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De qué color pintaremos nuestra aldea este domingo

Las opciones de hoy son "cambio o cambio" o "continuidad o continuidad". Las dos al mismo tiempo. Raro. Pero cierto. Una reflexión sincera.

 Este domingo no usaremos colores primarios a la hora de ejercitar aquella frase atribuida a León Tolstoi: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Cada tarro de pintura que pueda teñir el futuro próximo del país, nuestra aldea a pintar, es una mezcla que deja como única opción los tonos pastel. No hay colores primarios. La mezcla es lo que compone cada una de las seis opciones. Y en las dos principales, por cierto, pueden apreciarse poco más que matices: la diferencia estará en la durabilidad, el estilo, las formas que adopte cada uno de esos tonos que varían en poco, pero que con el paso del tiempo permitirán observar el fenómeno de su verdadero tono sobre la Casa Rosada.

Ya sin metáforas, digamos que este domingo las opciones principales, que son solamente dos, para ser sinceros, proponen una situación inédita, pero que reconoce paralelismos en la ciencia política actual en el mundo: “cambio o cambio” o “continuidad o continuidad”. Cualquiera de estos dos núcleos de opciones entre lo mismo es aceptable al hablar de un Daniel Scioli o un Mauricio Macri en el ejercicio de la Presidencia de la Nación.

Ambos representan un cambio. El de Scioli, porque no tendrá opción. El acto demagógico (“irresponsable” dirán algunos, “populista” otros, “en favor del pueblo”, argumentarán los acólitos de Cristina Kirchner) de no actualizar las tarifas de los servicios básicos motiva que, ya desde el arranque, le tocará al sucesor presumiblemente más vinculado a la continuidad autorice de inmediato un ajuste en las tarifas y una rediscusión de la cuestión de fondo: los subsidios del Estado a la prestación de esos servicios. Ojalá –en el mejor de los casos- traiga con ello, además, otro debate y acciones subsiguientes en torno a la matriz energética nacional, la gran deuda de la Argentina no solo de la última década, sino de la nueva democracia que ya tiene 30 años.

Macri haría lo mismo. No hay diferencias en este punto, solo que es más previsible que lo haga y menos en el referente del oficialismo, de quien la letanía kirchnerista todavía pretende que pueda continuar con el actual modelo, sin reconocer que tocó fondo por sí solo. Nadie tumbó el esquema kirchnerista. No hubo una oposición capaz de construir una alternativa integral y compleja como la propuesta que ellos trajeron al país y fueron construyendo, ladrillo sobre ladrillo (y no sin contradicciones) desde el 2003. Pero se basa en distribuir plata que no se genera. Y la plata se acabó.

Aquí, un punto que los une en el cambio sí o sí al que estarán obligados, aunque los macristas no lo quieran decir en voz alta para no espantar el voto de aquellos que prefieren no informarse demasiado para no hacerse “mala sangre”. Y que el panperonismo prefiere negar: por ahora, prefieren no hablar de sogas en casa del ahorcado; lo que haya que decirle al pueblo se hará “después”. Primero es “la victoria”, una cuestión de primer orden para la maquinaria electoral que ha sabido construir, una vez más, el peronismo.

Pero también ambas opciones representan la posibilidad de una opción “continuidad o continuidad”. Es que a Macri no le queda más alternativa que continuar con parte del proyecto en marcha y, en todo caso, cambiar el estilo y las formas, los nombres y los objetivos principales que ya no deben ser la persecución eterna de la victoria de un sector político y poco más, sino –ojalá ese equipo y el de Scioli también lo entiendan así- la puesta en pie de todo un país con sinceridad. Digamos que una continuidad debería basarse en la “razón” y el otro, podrá continuar apostando a la “pasión”.

Los simplificadores seriales, una “raza” autóctona en este lado del Fin del Mundo, dirán que “las dos opciones son iguales”. Puede que, en rasgos generales, haya un factor común, obligados por las circunstancias financieras de un país que –por hacer las cosas bien según el oficialismo y por hacerlo mal, de acuerdo con la mirada opositora- se queda sin reservas y tiene que empezar una vez más con el inicio de un período presidencial, desde casi cero en esa materia específica.

Lejos de lo que los más fervientes antikirchneristas sostienen en público, ambas opciones, Scioli y Macri, son diferentes al gobierno al que le quedan poco más de seis semanas de uso de la Residencia de Olivos, aunque no sean idénticas entre sí y a pesar de la prédica presidencial, a fuerza de “cadenazos” nacionales, de colgar su impronta en la fórmula de gobierno surgida desde su incapacidad de generar una oferta cien por ciento propia y afín.

Y lo que venga en la Argentina no será producto de un spot publicitario con más o menos onda, sino de lo que demuestre una realidad desnudada, con sus fortalezas, claro está, que las hay, pero sobre todo a partir de las debilidades, porque es sobre éstas que hay que trabajar para que el nuevo gobierno no caiga en una trampa que puede haberse calculado con maestría: que todo sea peor, cualquiera sea quien gobierne, después del paso de CFK, de modo que el ya clásico y ensayado “operativo clamor” de una militancia engordada lo suficiente para poder pasar al menos un invierno, la haga volver. Con la V de la victoria. Una vez más.


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16 de agosto de 2017 | 10:52
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