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Guerra nuclear: lo que estaríamos viendo es el fin del mundo

La guerra nuclear nos puede parecer un problema remoto en nuestros países, ya que no tenemos armas nucleares y nuestras ciudades no son el blanco de las armas nucleares de otros países.

Incluso en los Estados con armas nucleares, una guerra nuclear parece menos probable de lo que era durante la Guerra Fría, cuando los EE.UU. y la antigua Unión Soviética tenían miles de cabezas nucleares en alerta roja.

Pero esta semana en la Asamblea Nacional del Ecuador se va mostrar cómo una guerra nuclear en cualquier parte del mundo tendría consecuencias devastadoras para todos nosotros, ya que se detone o no una bomba nuclear en alguna de nuestras propias ciudades.

La evidencia que se presentará debe llevar a un tratado mundial sobre la prohibición de las armas.

La base de la evidencia viene de un informe publicado por la organización Médicos Internacionales por la Prevención de la Guerra Nuclear: Hambruna Nuclear, en diciembre de 2013.

El informe considera el ejemplo de una guerra entre India y Paquistán que involucre 100 bombas, cada una con la misma potencia de la bomba Hiroshima, lo cual es menos de lo que hay en los arsenales de los países con armas nucleares hoy.

Una guerra tal aniquilaría a 20 millones de personas de un solo golpe, ya que se destruirían las grandes ciudades, y cubriría a gran parte de Asia del Sur con lluvia radioactiva. Pero las consecuencias globales son aún más alarmantes.

Estudios realizados por expertos en clima muestran claramente que incluso este conflicto nuclear limitado afectaría los patrones climáticos en todo el mundo. El humo negro y los escombros inyectados en la atmósfera por las explosiones y los incendios resultantes bloquearían la luz solar que llegue a la Tierra, produciendo un enfriamiento superficial promedio de -1,25 ºC que duraría varios años. Incluso 10 años después, habría un enfriamiento persistente promedio de la superficie de -0,5 ºC. ¿Qué importancia tiene una caída de 1,25 ºC?

Como resultado de este enfriamiento, se reduciría la época de crecimiento (es decir, días libres de heladas), de 10 a 20 días en muchas de las zonas productoras de granos más importantes de todo el mundo. Esta disminución podría eliminar por completo los cultivos que no tienen tiempo suficiente para llegar a madurar.

Habría también importantes alteraciones en los patrones de precipitación, con una reducción del 10% en la precipitación global y grandes reducciones en el monzón de verano en Asia. El efecto directo más importante de estos cambios en la temperatura y la precipitación sería una disminución de la producción mundial de alimentos.

Si bien no hay estimaciones precisas sobre la insuficiencia de la producción de alimentos disponibles en este momento, hay una experiencia histórica sobre episodios de enfriamiento anteriores que sugiere que el impacto sobre los suministros de alimentos sería muy grande.

El episodio que más se ha estudiado de estos es el caso de "el año sin verano" de 1816, que se produjo tras la erupción del volcán Tambora en Indonesia en 1815. El enfriamiento global promedio fue de solo -0,7 C y duró solo un año. Pero en Norteamérica, ese enfriamiento produjo una interrupción completa de la temporada de crecimiento, con heladas arrasadoras en junio, julio y dos veces en agosto. Hubo una pérdida generalizada de cultivos con una duplicación de los precios de granos. En las zonas densamente pobladas en otras partes del mundo, las consecuencias fueron mucho peores, reportándose hambrunas en Irlanda, Francia, Suiza, los estados alemanes y la India.

En 1816, las pérdidas de cosechas se debieron principalmente al enfriamiento y a menores precipitaciones; hay varios otros factores que podrían afectar la cantidad de reservas de alimentos disponibles en el caso de una guerra nuclear regional. Si el humo negro que se inyecta en la atmósfera en una guerra nuclear causara una reducción significativa del ozono, esto podría provocar un descenso aún mayor en la producción real de alimentos. La combinación de malas cosechas y un sistema de distribución colapsado evitarían que los alimentos esenciales lleguen a países africanos y a muchos otros en todo el mundo.

Un reciente estudio de investigación por parte de IPPNW/PSR mostró que en los EE.UU., la producción de maíz se reduciría en un promedio del 10% durante toda una década, presentándose la caída más severa, cerca del 20%, en el año 5. Habría una disminución similar en la producción de soya, la pérdida más severa, cerca del 20%, de nuevo en el año 5.

También habría una disminución significativa en la producción de arroz de media temporada en China. Durante los primeros 4 años, la producción de arroz se reduciría en un promedio del 21%, durante los 6 años siguientes, el descenso sería en promedio de un 10%.

Un nuevo estudio, culminado en el otoño de 2013, mostró que habría descensos aún mayores en la producción invernal de trigo en China. La producción caería en un 50% en el primer año y, en promedio durante toda la década después de la guerra, estaría reducida en un 31% con respecto de los valores iniciales.

