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De cómo, pacientemente, una mujer desenterró a un muerto y le dio un soplo vital

Gobernar bien básicamente consiste, antes que nada, en conocer la naturaleza humana.

De cómo, pacientemente, una mujer desenterró a un muerto y le dio un soplo vital

Durante los años ochenta, la onda era la socialdemocracia. En las universidades, era moneda corriente escuchar a Silvio Rodríguez o Pablo Milanés hacer las delicias de los chicos de Franja o del PI. El que no escuchaba a la trova cubana era una especie de animal antediluviano, un tiranosaurio que era observado y execrado por toda la pléyade de demócratas defensores de los derechos humanos que iban a formarse a las universidades con la juvenil ilusión de construir un mundo mejor. En las reuniones de los centros de estudiantes se clamaba por alejar a esa especie de demonio que era el Fondo Monetario Internacional; y frente al cual, aparecía Alfonsín como una especie de caballero andante de la democracia que se iba a alzar en nombre de la América Ibérica, para aplastar los deseos imperialistas y explotadores de la América Sajona y la Europa capitalista, que deseaban una Argentina de rodillas y expoliada por los explotadores de siempre cuyos patrones de vida eran la eficiencia, la eficacia, el oro y el dólar.

Eran los tiempos de las brigadas del café. Cuando nuestros jóvenes marchaban cara al sol y alegremente portando como estandartes en su corazón la imagen de Ernesto Guevara, a colaborar con nuestros hermanos de Nicaragua que habían iniciado una cruzada anti imperialista teniendo como paradigma al muy noble y valiente comandante Sandino.

Todo era izquierda. La parte honesta, civilizada, romántica y lúcida de nuestro país era de izquierda.

¿La derecha?

No. La derecha quedaba circunscripta a cuatro o cinco viejas beatas que despotricaban contra la ley de divorcio; a cuatro o cinco nostalgiosos de los Falcon verdes, a algún que otro militarote trasnochado. O algún ridículo que reivindicaba la Guerra de Malvinas, en la cual habíamos sido engañados, y que había sido solamente un manotón de ahogado de un General borracho que se le antojó ponerse a jugar a los soldaditos. ¿Cómo se le ocurría a la derecha intentar defender la soberanía nacional? Si todos sabíamos que ese rubro estaba reservado exclusivamente a la izquierda defensora del pueblo. Pues… ¡a la cárcel con ellos!

La derecha era Paco Manrique con esa facha de pesimista que no seducía a nadie, que pretendía que vivíamos horas aciagas luego de Malvinas ¡precisamente cuando festejábamos la fiesta de la democracia!

También era el vendepatria de Alsogaray, que hablaba de cosas inadmisibles tales como privatizaciones, achicamiento del estado, shock de confianza, flujo de capitales. ¡Si todos sabíamos que esto se solucionaba no pagando la deuda externa y plantándonos con valentía frente a los acreedores de nuestra noble Patria Argentina!

De última, que la deuda la pagaran los oligarcas, que para eso tenían dinero.

Luego, terminamos esos tiempos a los tumbos, haciendo pan en nuestras casas y calentándonos con estufas de querosén, saqueando supermercados y cortando la energía eléctrica precisamente por falta de energía eléctrica y con una palabra que debutaba en nuestro vocabulario: hiperinflación.

Pero bueno, teníamos democracia, que era lo más importante y con eso vivíamos, comíamos y…bueno todo eso.

Y finalmente, un Presidente al cual había que darle tiempo, terminó sobrándole el tiempo, pues anticipadamente entregó el poder a otro Presidente democráticamente elegido que remedaba a los viejos caudillos federales e irrumpía en el plano político como un mártir de la dictadura y un hombre de lo más profundo de nuestra Argentina que venía a poner orden y elevar al verdadero pueblo al lugar que le correspondía.

Pero este hombre se obnubiló al llegar a Buenos Aires, lo sedujeron las luces de la gran ciudad; se sacudió la tierra del campo, recortó sus patillas federales y comenzó a cultivar la amistad de figuras citadinas. Se hizo parte del jet-set vernáculo e instaló la moda de ubicar a figuras que nada tenían que ver con la política…en la política. Recordó a Pochito y sus motonetas, y se le hizo costumbre hacerse filmar y fotografiar jugando al fútbol, conduciendo autos de carrera, acompañado de actrices y vedettes. Sin dudas era una nota simpática en el medio de tanto ajetreo. Los argentinos empezamos a descubrir que con un poco de sensibilidad y notoriedad cualquiera podía conducir la cosa pública. Todo cantante quería ser candidato a gobernador en su provincia. Todo el mundo se dio cuenta que era peronista, que cualquiera que quisiera el bien para sus paisanos y para su patria, no era otra cosa que peronista. Pues todo lo que hay de bueno y loable en materia de aspiraciones políticas lo ha inventado el peronismo.

