar el cielo

Intensa-Mente

Con Intensa-Mente, el emporio Pixar regresó al vuelo creativo de títulos como Toy Story y Wall-E, bajo la dirección de Pete Docter (Monsters Inc. y Up, una aventura de altura). La historia de la crisis de una niña de 11 años, vista a través del complejo mundo de su psiquis, constituye una de las exploraciones más audaces de la historia del cine de animación industrial.

El relato logra la empatía con el público infantil a través de unos personajes tan coloridos como queribles, mientras que establece un diálogo con el público adulto a través de las emociones que se agitan en el cerebro de Riley, la niña que se encuentra en el umbral de la adolescencia. Alegría, Temor, Furia, Desagrado y Tristeza hacen lo imposible por mantener los comandos bajo control, así y todo la melancolía parece inevitable. Y justamente, el gesto de nobleza más grande de Intensa-Mente, es permitirle al personaje protagonista -y por extensión al espectador- atravesar por esa experiencia.

Más allá del deslumbrante universo visual que transita esta aventura introspectiva, la película se sostiene por su calidez y osadía. Allí cuando todo parece conducir hacia la ternura, irrumpe un demencial pasaje por el pensamiento abstracto, y pendulando entre el crecimiento y la memoria; la temible oscuridad del subconsciente permanece siempre al acecho.


Argentina y España pueden con la muerte

Truman

El cine ha abordado infinidad de veces historias de seres cuyos días están contados, en el tramo final de alguna enfermedad crónica o repentina. En términos generales, la mayoría de estos films se circunscriben a la etiqueta "lección de vida bañada en lágrimas". Para nuestra grata sorpresa, durante este año se estrenaron dos películas que abordan el tema de la muerte, y el dolor que se produce en el entorno de la persona que se va, desde una perspectiva tan genuina como sensible. Una de ellas es Mia madre, del gran Nanni Moretti, la otra es Truman, co producción entre Argentina y España dirigida por el catalán Cesc Gay (Krámpack, En la ciudad, Ficción).

Julián (Ricardo Darín) ha conseguido hacerse un lugar en la escena madrileña como actor, tras lo que se adivina como un largo y dificultoso camino. Desde hace un año viene batallando con un cáncer, que según él dice "se ha ido a hacer turismo por todo su cuerpo". La decisión de abandonar el tratamiento y pasar su último tiempo de vida fuera del hospital activa el mecanismo de alerta y contención de quienes lo rodean. "Cada uno se muere como puede", le dice Julián a su entrañable amigo Tomás (Javier Cámara), que ha viajado desde Canadá para acompañarlo, y la película describe con enorme sutileza cómo también cada uno acompaña como puede.

Cesc Gay confía en el talento de los dos protagonistas, y sin caer en subrayados, entreteje un relato emotivo en el que la nobleza - humana y cinematográfica- se eleva por encima de todo golpe bajo. Desde un tono que elude la solemnidad,  Truman apuesta por el valor de lo más sublime que hay en la vida: los vínculos y el afecto como lugar de eterno refugio. 

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20 de agosto de 2017 | 14:21
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