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Medio Oriente o la geopolítica del caos

Entre las guerras norteamericanas y el terror del Estado Islámico

Medio Oriente o la geopolítica del caos

La foto actual del Medio Oriente muestra una región inmersa en el caos, donde el principal fenómeno actuante es la disolución del orden regional sostenido durante décadas por Estados Unidos, sin que se avizore, por el momento, con qué será reemplazado.

Egipto se encuentra bajo el dominio de la dictadura plebiscitada de Al Sisi que en poco más de un año y medio acumula alrededor de 1.000 sentencias a muerte (método utilizado por regímenes totalitarios como el nazismo). Siria, Irak y Libia están sumidos en guerras civiles sangrientas y al borde de la fragmentación. Han surgido nuevas entidades proto estatales, como el califato del Estado Islámico (EI, también conocido como ISIS) que si bien tiene fronteras móviles, abarca un territorio del tamaño de Gran Bretaña o Italia. Esta organización, surgida de las entrañas de Al Qaeda, amenaza con trastocar no solo las fronteras nacionales sino también las tendencias políticas del mundo islámico, alentando el surgimiento de fracciones radicalizadas también entre las jóvenes de las comunidades musulmanas de occidente.

Lo que está en cuestión es el trazado de los estados nacionales, cuyas fronteras fueron fijadas por Francia y Gran Bretaña en los acuerdos de Sykes-Picot de 1916 mediante los cuales se repartieron el dominio de los territorios del imperio otomano. La posibilidad de que estos estados que juegan un rol importante en los equilibrios regionales, o que tienen grandes reservas de petróleo y gas, se conviertan en “estados fallidos” es un escenario de pesadilla, valga como muestra el papel de Libia en la crisis de inmigración que atraviesa la Unión Europea.

Por tercera vez en poco menos de un cuarto de siglo Estados Unidos está en guerra en Irak. La operación militar que lleva casi un año y, según los datos del Pentágono, le viene costando a los contribuyentes unos U$ 8,6 millones por día, parece estar lejos de alcanzar los objetivos planteados por Obama de “degradar y eventualmente destruir al ISIS”. En este tiempo solo puede exhibir una victoria en Kobani obtenida a un altísimo costo por la resistencia kurda con apoyo aéreo norteamericano y la recuperación de la ciudad de Tikrit en colaboración con Irán. Como contrapartida, a mediados de mayo, el EI se hizo del control de Ramadi, el corazón sunita de Irak, y de la ciudad milenaria de Palmira en Siria, a varios cientos de kilómetros de distancia, lo que muestra que tiene capacidad operativa para actuar en varios frentes. Aunque la administración demócrata tiene la política de limitar el compromiso norteamericano a bombardeos aéreos y que sean milicias locales las que combatan en el terreno al EI, no se puede descartar que se inicie una dinámica ascendente que lleve a extender los objetivos iniciales, lo que en la jerga militar se conoce como “mission creeping” y que llevó, nada más y nada menos, a la guerra de Vietnam.

El “Juego de tronos” de las potencias

Si bien una combinación de diversos factores explican este desorden geopolítico, hay un elemento que tiene un peso específico propio: el cambio en la política norteamericana hacia Irán alimentado por el encuentro entre las razones pragmáticas del imperialismo y la apertura de Irán a partir de la asunción de Hasan Rouhani como presidente, perteneciente al sector reformista de la teocracia.

Con un sistema de alianzas basado en el régimen de Bashar al Assad en Siria, Hezbollah en el Líbano, Hamas en los territorios palestinos e Irak, el régimen iraní se volvió una pieza indispensable para la seguridad de Estados Unidos, no solo en Irak sino también para tratar de encontrar una salida estable a la ocupación de Afganistán.

La firma de los acuerdos para mantener bajo control el programa nuclear de Teherán, auspiciados por el gobierno de Obama al frente de las principales potencias más Rusia y China, implica un cambio radical con importantes consecuencias regionales. El restablecimiento a un determinado nivel de las relaciones diplomáticas entre ambos países, suspendidas desde la revolución iraní de 1979, está haciendo crujir las alianzas tradicionales de Estados Unidos y es duramente resistido por Israel y Arabia Saudita, que ya está implementando un giro en su política exterior para responder a esta nueva situación. Incluso algunos analistas auguran una prolongada “guerra fría” entre Arabia Saudita e Irán –los rivales tradicionales que se disputan la hegemonía del mundo musulmán y simbolizan el enfrentamiento entre sunitas y chiitas– que tendría su primer punto caliente en Yemen.

A las líneas de falla estructurales que vienen desde la constitución de los estados nacionales de Irak, Libia y Siria se suma el hecho de que se han vuelto un campo de batalla para las potencias regionales, que usan las guerras civiles entre diversas fracciones para dirimir sus rivalidades. Así Arabia Saudita, Catar o Turquía, con el aval más o menos explícito de Estados Unidos, patrocinan diversos grupos “rebeldes” y milicias armadas en Libia o Siria, que les sirven para combatir o debilitar a sus enemigos principales, pero a la vez, da como resultado una situación inestable de alianzas cambiantes y, a veces, contradictorias.