Eso lo sabemos todos, ¡faltaría más!

Y de esa manera, el peronismo fue mutando. De partido político fue cambiando a un medio fácil de acceder al poder. El peronismo nos ofrecía el recorrido abreviado para llegar a un cargo público. Pues todos sabemos que el peronismo es el pueblo y el pueblo es la mayoría, y el pueblo unido jamás será vencido, y el pueblo nunca se equivoca, y votando al pueblo no podemos equivocarnos. En fin, que votando al peronismo siempre el pueblo iba a estar bien. El peronismo en los noventa era una especie de coloso que se había apoderado de las pequeñas banderitas de la derecha y las había incorporado a sus trofeos.

Y a todo esto, ¿por dónde andaba la derecha en los noventa?

La derecha había sido desalojada de la nación y estaba en franca extinción, solo persistía en algún que otro partido provincial. En Mendoza, languidecía carente de conductores con peso y así se apagaba como una vela en una noche calma, de a poco.

Es que era mala palabra, nos recordaba a torturadores, a golpes de estado, a prepotencia, a ministros de economía que lo que deseaban era entregar a la Argentina a la voracidad de los imperialistas; nos recordaba a mentes retrógradas que se oponían a la apertura de nuestros hábitos. Seguía siendo una vieja beata a quien nadie escuchaba y a quien poco le importaba lo que dijese. Aquel que confesaba ser de derecha, debía decirlo en secreto, pues estaba cometiendo un pecado, era como decir “soy comunista” en Norteamérica en tiempos del macartismo.

Para colmo de males, la misma derecha parecía querer auntoenterrarse, haciendo tristes parodias de golpes de estado, sosteniendo al hablar de los crímenes de la dictadura que “por algo debe haber sido” y presentándose en sociedad como algo impresentable.

La izquierda iba, saludablemente, convirtiéndose en algo más que en un partido o una ideología. Iba convirtiéndose en una costumbre. Porque los argentinos, aunque no votásemos decididamente a un partido de izquierda asentíamos a los esquemas de pensamiento de la izquierda, fuésemos peronistas o radicales, que en definitiva, es ser más o menos lo mismo, pues las únicas diferencias son de grado.

Y así llegamos al nuevo siglo, con el tropezón del 2.001, que vino bien para abominar del “neoliberalismo salvaje”, y enterrar definitivamente y para siempre las esperanzas de una derecha raquítica que sin dudas siempre estaba ahí, esperando la oportunidad para entregar el país al extranjero.

El país comenzó a ser gobernado por un matrimonio.

Ese matrimonio nos dio una clase teórico-práctica magistral de “dame un poco de poder y de la nada te construyo un espacio político propio”. Y así, por obra de birlibirloque, aquellos que antiguamente habían adherido al peronismo de los noventa hoy se convertían en severos críticos del neoliberalismo salvaje.

Esta dinastía gobernante venía con el claro designio de sepultar definitivamente a la derecha, darle el tiro detrás de la oreja que se le pega a todo fusilado una vez caído y exánime en el suelo.

Y se abocó a esa labor pacientemente, pero con toda su energía.

Comenzó aplicando la vieja antinomia marxista. La antinomia de explotados-explotadores; a desgastar el principio de autoridad y a desacreditar a los poderes de policía y a todo aquello que significara preservación de orden, disciplina y esfuerzo, pues esos conceptos nos sonaban a cuartel; y ya sabíamos lo que había ocurrido con nuestras tristes experiencias de esa índole.

Las escuelas se fueron convirtiendo en guarderías, donde la función de los profesores paulatinamente fue evolucionando hasta convertirse en una especie de psicólogo familiar, cuya tarea principal consistía en convertir la clase en algo agradable y placentero para el alumno. Todo debía ser respetado, todo debía tolerarse, el saber era algo que construían juntos el alumno y el profesor, naturalmente de la manera más cómoda posible para aquel. No importaba tanto que el colegial realmente aprendiera, sino que concurriese, y se dotó al alumnado de ventajas económicas con tal que asistiese al establecimiento educacional. Y se insistía en que debían ser aprobados, pues era menester construir estadísticas favorables, para demostrarle al mundo las bondades de la inclusión.

El delincuente era una víctima del sistema y la víctima era solo el medio por el cual el delincuente expresaba su reacción contra el establishment, y para poder cerrar el esquema se contaba con una administración de justicia complaciente que a través de jueces garantistas miraban para otro lado, mientras las verdaderas víctimas concurrían a los talleres metalúrgicos a solicitar rejas para sus puertas y ventanas.

