opinión

La educación desafiada: enseñar en los bordes

Una experta en temas educativos de la provincia reflexiona sobre nuestro presente.

La educación desafiada: enseñar en los bordes

Las penas son de nosotros, las políticas son ajenas

Es maestra de primer grado, se recibió hace apenas tres años y trabaja en una escuela de esas que están en los bordes de la ciudad, cabalgando entre la pobreza y el abandono. Me consulta por Facebook, rodeada de mil disculpas y esperando que la ignore. La pregunta que me hace es tan grande como su desazón: qué hacer con tantos chicos que no pueden quedarse quietos o aprender. No se anima a pedir ayuda dentro del sistema, porque hay mucha pena que se niega o se tapa.

No hay recetas, ni gurúes, chamanes, sabios o expertos que puedan dispensar una receta desde un escritorio. Le ofrezco mi compañía para que pensemos juntas y le pido que me invite a su escuela. Me gustaría estar en su aula antes de decirle alguna pavada de fast food pedagógico, unos consejos raquíticos o tirarle algún libro por la cabeza. Tengo un par de tardes libres para ofrecerle.

Me dice que lo va a consultar con la Directora, que “accede gustosa”, siempre y cuando les dé un taller a todo el equipo sobre “violencia escolar” (uno de esos caballitos de Troya de la “capacitación” que llevan en su panza un montón de miradas sobre el mundo de la infancia que prefiero combatir). Sugiero otro título, y otro enfoque, y vamos para adelante. Me esperan con café y tortitas. Hablamos sobre los niños y niñas de hoy, sobre sus familias y sus aprendizajes. Analizamos las formas en que hoy se atrapa y rotula el malestar infantil, se abordan sus desafíos y se educa. También algunos de esos “casos” que duelen o perturban. Destacamos las dificultades de los adultos para orientar y andamiar su desarrollo, y sobre el nuevo significado de la escuela como un espacio social en que los niños se encuentran con otros niños y quieren jugar y hablar, moverse y correr. Conversamos, también, sobre las penas y frustraciones compartidas de esta profesión -sobre sus alcances y límites, siempre fugitivos- que nos desafían a diario.

El aula y el grito

Luego voy con mi colega al aula. Es un caos. 25 niños corriendo y saltando de un lado a otro. Gritando y empujándose. Algunos se acercan a abrazarla, mientras en un rincón hay otros tantos golpeándose con las mochilas. Comienza a elevar la voz y a pedirles que se sienten. Pasan unos largos minutos hasta que consigue que se ubiquen en sus bancos; sigue el bullicio mientras intenta explicar la tarea a realizar; les llama la atención una y otra vez; hasta que con los ojos llenos de lágrimas pega un grito que le consigue unos tres minutos de silencio mientras escribe desganada en el pizarrón. La clase sigue así, en medio del caos y su desesperación, con breves momentos de conexión entre la docente y los niños. Cuando finaliza me dice que no le gusta gritarles, pero que no le queda otra opción; agrega que cada niño viene de su casa creyendo que es el rey del mundo y que puede hacer lo que se le da la gana.

El sufrimiento: mal, pero acostumbrados

Imposible imaginar el sufrimiento de esta maestra sin estar ahí, sin escucharla. Tamaña soledad ante tanto niño “desbordado”. Piensa que en su escuela le dicen que “tiene que” seguir enseñando y aprobar a todos los niños, y le digo que así suelen traducirse y traicionarse las políticas de inclusión, pues en vez de pensar alternativas genuinas y explorar oportunidades que hagan que cada pibe pueda aprender se manufacturan y bajan mandatos para hacer un “como si” del enseñar y aprender. Un escenario desolador para alguien cuya vocación lo llevó al aula.

Trata de no llorar, pero no puede, y me dice que ha pensado dejar la docencia, que es un trabajo imposible, que ama a los niños pero que no puede hacer nada con ellos. Me relata que cuando llega a su casa, su propia madre la consuela, le sirve unos mates y la escucha para aprenderse los avances y travesuras de todos y cada uno de los niños de su hija, como si fueran sus propios nietos revoltosos.

Insiste; me dice que los chicos se resisten a aprender. Vienen de sus casas acostumbrados a hacer lo que se les da la gana, saben todo y no hay nada más que quieran aprender, no aceptan las normas; la autoridad del adulto no significa nada para ellos. Así es como se construyen los problemas que asolan las aulas, los pibes y sus familias son el enemigo. Le pregunto si todos son así. Me responde que no, que hay algunos que se enganchan. Entonces no son todos y siempre. Lucha entre las ganas de encontrar un camino o dejarse vencer por el desgaste diario de querer y no poder, de controlar tanta energía y dispersión. Le pregunto si ha hablado con sus colegas. Me dice que están igual, pero acostumbradas. Ella no, dice, no se quiere dar por vencida… aún.

