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Macri y liberales: hacia la convergencia necesaria

Macri, desde el pensamiento liberal.

Macri y liberales: hacia la convergencia necesaria

El 25 de enero de 2014, en Vicente López, la patria chica del intendente Jorge Macri, primo del actual Presidente electo, a instancias de dirigentes del interior del país, se reunieron cientos de personalidades políticas e intelectuales liberales de Argentina, muchos de los cuales, se habían distanciado en las últimas décadas. Se discutieron centralmente, las diferentes opciones partidarias que tenía esa franja del pensamiento, que históricamente, si bien contó con una importante presencia intelectual a través de numerosos “tanques de ideas”, por el contrario, tuvo enormes dificultades para formar partidos competitivos o ganadores del poder político. En aquel momento, los liberales argentinos estaban tan fragmentados como la sociedad argentina: algunos, los libertarios, se animaban a formar un partido nuevo, que pasó sin pena ni gloria; otros, se irían con el peronismo disidente, ya sea a través de Massa o Rodríguez Saá; unos terceros, querían restaurar la UCEDE ; un cuarto grupo, quería conformar otra agrupación nueva y hasta querían convencer a López Murphy para candidatearse una vez más como una década antes y un quinto, absolutamente minoritario, con apenas cuatro voceros, intentaba infructuosamente convencer al auditorio de que la opción era la de PRO-Libres, es decir, intentar consolidar una agrupación interna y convencer al PRO para la concreción de internas.

Aquel minúsculo grupo lo lideraba Pedro Benegas, ex cabeza de la juventud de la UCEDE renovadora y popular de los años ochenta, es decir, Unión Liberal, quien sufriría las críticas y hasta ataques de no pocos dirigentes que hoy, paradójicamente, se han alineado mayoritariamente en el frente Cambiemos. En agosto del año pasado, Pedro Benegas fallecería, en plena actividad política, cuando intentaba todavía sin éxito, plasmar su objetivo. Varios meses más tarde, su opción tendría una nueva e inédita oportunidad, al interior del PRO. Influida por dirigentes de PRO-Libres, Gabriela Michetti, la actual Vicepresidente electa, presionaría por tales internas, en Capital Federal y producto de todo ello, Rodríguez Larreta sería el candidato, luego alcalde electo y la mencionada Michetti, integraría la fórmula ejecutiva ganadora.

La anécdota ilustra de cuerpo entero, la realidad de los liberales argentinos. Divididos, como el país, a veces, segmentados en fracciones insignificantes y hasta sin poder real frente al kirchnerismo, sobrevivieron estos doce años y más aún, encerrados en sus fundaciones o centros de estudios; en sus Universidades; emigrados al exterior, vituperando a quienes se quedaron aquí; o pontificando contra la corrupción o sosteniendo la república desde algunos pocos medios de comunicación independientes. No se los puede juzgar en términos valorativos; fue lo que pudieron hacer aunque en todo caso, fueron incapaces de aunar esfuerzos por la acción colectiva, sobre todo, la política, tal vez, vicio generado desde el plano doctrinario, por el desprecio al poder estatal. Claramente, tal actitud no se verifica en los otros liberales latinoamericanos, sobre todo, los chilenos, a la vanguardia tanto académica como política en el concierto regional.

El hombre y su historia paralela valiosa

Al mismo tiempo, hacía varios años, y producto, tal vez, de su propia experiencia de vida, marcada por un secuestro de 12 días, en 1991, sobreponiéndose en términos cuasi randianos, un joven empresario heredero, Mauricio Macri, se juramentó seguir su vocación política, construida sobre la base de su desafío a su prominente padre Franco, un ex capitán de la industria, cuestionado por los liberales, por su naturaleza nada competitiva y la militancia al frente del club de fútbol de sus amores, Boca Juniors, lo cual lo hizo genuinamente popular, en un país, que como dice Carlos Pagni, castiga a los generadores de riqueza legítima.

Mientras los intelectuales liberales argentinos se peleaban por nimiedades doctrinarias, Macri se abocaba a construir una usina de ideas (primero Fundación Creer y Crecer, luego Pensar), un partido político (Compromiso para el Cambio, luego Propuesta Republicana), hacerlo ganar la capital del país, efectuar y exhibir una buena gestión en un país de subgestión o administración primitiva generalizada, convivir con tal entorno partidario advero, esperar su turno en el 2011 –lo cual fue muy criticado por propios y extraños- y postularse este año, para finalmente ganar en una segunda vuelta, imprevista hacia inicios del 2015 e imprevisible hacia inicios de octubre.

