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París y el reto de Europa

La ola expansiva de los análisis tras el horror en Francia.

París y el reto de Europa

Es difícil recordar un fin de semana más negro para nuestro continente, al menos en la última década. Los atentados en París han puesto al descubierto lo vulnerable que puede llegar a ser una paz casi rutinaria como es la europea. Pero además de la obvia amenaza a la integridad física, los atentados son un hito más (probablemente el más horrible con diferencia, es cierto) en un proceso que no es del todo nuevo. Un proceso que pone a prueba el proyecto europeo.

La Unión Europea está pensada como un dispositivo para unir Estados mediante un proceso gradual, incrementando poco a poco la coordinación entre ellos de manera que dichos países dependan cada vez más los unos de los otros, minimizando la probabilidad de conflictos hasta llegar a la integración total, o al menos esa era la idea tras la Segunda Guerra Mundial. Ahora mismo, su estructura es una mezcla entre áreas donde las decisiones se toman de manera intergubernamental, por negociación de Gobiernos democráticamente elegidos, y supranacional, por la Comisión, el Banco Central, el Parlamento. Lo cual es bastante útil para reducir poco a poco el riesgo de conflicto entre los miembros sin levantar recelos demasiado grandes a la hora de ir cediendo poder, pero resulta muy poco eficaz cuando todos ellos han de enfrentarse a una amenaza común. En tales casos, si el acuerdo no es imprescindible lo más probable es que no exista. Solo hace falta recordar la división a la que se enfrentó el continente justo antes de la guerra de Irak, o las dispares propuestas y acciones con respecto a Siria sin que exista visos de acción coordinada. Mientras escribo, parece que Francia ha decidido bombardear posiciones de ISIS en Raqqa de manera unilateral.

Cuando el acuerdo es inevitable por norma escrita, la negociación es ardua y se basa en los intereses de los diferentes electorados nacionales. El caso de las cuotas para acoger refugiados durante la presente crisis humanitaria es transparente, con algunos países dispuestos a acoger miles mientras otros mostraban reticencias, y aún otros se oponían al sistema directamente. Con estos mimbres, esperar respuestas rápidas y coordinadas es tal vez llevar las expectativas demasiado lejos. Y sin embargo, es imposible hacer frente a la amenaza del terrorismo global sin mejorar la gestión de fronteras exteriores. Menos aún sin al menos considerar qué tipo de relación va a mantener la Unión con las distintas fuerzas en liza en los múltiples conflictos, activos o latentes, que salpican el Este y el Sur del continente.

Pero quizás el reto más importante al que se enfrenta el proyecto europeo esté más dentro que fuera. De nuevo, el andamiaje institucional actual está diseñado (a trompicones) para resolver conflictos entre Estados, pero no conflictos con el exterior que tienen efectos desiguales dentro de cada país. Más aún: precisamente por su objetivo inicial de ‘seguro para la paz’, el alma de Europa es en sus orígenes la de una democracia liberal, pluralista y de vocación integradora. Y sin embargo, el conjunto de retos a que se enfrenta hoy llevan al límite este ideal fundacional.

No es necesario quedarse solo en los ataques violentos. Se puede hablar de la presencia de actitudes más o menos opuestas a la libertad de otros miembros de la sociedad, siendo el terrorismo integrista un caso extremo. La pregunta de cómo gestiona una democracia dichas actitudes sin caer ella misma en actitudes anti-liberales es un malabarismo al que estamos más o menos acostumbrados. Lo novedoso es que ahora además hemos de hacerlo con varias democracias al mismo tiempo. Dentro de unas mismas fronteras conviven Víktor Orban, para quien cualquier tipo de presencia islámica es etiqueta como amenaza potencial por defecto, y Stefan Löfven, cuya política se resume en la frase “mi Europa acoge refugiados”.

