opinión

Tendencias ecologistas

El autor pone en foco las tendencias ecologistas animistas y místicas.

Tendencias ecologistas

La acelerada degradación del medio ambiente -con todas sus consecuencias negativas- y la desenfrenada explotación de los recursos naturales son temas de debate en reuniones intergubernamentales y no gubernamentales, de ecologistas, de especialistas y hasta de una reciente encíclica papal (Laudato Si- Loado Seas).

Como todo tema de alcance social, los distintos enfoques están en buena medida determinados por los intereses en juego y por la ideología que inspira a cada uno de ellos. Entre estas últimas, tendencias ecologistas animistas y/o místicas, contaminadas por las ideas y la cultura dominantes.

Si bien actualmente – en las condiciones del capitalismo globalizado y en crisis permanente- dichos problemas han alcanzado dimensiones críticas es preciso tener claro que los diferentes pueblos y personas –indígenas o no- han tenido siempre en todas las épocas y hasta hoy una relación con la naturaleza sujeta a diferentes variables.

En todas las épocas y en toda circunstancia, el ser humano ha transformado la naturaleza – y se ha transformado a sí mismo - mediante su trabajo. Desde la primera utilización del fuego hasta la energía nuclear.

También en todas las épocas ha habido pueblos que, observando los ciclos naturales, han tratado de aprovecharlos en su beneficio, respetándolos en la medida de sus posibilidades.

Esto es lo que se suele llamar vivir en “armonía con la naturaleza”, que es una noción relativa y no absoluta, como pretenden algunas corrientes ecologistas, pues siempre el ser humano, para sobrevivir, realiza acciones “hostiles”, contra la naturaleza matando animales, talando árboles, quemando pastizales, etc.

Otros pueblos –indígenas o no- para sobrevivir, no tienen para nada o casi para nada en cuenta los ciclos de la naturaleza y la preservación de la misma y adoptan un comportamiento depredador que a la larga redunda en su propio perjuicio.

Por cierto que este último comportamiento de algunos pueblos tiene una incidencia casi ínfima sobre la degradación ambiental, sobre todo si se la compara con los efectos catastróficos que tienen las actividades del gran capital transnacional, realizadas con la aquiescencia –mejor diríamos complicidad- de los Gobiernos, incluidos los llamados “progresistas”.

Por ejemplo la devastación forestal de enormes territorios con graves consecuencias para el clima y el régimen de lluvias y la consiguiente desertificación. O la contaminación atmosférica provocada por distintos factores, entre ellos el aumento exponencial e irracional del transporte de mercancías1 y la proliferación de industrias contaminantes, el uso de pesticidas químicos en la agricultura, como el glifosato de Monsanto de efectos cancerígenos, las manipulaciones genéticas con las semillas y el empleo de procedimientos y productos peligrosos y dañinos para el medio ambiente y para el ser humano en las industrias extractivas, etc.

Influyentes corrientes ambientalistas en los medios de izquierda hablan de la “madre naturaleza” y de los “derechos de la naturaleza”, estos últimos con rango constitucional en Ecuador.

No se puede decir que la naturaleza tiene siempre un comportamiento maternal con el ser humano. Por ejemplo cuando la gente es víctima de terremotos, tsunamis, epidemias o del ataque de animales o de enfermedades o fríos o calores extremos. En esos casos –y en otros- la naturaleza mata seres humanos y estos, para sobrevivir, tienen que defenderse con su trabajo, sus inventos y sus obras.

Es decir que la relación del ser humano con la naturaleza puede ser racional, si sirve para atender sus necesidades y para protegerse de un medio hostil, o es irracional y depredadora, sobre todo cuando, como ocurre actualmente, dicha relación está fundamentalmente sujeta a la ley del beneficio capitalista.

Los “derechos de la naturaleza” consagrados en la Constitución de Ecuador2y postulados por corrientes ambientalistas plantean no pocos problemas.

Por comenzar de tipo jurídico. Todo sujeto de derecho tiene derechos pero también obligaciones y responsabilidades.

En materia de derechos la cuestión se puede resolver atribuyendo la representación de la naturaleza cuyos derechos son vulnerados a personas o colectividades, es decir a seres humanos.

Pero, en materia de responsabilidades y obligaciones es difícil imaginar que después de un terremoto las víctimas puedan demandar por daños y perjuicios a las placas tectónicas que se desplazaron.