Fueron dos caminos diferentes. Uno, el elegido por los intelectuales, el otro, el del hacedor exitoso y triunfó el de éste, el hombre práctico. En su momento, hace ya varios años, de manera cuasi visionaria, algunos apoyamos sin éxito, la candidatura de otro empresario, Carlos Castellani, a gobernador de esta Provincia de Santa Fe, creyendo que era una opción tan válida, como la de Macri, en el sentido de postular a alguien exitoso en la faz privada y catapultarlo al servicio público. Mientras Macri y el PRO crecían y gestionaban, los liberales persistían en su facciosidad: lo criticaban por su mayor o menor apego a la doctrina liberal, como si ésta guardara una escala objetiva y mesurable: estatista, por insuficientemente liberal, por desarrollista, por progresista, por aumentar los impuestos, por ser hasta el equivalente opositor del kirchnerismo y, hasta funcional a él, etc., etc., etc.

En el 2013, un año antes de la reunión de Vicente López, se produjo un quiebre, semejante al de 2009, donde, tras la crisis del campo, la oposición ganó las elecciones parlamentarias. Marchas civiles opositoras, la elección de Bergoglio como Papa Francisco en el Vaticano y la buena performance de Massa obstaculizando el reeleccionismo cristinista, fueron decisivos no sólo para evitar que Argentina se convierta en la Venezuela de Maduro o siquiera, la Brasil de Dilma, sino para allanarle el camino al macrismo en torno a planificar la obtención del poder este año. Macri estuvo presente y dio su conferencia y brindis en la cena final de nuestra Fundación Libertad en diciembre del año pasado, aprovechando para presentarse como candidato a Presidente aunque nuestras dudas proseguían.

El significado de su victoria en clave liberal

La historia reciente es conocida. Un año cargado de elecciones, con altibajos, incluso anímicos –recuérdese la dolorosa e impactante derrota en nuestra Santa Fe-, con todo en contra y con transformaciones internas interesantes en la propia humanidad del candidato. Tras más de una década de pasividad civil, insólita tolerancia social al maltrato gubernamental, oportunismo de no pocos, manipulación del oficialismo de las cuentas públicas y de las estadísticas de la inseguridad y la pobreza, Macri arremetió contra semejante entorno y encabezó una sana “revolución de la alegría”. Persistió, cambió él mismo, terminó siendo otro, respecto al de la citada cena de la FL, mucho más enérgico, más emotivo, más sensible, más humano y eso lo condujo a obtener 8 millones de votos, primero y casi 13 millones después, con muchos argentinos que ya no lo vieron como lo veían. Si sus tres principios de unión nacional, pobreza cero y lucha contra el narcotráfico, no parecen tan genuinamente liberales, su propia acción ejemplificadora, sí lo fue.

Si el liberalismo es el ejercicio responsable de la libertad, Macri guió a los argentinos, a usarla, a valorizarse a sí mismos, confiando más en ellos y, levantando la autoestima colectiva, como lo hicieron en países tan distintos, en otras épocas, líderes también diferentes, como Reagan, De Gaulle y Putin, motivándolos a cambiar el país que tenemos por otro mucho mejor que nos merezcamos. En una clara demostración de liderazgo postmoderno, donde priman las emociones y pasiones bajo control versus la confianza ilimitada e ingenua en la racionalidad, el “sí se puede” que recibía de su auditorio cada vez más convencido a la manera de una feligresía religiosa con su pastor, era la más cabal demostración del magnetismo que fueron logrando sus palabras pero sobre todo, su gestualidad conmovida por la transformación colectiva que fue logrando, más allá de las enseñanzas de su discutido asesor ecuatoriano, las técnicas de coaching o su sanadora personal.

Hoy, la victoria macrista hasta adquiere un enorme significado simbólico, porque se trata de la primera vez que los liberales, al menos, junto con independientes, radicales, peronistas, desarrollistas y ex libertarios, integrantes de esta variada coalición que es Cambiemos, ocuparán el poder desde los años veinte.