Un ejemplo claro es la doble política que muchos de estos estados –como Arabia Saudita o Turquía– tienen hacia el Estado Islámico, un enemigo estratégico pero que tácticamente puede ser instrumentado para debilitar a sus principales rivales, como el régimen sirio e Irán.

A su vez, Estados Unidos se encuentra en una alianza fundamental con Irán que controla las milicias chiitas en Irak para tratar de frenar el avance del EI, pero está enfrentado al régimen de Teherán en Yemen, donde apoya la coalición sunita de Arabia Saudita en contra de los hutíes, aliados de Irán. Y podrían seguir los ejemplos.

Las consecuencias de la política norteamericana

Decir que Estados Unidos y sus aliados son los creadores del Estado Islámico sería encontrar una explicación simplista, por la vía de la teoría del complot, a un fenómeno complejo. Aunque sin dudas han ayudado y mucho. No solo no existían ni Al Qaeda en Irak ni el Estado Islámico antes de la intervención norteamericana, sino que el propio gobierno de Estados Unidos había anticipado en 2012 la probabilidad de que el Estado Islámico avanzara en la conformación de un “principado salafista” en territorio sirio, algo que según un documento de inteligencia militar recientemente desclasificado, era visto como una oportunidad para aislar estratégicamente al régimen de Assad (y a Irán), aunque al costo de desestabilizar Irak.

A esta altura, es indudable que la situación actual del Medio Oriente es hija de la fallida “guerra contra el terrorismo”, lanzada por el gobierno de Bush como respuesta a los atentados del 11S, y continuada bajo las dos presidencias de Obama.

La historia es conocida. La administración republicana bajo la influencia de los “neocon” pretendía revertir la decadencia hegemónica de Estados Unidos con la estrategia militarista de la “guerra preventiva”. Primero invadió Afganistán persiguiendo a Osama Bin Laden, el jefe de Al Qaeda. Luego inventó un casus belli –las armas de destrucción masiva que supuestamente tenía Saddam Hussein– para invadir Irak y derrocar al antiguo dictador. Tras la caída de Hussein, en marzo de 2003, la ocupación norteamericana dictó la llamada “ley de desbasificación” por la cual, de un solo golpe, unos 400.000 miembros del derrotado ejército husseinista y funcionarios del partido Bath fueron expulsados sin recibir ninguna pensión y excluidos del empleo estatal. Años después, muchos de estos oficiales y funcionarios formaron sus propias milicias o engrosaron las filas de Al Qaeda, posteriormente, Estado Islámico.

La intervención de Estados Unidos produjo, además, un cambio fundamental en el poder estatal que pasó de manos de la minoría sunita (que desde las épocas del imperio otomano era la clave de la burocracia estatal y militar) a la mayoría chiita, oprimida bajo el régimen de Hussein. Demás está decir que el principal efecto colateral no deseado de la invasión a Irak fue proyectar el rol de hegemón regional de Irán, ya declarado en ese momento por Bush como uno de los integrantes del “eje del mal”.

Estados Unidos explotó las diferencias religiosas para liquidar la perspectiva de que se uniera la resistencia antinorteamericana sunita y chiita. En este terreno crecieron grupos sunitas radicales, entre ellos Al Qaeda en Irak (AQI), fundada por el jordano al Zarqawi en 2004, que rápidamente se orientó hacia la guerra civil religiosa.

En 2007, el entonces presidente Bush lanzó una política doble para debilitar el frente sunita entre líderes tribales y grupos radicalizados: por un lado aumentó las tropas propias (el llamado “surge”) y por otro cooptó a los líderes tribales sunitas (dirigentes del movimiento conocido como “Awakening”) para combatir a Al Qaeda, que perdía cada vez más autoridad por sus métodos brutales. Estos dos hechos combinados lograron bajar los niveles de violencia aunque el éxito tuvo corta vida.

En 2011, Estados Unidos intentó retirarse de Irak dejando un régimen establecido sobre el modelo confesional del Líbano, tratando de distribuir el poder entre las tres principales comunidades –chiitas, sunitas y kurdos– con preeminencia de los chiitas. Pero ese intento fracasó. El entonces primer ministro Al Maliki rompió todo compromiso de incorporar a los sunitas al esquema de poder. Eso dio lugar a una nueva etapa de la guerra civil entre chiitas y sunitas (y secundariamente disputas entre chiitas y kurdos por el control del petróleo) que con distintas variantes tiñe los conflictos de la región. Este es el suelo fértil en el que se desarrolló Al Qaeda en Irak, que tras romper formalmente con la dirección Al Qaeda adoptó el nombre de Estado Islámico de Irak, más tarde ISIS o Estado Islámico a secas y que está llevando a los límites de la barbarie la guerra civil al interior del islam.

