opinión

El derecho de vivir en paz

Una columna de Mariano Saravia desde la ciudad Ho Chi Minh, la ex Saigón.

El derecho de vivir en paz

El derecho de vivir en paz es el título de una canción de Víctor Jara de principios de los años ’70, casi un alarido poético y militante contra la barbarie norteamericana que arrasaba con los arrosales, con la selva y con el pueblo de Vietnam.

Hoy es maravilloso levantarse temprano, si es posible a las seis, y salir a caminar por el Parque 23 de setiembre, en el distrito uno de la ciudad Ho Chi Minh, la ex Saigón. A esa hora, gente de todas las edades hace gimnasia, tai chi, trota, o baila al ritmo del aerobic. La gente vive tranquila y amablemente, incluso en medio del ritmo frenético de una ciudad de nueve millones de habitantes. Es inevitable mirar cada rincón de la ciudad, o recorrer el delta del Río Mekong, y pensar que estos lugares fueron el escenario del infierno en la Tierra. Y hoy es un país pacífico, laborioso, que crece aún más que China, este año lo hará al 6 por ciento. De hecho, aquí la frase de cabecera es: “Vietnam es un país, no una guerra”.

Es inevitable también mirar esas caras y que se nos aparezcan aquellas otras caras, de hombres y mujeres aniñados, muchos de ellos campesinos devenidos en guerrilleros, que no cedieron ni un milímetro de terreno, que no abandonaron sus aldeas y que con lo que tenían a mano, dieron batalla al ejército más poderoso del mundo.

Justo este año se están conmemorando los 40 años de la caída final de Saigón, que marcó el final de la Guerra de Vietnam. Desde 1965 hasta 1975, el imperio estadounidense cometió un verdadero genocidio para imponer su ley, la de supuestamente llevar “la libertad y la democracia” por el mundo. Richard Nixon lo había dicho con todas las letras: “Haré que Vietnam vuelva a la edad de piedra”. Y así fue: las bestias imperialistas descargaron sobre este pueblo 7 millones de toneladas de bombas de fragmentación, 100 mil toneladas de sustancias químicas tóxicas junto a 80 millones de litros de desfoliantes y de napalm. Todo esto dejó cinco millones de muertos y tres millones de afectados por el agente naranja y el edusolfan.

Todo eso fue superado por el espíritu, el sacrificio, la disciplina y la dignidad de un pueblo sin igual, dirigido por uno de esos líderes que aparecen muy raramente en la historia: el legendario tío Ho Chi Minh, hoy omnipresente en el Vietnam de la paz y el progreso.

El mejor ejemplo de la inteligencia y la voluntad puesta contra el avasallamiento de la primera potencia mundial son los túneles de Cu Chi, un entramado de huecos y pasadizos subterráneos que hicieron imposible la vida a los invasores.

Antes de eso, este pueblo ya había vencido a otro imperio, el francés, cuyo símbolo de humillación es la batalla de Die Bien Phu, en 1954. Y antes al imperio japonés del emperador Hirohito. Y mucho antes al imperio mongol. Es decir, estamos hablando de un pueblo con mayúsculas, que hoy mezcla su orgullo ancestral con su modernidad y con una vocación de futuro que reconcilia con el género humano.

Mientras tanto, la cantidad de motos no me deja volver a cruzar la calle desde el Parque 23 de setiembre, en el distrito uno. Son cientos. Qué digo cientos. Son miles de motos que se agolpan, parecen un enjambre, no paran. Me acuerdo de uno de los primeros concejos que me dieron apenas llegué a Vietnam: “Si mirás para los dos lados y tenés cuidado, no cruzarás nunca; más bien baja la cabeza y cruza, que las motos te esquivarán de alguna forma”.

Mariano Saravia.

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23 de agosto de 2017 | 15:30
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