Y en este juego de las complacencias, era menester administrar la economía, entonces se recurrió al sencillo expediente de quitar a unos para darle a otros, y de paso, ganar electorado.

Los argentinos estábamos descubriendo que era tan magnífico el gobierno, que gran parte de la población vivía subsidiada, sin ocupación real.

El sistema funcionaba, daba frutos, y la dinastía gobernante parecía querer eternizarse en el poder. Y ya en el país se hablaba abiertamente de términos tales como “caciques provinciales”, “operadores políticos”; se manipulaban estadísticas, se morían fiscales que se “suicidaban” a los pocos días de haber tenido el atrevimiento de iniciar una causa contra la mandataria.

Nos hablaban casi a diario como a alumnitos que debíamos recordar permanentemente las bondades del gobierno. El gobierno, en una cruzada contra los monopolios había hecho consagrar una ley que impedía que un grupo empresarial tuviese preeminencia en la información. Era un delito de lesa humanidad tener un diario y no ser aplaudidor de la señora.

Es que eso era admisible, impensable dentro del régimen. Para eso estaba el sistema, que a través de su red de canales y radios nos enseñaba historia reciente y educaba a nuestros niños acerca de la verdad, o sea, acerca de las bondades de los populismos.

La república era algo perdido y olvidado.

Se estaba haciendo real el 1984 de Orwell.

Había dos clases de argentinos, los que estaban “con” y los que estaban “en contra”; estos eran tratados como no-argentinos.

Hasta que un día, los que estaban en contra, hartos ya de ser ellos los verdaderos desplazados del sistema, empezaron a olvidar sus viejos esquemas de pensamiento y a pensar como derechistas, y se empezaron a indignar; y empezaron a reclamar cambios. Y empezaron a murmurar que no querían que les descontaran parte de sus sueldos, y que deseaban que volvieran a la educación los tradicionales conceptos de disciplina, esfuerzo, premios y castigos.

En definitiva, que renaciera el concepto de autoridad en el país, y empezaron a recordar viejas consignas que ya pensábamos definitivamente olvidadas.

Y así, el pueblo llano se agrupó en torno a dos bandos: los a favor y los en contra.

Dentro de los que estaban en contra del régimen, paradójicamente, había varios que conceptualmente no estaban en contra de muchos principios del partido gobernante. Pero estaban hartos del personalismo, de la soberbia y la intolerancia. De la forma en definitiva.

Y entonces, los argentinos fuimos testigos como, extrañamente, quien debió enterrar a la derecha, la desenterró. La volvió a la vida precisamente quien debió ser su verdugo.

Porque, aunque nos cueste creerlo, los extremos a veces producen el efecto no deseado, y lo poco agrada, y lo mucho enfada. Y se requiere algo más que doce cuotas sin interés para seducir a un pueblo harto.

Y porque debemos comprender que gobernar bien básicamente consiste, antes que nada, en conocer la naturaleza humana.

Opiniones (2)
17 de noviembre de 2017 | 20:47
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17 de noviembre de 2017 | 20:47
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  1. al contrario. Este macri, solo tomara las banderas que no le damenden plata como los derechos de genero, o democraticos formales. la libertad de que ls universidades estatales empiecen a buscar asociarse al capital. En fin, el avance de la derecha en la universidad y en el gobierno haran mas facil crearnos una ciencia ficcion manejadaa por duran barba, nuestro gurú. Haran una mentira hasta marzo responsabilizando al gobierno anterior de que dilapidó el dinero. Y de esa forma justificarán el ajuste que ya conocimos en el 2001. Puede ser que los actores principales, los docentes despierten de esa ficcion narrativa que esta vez tendrá la tv publica y tambien lso canales generadores de odio, como tn trece y telefe A SU FAVOR. Pero cuando los docentes despierten de su ingenuidad y comprendan quienes son el poder tras la carita de Macri, tal vez no sean acificos ni con las antenas d elos medios mentirosos ni con los dueños de los sillones. El peronismo es un movimiento y no siempre hace casoa la formita de la democracia, , mas despues de la estafa d elos medios que los hicieron votar contra sus propios intereses
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  2. Muchas generalizaciones con sesgos irrebatibles e inmodificables, como los que yo tengo. Ud. es ud. y piensa así, yo soy yo y pienso distinto. ¿Cuál es el problema? Ninguno. Sólo que los que como ud. piensan todavía no se han dado cuenta que deben aceptar la grieta ya que no es malo tenerla, aún cuando uds. crean que sí. ¿Está ud. seguro que se quizo eliminar a la derecha? Yo revisaría esa parte de sus sesgos porque ahí se equivoca. Aún no ha descubierto cuál fue el verdadero plan. Ya lo sabrá.
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