Son muchos los objetivos de este gobierno, plenamente coincidentes con una ética y doctrina liberal: para empoderar a la sociedad civil, para liberarla del poder ominoso del Estado voraz, para encarnar la independencia de poderes, para mejorar la transparencia republicana, para intentar tener una burocracia más profesional y meritocrática, para bajar la presión fiscal, para introducir una lógica de federalismo fiscal que premie a las regiones más productivas, para garantizar una mayor pluralidad de voces, para alimentar una mayor vocación de construcción de riqueza y para reinsertar al país en el mundo, sobre la base de alianzas más pragmáticas., aunque sobre todo, compartiendo valores y creencias con democracias liberales y progresistas.

La diferencia con la historia política caudillista argentina también adquiere una enorme relevancia. La concepción de un líder que prioriza el trabajo en equipo, lejos del mesianismo, providencialismo y verticalismo de nuestros “jefes” de la era democrática, sus gestos y acciones orientados a reducir la brecha entre gobernantes y gobernados así como la cercanía con la gente, son atributos que sueñan extraños a nuestra cultura piramidal e irresponsable, pero al mismo tiempo, contribuyen de manera indirecta, a construir los pilares de una sociedad mucho más abierta que en el pasado reciente.

La crítica ineludible y el compás de espera

No seríamos herederos de la tradición socrática, de Montaigne o Hume, si no fuéramos proclives a introducir nuestras pequeñas dudas iniciales respecto a lo que comienza el 10 de diciembre.

En efecto, podrá discutirse si un perfil altamente tecnocrático del nuevo gobierno es incompatible con la visión más política (no necesariamente partidaria) que toda nueva administración debe tener, para dotar a sus políticas, de un sentido, de una idea inspiradora, de una creencia filosófica que motive al acompañamiento colectivo, siempre que no sea artificialmente impuesta, incluso a través del coaching. Podrá debatirse si hasta el debate político no se ve enriquecido si en una gestión, sólo se dirime la selección de opciones para tapar baches o llevar agua potable a las casas o asfaltar rutas o construir plazas, líneas de metro, bicisendas o terrazas verdes, para remarcar una y otra vez, de manera cuasi agobiante, “estamos para solucionarles los problemas a la gente”. O si sólo se escogen buenos ex CEO o gerentes de probadas dotes de manejo en el sector privado. Claramente, es el perfil burocrático con el que más se siente afín Macri, para muchos de sus funcionarios seleccionados en estas jornadas.

En un entorno como el argentino, con más de una década, sin gestión, durante el kirchnerismo, donde se abusó de relatos, de improvisación, de discrecionalidad y hasta arbitrariedad en el manejo de fondos públicos, falta de objetivos claros, excepto clichés o slogans como “la inclusión”, prohibiendo explícitamente el reformismo estatal, por ser “noventista”, la labor del PRO en CABA, se erigió en diferenciadora e intenta reproducirse a escala nacional, por lo cual, es absolutamente comprensible la selección macrista, de algún modo, el espejo indeseado del primitivismo kirchnerista. En una sociedad habituada a legitimar insensatamente el nepotismo o la militancia de baja categoría, las exclusivas fuentes de reclutamiento en el sector público, en detrimento de la idoneidad o capacidad técnico, confundiendo lealtad con obsecuencia, el perfil tecnocrático escogido es una bocanada de aire fresco bienvenido, tras décadas de desprecio a quienes trabajan y son exitosos en la faz privada. Además, se pondera positivamente la resignación de posiciones privilegiadas en dicho sector empresarial en favor de la vocación de compromiso y servicio público, lo cual, puede generar una ejemplaridad al estilo de la planteada por el propio Macri con otros de sus propios ex colegas de negocios (1).

Los liberales tendremos que aceptar al menos, temporariamente, este énfasis gerencialista y tecnocrático, en aras de la pésima herencia coyuntural y estructural que deja el kirchnerismo pero al mismo tiempo, debemos estar vigilantes para dotar de contenido a semejante arsenal de políticas públicas que se preparan para ejecutarse. No pueden juzgarse como no ideológicos este tipo de gobiernos. Hay una ideología específica, pero lejos de Mises, Hayek o Friedman, sino más influida por Rorty (padre del pragmatismo americano) y Osborne-Gaebler (los gurúes del New Public Management”). En Latinoamérica, tales esquemas de gestión, tan eficaces en el mundo anglosajón, terminan siendo rechazados por su incomprensión y celeridad de sus procesos en culturas organizacionales refractarias a tales principios, donde el empleo público exhibe incentivos a la pasividad y la irresponsabilidad colectiva. Si se quiere tener éxito político y empresarial en la gestión, será necesario cierto equilibrio entre gerencia y política. Los espejos de Fox en México y de Piñera en Chile, deben servir a Macri para no copiar errores de tales administraciones, excesivamente inclinadas a la gestión como religión pero lamentablemente carentes de visiones estratégicas, sentido político, estilo de negociación y mística comunicacional, con lo cual, terminaron diluyéndose o perdiendo carácter duradero y, lo que es peor, permitiendo la resurrección a las opciones políticas que pretendían extirpar.