Retroceder, nunca; rendirse, jamás

Pensamos algo para la próxima hora, una estrategias para captar la volátil atención de los pibes y también, como un ensayo, un ejercicio de relajación en que esos niños “bólido” (como los llama Meirieu) pongan el cuerpo en una actividad; lo ensayamos. También planificamos un par de actividades muy breves para no agotar la frágil atención de los chicos y motivarlos. Nos aferramos como náufragas a esos recursos y probamos.

Las cosas resultan, los niños responden. Celebramos tímidamente, pues cada pequeña conquista es un paso que la ayuda a enderezarse. Además, la pena que se comparte se divide y la alegría se multiplica. Cuando los niños y niñas tienen algo sustancioso que aprender, prestan atención; cuando pueden relajarse, se enfocan y concentran; cuando pueden jugar y compartir, conversan. Dejan de gritar y de correr sin sentido. Finalmente organizamos un par de semanas de clase y nos despedimos; generamos un espacio virtual para montar una carpeta con actividades. Luego me entero que comparte con sus colegas lo hecho y aprendido. Se suman dos más y seguimos creciendo. Una tenue red..

Entre algunas satisfacciones y el medio vaso vacío

Vuelvo a casa con una sensación de alegría y satisfacción, como de tristeza y malestar. Pienso en los miles de colegas docentes que están atravesando situaciones así, de soledad y sentimientos de incompetencia; colegas que terminan tirando la toalla, distanciándose emocional e intelectualmente de lo que hacen o aborreciendo la enseñanza o a sus alumnos; que se piensan aislados, acosados por el imperativo de ser un sujeto ejemplar (sin mácula de duda o resentimiento). Abandonados a su suerte en instituciones “cascarón”, atrapados en la telaraña de políticas erráticas, mal traducidas o echadas a perder por la ineptitud o la ausencia de compromiso.

También en los que planifican políticamente la educación. Los que piensan que es sencillo atravesar las capas de traductores/traidores y llegar al docente con un mensaje de apoyo, reconocimiento y validación, de fortalecimiento de su profesionalidad, capacidad y autoridad pedagógica. Me agotan también los discursos necios, ciegos o sordos, pero bien charlatanes; también los que creen en soluciones protocolizadas ante lo incierto o meramente técnicas; los que hacen demagogia de la nostalgia rebuznando sobre los tópicos favoritos de los ineptos: los valores perdidos o la crisis de la educación.

La educación que es de todos

Hay que recordar y machacar siempre que la educación es una responsabilidad de la sociedad en su conjunto, necesariamente compartida y fundamentalmente solidaria. Todos/as los adultos, de una manera u otra, educamos y cuidamos a los niños de la aldea, a todos y todas, porque no hay ninguno que sea descartable. Como tal, esa responsabilidad excede ampliamente a la escuela que hoy que se encuentra desbordada por exigencias y demandas, atajando la incontinencia social que deja a los niños y niñas librados a su suerte. Educar es una tarea imposible cuando no hay un pacto que comprometa a todos los actores sociales, dé cabida a lo nuevo que arrasa las instituciones, fortalezca el papel de las familias y de las comunidades. Los niños y niñas necesitan no más escuela de la que tienen, sino más gente comprometida y espacios para jugar, experimentar, crear, conversar y protagonizar aventuras, para la recreación y la vida social.

La escuela solo puede “funcionar” con políticas claras, proyectos sólidos y trabajo en red, en el reconocimiento y acompañamiento de los docentes en su búsqueda de soluciones, sin bajarles un libreto, sin idealizar su papel, sin edulcorar sus amargos malestares o exigirles que se autoinmolen en la pira de la debacle social. Muchas escuelas fortalecidas desde adentro han encontrado caminos, otras se han desintegrado en miles de proyectos y bajadas de línea.

De los muchos campos de batalla, la educación formal, responsabilidad del estado y bien social, es la que suele timbearse en los proyectos políticos como poco relevante sin advertir que detrás de cada niño o niña que va a la escuela hay una familia que vota.

Y cuando uno algo entiende del tema, hay que estar blindado para bancarse tanta pavada que se dice sobre la educación, en donde cualquier salame que haya ido a la escuela se siente experto y cualquier tonto que miró ese mamarracho de la educación prohibida se siente un progre. Abunda la perorata hueca, la estupidez enlatada de chamanes y gurúes de outlet con sus consejos de Perogrullo; tanta receta de Finlandia en versión berreta y mal leída; tanto slogan de marketing del kiosco de consultorías montado sobre la crisis, que da de comer a tantos/as, y ¿quién escucha a los docentes?, ¿quién se preocupa por los pibes?

Mónica Coronado. 

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17 de agosto de 2017 | 15:45
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