Asumamos por un momento que cada nuevo migrante que es aceptado en Europa trae consigo una probabilidad determinada de las actitudes anteriormente descritas, cuantificable imaginariamente en x. Sin embargo, también conlleva otra probabilidad de beneficios en materia de actividad económica, multiculturalidad, vínculos sociales y demás de y=1-x. Es posible minimizar x aplicando una serie de políticas con coste c, que consisten en una mezcla de controles (de frontera y posteriores) y mecanismos de bienestar e integración social. Además, el bienestar del migrante es un bien tan preciado como el del local, que lógicamente aumenta al llegar a Europa, cuantificable en b. Podemos tener un interés intrínseco en ese bien porque somos altruistas, o indirecto porque pensamos que Europa debe ser un proyecto integrador, o más probablemente una mezcla de ambas cosas. A más estemos dispuestos a gastar en c, mayor será el beneficio (y+b) porque menor será la probabilidad de x, que no solo recoge los costes para la sociedad de acogida sino también para el migrante y su entorno: no debe ser demasiado agradable que tu hijo belga decida volverse un luchador integrista que se lleva a su hermano pequeño a luchar en Siria. La respuesta lógica es que debemos establecer mejores controles, un seguimiento más intenso para evitar radicalización posterior y priorizar políticas de integración que funcionen. Por desgracia, los problemas no acaban aquí, sino que más bien empiezan.

El coste (c) debe distribuirse entre personas con intereses dispares y que parten de posiciones muy distintas. Así, mientras un 6% de los belgas se declara musulmán y el ratio de personas por millón de habitantes que han ido a combatir junto a ISIS llega a 40, en España las cifras son de 2% y 2, respectivamente. Es patente que algo no está funcionando en las políticas de Bélgica, algo que ha admitido hasta su actual Primer Ministro. Dentro de cada país la cosa no está mejor, tal y como demuestran los patrones de voto a partidos anti-inmigración en Francia, Holanda o la propia Suecia y su correlación con ciertas situaciones de clase.

Por supuesto, toda esta situación otorga una munición muy valiosa precisamente a estas formaciones, y a todo aquel que pretenda minimizar el riesgo x a través de cerrar un país a cal y canto. Hay muchos argumentos para tildar esta aproximación de ilusa. El principal es que el problema de integración ya está dentro de sus fronteras, y concierne a ciudadanos franceses de pleno derecho. Además, pensar que la inmigración en general o que los refugiados en particular son el único origen de la amenaza es no entender demasiado bien cómo funciona el mundo hoy en día. Un país hostil que intente cerrarse en banda es un objetivo para ataques de muchos tipos (también implicando violencia física) a través de infinidad de vías. No estaría menos expuesto que cualquier democracia occidental hoy día, y además no estaría haciendo nada por ayudar a resolver un problema que le puede afectar aunque no quiera.

Pero lo más importante es que estas posiciones deciden ignorar por completo el factorb de la ecuación anterior, asumen que c tiene poco o ningún efecto, y sobre-estiman x. Es decir: les importa poco o nada el bienestar de quien no es de su país o la esencia del proyecto europeo, entienden que no hay nada que se pueda hacer por la integración y asumen que el riesgo de enfrentarse a actitudes amenazadoras es demasiado elevado. Pero tal posición es, a mi entender, opuesta al espíritu de la UE. Por descontado, no es casualidad que las propuestas más exclusivas provengan de formaciones de cariz anti-liberal, esencialmente enemigas del pluralismo y, cómo no, sumergidas en el euro-escepticismo nacionalista. Lo preocupante para Europa, además, no es solo el crecimiento de dichos partidos, sino el movimiento de ciertos líderes tradicionales a ese campo: David Cameron o Nicolas Sarkozy son solo algunos ejemplos. El contaste con aquel “mi Europa” del Primer Ministro sueco es atronador.

La paradoja es evidente, y va en paralelo a la que ya vivimos con la crisis económica: una estructura institucional pensada para ser inclusiva no hace sino alimentar ideas que atacan a sus propios cimientos. La única solución pasa por la consolidación de frentes transnacionales de cariz integrador. Es lo que ha pasado hasta ahora cada vez que Europa se ha visto ante un reto de envergadura. Siempre a golpes con la soberanía de los Estados, siempre con soluciones a medio camino. Pero hacia adelante. Confiemos en que esta no sea la excepción. 

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19 de agosto de 2017 | 06:40
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