El desafío de la hora

La transición no será fácil y los obstáculos de toda especie, abundan por doquier. El kichnerismo no sólo dejará terreno minado sino que apelará a trampas institucionales, movilizaciones conspirativas, campañas que saboteen al nuevo gobierno, sencillamente porque tiene una concepción especialmente dogmática del poder y la seguirá teniendo hasta después del 10/12. Pero no es la gobernabilidad ni la herencia económica ni la presión sindical o militar como otrora las que jugarán en contra de un gobierno de Cambiemos, sino el pesado entorno educativo, la actitud colectiva a la defensiva y la nula ética laboral, que dejan los años del kirchnerismo tras de sí.

Para levantar ese lastre de desconfianza colectiva, Macri y su coalición, deberán apelar a un atractivo moral que compense semejante balance negativo, a sabiendas que no puede recurrir a estilos o recetas místicas o carismáticas, porque carece de ellas. Su pragmatismo, interesante herramienta para ejecutar sus políticas públicas, puede resultarle insuficiente para convencer a los aún díscolos o temerosos del cambio y hasta para negociar con sectores o grupos de interés, que no quieren arriesgar sus prebendas.

Es allí donde puede resultar fundamental el aporte intelectual, doctrinario y comunicacional de los liberales, ese factor diferenciador que nos tornó incapaces de acceder al poder pero que sí supimos emplear en el plano de la sociedad civil, sobreviviendo en este marasmo de decadencia populista. Habrá que estar preparados para ese momento y en el interín, apoyar desde nuestros lugares, ojalá desde la propia función pública, si fuera necesario, al nuevo gobierno. Seamos concientes que toda América Latina aguarda expectante la evolución de los acontecimientos políticos en Argentina, bajo el nuevo gobierno, porque como otrora, nuestro ejemplo puede irradiar hacia otros países hermanos, a pesar del descrédito y el descenso al penúltimo escalón del prestigio internacional y regional.

Hoy, quizás, Pedro Benegas estará sonriendo en algún lugar. Estaría orgulloso que muchos de sus ex dirigidos y amigos, hoy son funcionarios de los tres gabinetes de Macri: Nación, Provincia y Ciudad de Bs.As. Pero también se alegraría al percibir que su airada posición esgrimida en favor de integrarse al PRO, muchas veces en la soledad de Recoleta o Vicente López, era la opción razonable, antes y lo es, ahora. Estaría satisfecho de ver cómo la opción partidaria liberal, hoy, aun cuando ésta de Cambiemos no fuera la óptima, fue, es y será, la mejor posible.

El destino está abierto, el futuro está en manos nuestras, no dependemos de nadie, sólo depende de nosotros. La normalidad y el progreso de Argentina, están a nuestro alcance. Aun hoy, ya sin Muro de Berlín, desde hace 26 años, una minoría de sociedades en el mundo, pueden afirmar y plasmar esto. No hay nada más liberal que ello: ser dueños de nuestro propio presente y futuro.

*MARCELO MONTES es Doctor en Relaciones Internacionales (UNR), Magíster en Relaciones Internacionales (UNC), Profesor universitario, Analista internacional y colaborador de Fundación Libertad Rosario.


1. En el plano de las Relaciones Exteriores, por ejemplo, el ámbito que más conozco, por mi formación, uno puede cuestionar si en aras de impulsar una más que necesaria reinserción argentina en el mundo con la imagen argentina de proveedor de alimentos, la designación de Malcorra no sea percibida como un tanto “naive”, idealista y parcial, en un mundo que se va convulsionando día a día y en términos político-militares, dadas las tensiones entre Estados Unidos y los emergentes y el ascenso de ISIS, al cual, tal vez, le quepa una óptica más realista, pero sin duda, implica un abismo con la gestión Timermann y su desprecio por el funcionariado diplomático.


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