La disminución de la disponibilidad de alimentos se agravaría por el aumento en los precios de los alimentos, lo que haría que los alimentos fuesen inaccesibles para los cientos de millones de personas más pobres del mundo. Incluso si los mercados agrícolas continuaran funcionando normalmente, 215 millones de personas del Sur Global se añadirían a las filas de desnutridos después de una década.

En 2012, la Organización para la Agricultura y la Alimentación de la ONU estimó que 870 millones de personas en el mundo padecen desnutrición. Ante esta precaria situación, incluso pequeñas reducciones adicionales en la producción de alimentos podrían tener repercusiones importantes. Las reservas actuales de granos no brindan ningún tipo de reserva significativa en el caso de una fuerte disminución de la producción mundial.

Actualmente ya hay millones de personas que sufren desnutrición crónica. El adulto promedio necesita entre 1.800 y 2.000 calorías al día, -dependiendo de su estatura- para satisfacer las necesidades metabólicas básicas y para mantener un nivel mínimo de actividad física. Los requerimientos de los niños dependen de la edad y el tamaño. Hay más de mil millones de personas en el mundo cuya ingesta calórica diaria está por debajo de los requisitos mínimos. Cada año, alrededor de cinco millones de niños en este grupo se mueren de hambre. Un pequeño descenso de los alimentos disponibles pondría todo este grupo en riesgo. Varios factores sugieren que la comida accesible para aquellos que ya están desnutridos disminuiría dramáticamente.

Además, hay cientos de millones de personas que actualmente tienen un consumo alimentario adecuado, pero que viven en países que importan gran parte de la comida. Por ejemplo, África del Norte, hogar de más de 150 millones de personas con un consumo promedio de calorías muy por encima del nivel mínimo, importa el 45% de sus alimentos. Un número de otros países en el Oriente Medio, además de Malasia, Corea del Sur, Japón y Taiwán, también dependen de las importaciones para el 50% o más de su consumo de granos. En total, varios cientos de millones de personas más estarían en riesgo si hubiera una interrupción importante en el comercio internacional de granos.

Dadas estas condiciones, incluso un modesto descenso repentino en la producción agrícola podría provocar hambruna masiva.

En el caso de un episodio de enfriamiento global causado por una guerra nuclear regional, sería de esperar que los precios de los alimentos y el acaparamiento aumentaran dramáticamente a nivel global, ya que los países que normalmente exportan los granos se aferrarían a los excedentes que tienen para alimentar a su propia gente.

Si las condiciones de hambruna persistieran durante un año o más, parece razonable temer que el número de muertos total a nivel mundial en el Sur del global podría superar los mil millones solamente por inanición. En combinación con los 870 millones de personas que actualmente están desnutridas, y las poblaciones de los países que importan sus alimentos, 1,3 mil millones de chinos que también están en riesgo, hacen que el número de personas potencialmente amenazadas por el hambre sea de más de dos mil millones.

Y aun cuando este escenario es escalofriante, una guerra nuclear regional no es el peor peligro que enfrentamos. Este sería la amenaza que representan los arsenales de las dos superpotencias nucleares, los Estados Unidos y Rusia, que juntos mantienen unas 20.000 armas nucleares, muchas de ellas de 10 a 30 veces más potentes que las bombas en el arsenal de India y Pakistán. Lo más alarmante es que alrededor de 2.500 de estas armas siguen estando en alerta roja. Están montadas en misiles que pueden ser lanzados en cuestión de minutos y que pueden alcanzan sus objetivos en el otro país en cuestión de media hora.

Si 500 ojivas alcanzaran las principales ciudades de Estados Unidos y de Rusia, 100 millones de personas podrían morir dentro de la primera media hora, y decenas de millones serían heridos a muerte. Enormes extensiones de ambos países se verían cubiertas por la lluvia radiactiva y se destruirían sus infraestructuras industriales, de transporte y de comunicación. La mayoría de los estadounidenses y los rusos morirían en los meses siguientes por enfermedad de radiación, enfermedades epidémicas, la exposición e inanición.

Y esto no termina aquí. Porque este ataque podría causar el mismo tipo de alteración climática que una guerra nuclear limitada, pero a una escala mucho más grande. En el escenario del sur de Asia, 5 millones de toneladas de residuos entran a la atmósfera; una guerra con los arsenales estadounidenses y rusos en alerta máxima produciría 50 millones de toneladas, y si también se usara el resto de los arsenales estratégicos que mantienen EE.UU. y Rusia, ese número se elevaría a 150 millones de toneladas.

Lo que estaríamos viendo es el fin del mundo.

- Dr. Carlos Umaña, médico y artista visual; ejerció la función de Director de Área de Salud del Ministerio de Salud de Costa Rica. Es miembro fundador y actual presidente de la organización IPPNW Costa Rica, la filial costarricense de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear.

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22 de agosto de 2017 | 03:41
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