Más allá de que el Estados Islámico es un grupo minoritario y que la amplia mayoría de los musulmanes repudia sus métodos brutales y su rigorismo, ha logrado en Irak la simpatía de los sunitas, que ven en esta fuerza la posibilidad de recuperar algo del poder perdido desde la caída de Hussein.

El Estado Islámico y la contrarrevolución

El otro elemento que incide en la configuración de los conflictos actuales es el retroceso de la “primavera árabe”, que ha abierto un momento de “restauración” signado por el retorno brutal de la represión estatal al servicio de mantener la continuidad de las políticas neoliberales. Dejando para próximos análisis las tendencias históricas que han llevado al surgimiento del islamismo radical, las “causas eficientes” del éxito del ISIS hay que buscarlas en la intersección de la política imperialista con el fracaso de los partidos islamistas moderados, como la Hermandad Musulmana, que se perfilaba en Egipto, Túnez e incluso en Siria, como el vehículo del desvío de la primavera árabe.

El curso reaccionario que tomó la guerra civil en Siria facilitó su extensión y el establecimiento del califato borrando las fronteras entre Irak a Siria. En enero de 2014 tomó el control de Raqqa, en el noreste de Siria, y seis meses después ocupó Mosul (y Tikrit) ante la defección del ejército iraquí. El grueso de sus combatientes está formado por presos liberados en ataques a diferentes prisiones, incluida la de Abu Ghraib, que se sumaron a sus filas. El ISIS avanzó en Siria tomando ciudades en poder de fracciones “rebeldes” enemigas para luego lanzarse a la conquista de lo que se considera el bastión territorial del régimen de Assad que se extiende desde Damasco hasta Aleppo.

Además el EI hace de la violencia y la humillación de sus víctimas un arma de reclutamiento para los jóvenes de origen árabe que sienten esa misma humillación, ya sea que vivan en países musulmanes o en el occidente imperialista. Aunque no se dispone de datos exactos, se calcula que hay más de 20.000 combatientes extranjeros en el EI, de los cuales unos 3.500 provienen de países occidentales (1.200 franceses, 600 británicos –entre quien está el verdugo que aparece en los videos decapitando periodistas– además de belgas, y en menor cantidad, canadienses, norteamericanos y australianos).

El cuidado aparato de propaganda del EI, que usa modernos medios audiovisuales y es muy activo en redes sociales, se esfuerza en presentarlo como una fuerza organizada que controla y administra un territorio, que paga salarios a sus combatientes que superan con creces lo que cobra cualquier trabajador en las devastadas economías de los países en conflicto. Y que además se preocupa por conseguirle una familia.

Para muchos analistas, este carácter de “estado en formación” es en lo inmediato una fortaleza, pero estratégicamente el punto débil del EI, ya que podría ser estrangulado por una pinza entre la ofensiva imperialista y los problemas de administrar un Estado y controlar a millones de personas, sometidas a la opresión económica, política y social en nombre de los valores y la moral religiosa. Quizás por eso, en los territorios conquistados, el EI combina ejecuciones públicas masivas como elemento disciplinador con “políticas de gestión” –como restablecer el servicio eléctrico y reparar infraestructura dañada– para disminuir la hostilidad.

A diferencia de Hamas o Hezbollah, que tienen también el objetivo reaccionario de imponer un estado confesional pero que expresan de manera distorsionada movimientos de liberación nacional, tanto el EI como Al Qaeda y otras variantes de este tipo, tienen un carácter absolutamente contrarrevolucionario. Esto se ve tanto en sus objetivos políticos como en sus métodos terroristas, dirigidos a provocar la mayor cantidad de muertos entre la población civil, sobre todo entre los sectores musulmanes considerados “infieles”. Desde el punto de vista social, estas organizaciones tienen en última instancia un carácter burgués “sui generis”, sus jefes son “señores de la guerra” (como Bin Laden o los jefes tribales de la Alianza Norte y los Talibán en Afganistán). Se basan en relaciones de explotación y opresión como se puede ver en los métodos de financiamiento del EI que no solo se apropia de la renta petrolera sino que, además, les cobra una comisión a los capitalistas y comerciantes para mantener el orden.

Ante tamaña reacción hay quienes siembran ilusiones en que Estados Unidos y sus aliados son los que van a derrotar al monstruo que ellos mismos ayudaron a crear. Pero la experiencia indica que esas ideas no solo no tienen ninguna base en la realidad, sino que son un obstáculo para poner en pie una fuerza social y políticamente revolucionaria capaz de dar una salida. El precio fue la derrota del primer embate de la primavera árabe. El combate contra la reacción desde una perspectiva antiimperialista y por la lucha del poder obrero es una conclusión elemental para aprovechar las nuevas oportunidades que seguramente dará la historia.



Opiniones (2)
23 de octubre de 2017 | 05:06
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23 de octubre de 2017 | 05:06
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  1. Excelente nota. Muy buen nivel y objetividad
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  2. Excelente nota. MUY CLARIFICADORA. Gracias
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