O que en el caso de una epidemia se le puedan reclamar daños y perjuicios a los virus o a las bacterias que la provocaron.

A lo que sí tienen derecho las víctimas en esas circunstancias es a la solidaridad de la sociedad y de sus instituciones. Es el derecho a la solidaridad. Tanto nacional como internacional.

Salvo que el terremoto haya sido provocado por una empresa petrolera que realiza operaciones de “fracking”. En cuyo caso las víctimas podrán reclamarle a la compañía petrolera. O que la epidemia haya sido causada por una manipulación inadecuada de los virus (por ejemplo en un laboratorio), lo que genera la responsabilidad de las personas que actuaron así y del laboratorio.

Estas consideraciones sirven para poner de relieve la inconsistencia de una actitud animista frente a la naturaleza que postula una posición llamada biocéntrica, desechando el antropocentrismo que coloca en posición privilegiada al ser humano, que también es parte de la naturaleza pero es el único ser viviente dotado de inteligencia, de razón, de voluntad y de capacidad de previsión y de decisión, es decir que está en situación de establecer una relación racional –no depredadora- con la naturaleza. Comenzando por no someter dicha relación a la ley del beneficio capitalista.

Nos parece más razonable el contenido al respecto de la Constitución de Bolivia que no consagra los “derechos de la naturaleza” pero asegura la protección del medio ambiente en beneficio de los seres humanos y establece recursos para garantizar dicha protección. Todo lo cual sólo pueden hacerlo los seres humanos, si existe la voluntad política de hacerlo. Es decir que la Constitución boliviana se ubica en una correcta perspectiva antroprocéntrica3.

En efecto si, en el marco de la constitución ecuatoriana, en nombre de los “derechos de la naturaleza”, un grupo de personas o una colectividad se presenta a los tribunales para hacer un reclamo, serán los jueces quienes decidirán en un sentido u otro, en función de los intereses que representen y de la relación de fuerzas entre las clases sociales en presencia. Una cuestión claramente “antropocéntrica”.

Y en el marco de la constitución boliviana, según la cual los derechos ambientales son derechos humanos y las personas pueden reclamar en defensa de sus propios derechos ambientales, ocurre otro tanto. Es decir la cuestión está planteada en términos antroprocéntricos.

En ninguno de ambos casos la naturaleza tiene intervención directa alguna en el litigio.

La ventaja de la constitución boliviana es que se refiere al tema tal como se presenta en la realidad de los hechos, es decir como un problema social que afecta a los seres humanos en cuanto tales y no trata de ocultarlo tras invocaciones , entre folklóricas y místicas, a la “madre naturaleza”.

Lo cierto es que ni la Constitución ecuatoriana ni la boliviana pueden impedir que se violen actualmente en ambos países los derechos ambientales mediante algunas políticas que no están dirigidas a un desarrollo armónico de la sociedad sino que son concesivas a las exigencias del gran capital.

De modo que hablar sobre los “derechos de la naturaleza” es una manera, involuntaria o no, de ocultar que las cuestiones ambientales y ecológicas constituyen un problema político, económico y social.

Dicho de otra manera, el combate en los planos legal y judicial a favor de un medio ambiente sano puede ser útil fundamentalmente para ayudar a crear conciencia sobre el problema, pero éste se resuelve en el terreno de la lucha de clases, en el marco de la lucha por abolir el sistema capitalista. Es decir, es un problema fundamentalmente antropocéntrico y no biocéntrico. Que debe encararse no sólo con palabras anticapitalistas sino con una ideología y una estrategia coherentementes anticapitalistas. Sin contaminaciones animistas, místicas o folklóricas.

El tema de la degradación del medio ambiente no es de hoy y se ha encarado siempre con distintos enfoques.

En un libro que escribimos para la UNESCO en 19784 comentábamos que a comienzos de los 70, a pedido del Club de Roma, un grupo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachussets encabezados por Dennis Meadows formuló previsiones sobre la situación del mundo en el año 2000 en el caso de que continuaran las tendencias prevalecientes en ese momento e hizo propuestas sobre las correcciones necesarias. El resultado se publicó en 1972 con el título “Los límites del crecimiento”. En él se decía, entre otras cosas, que como consecuencia del crecimiento desenfrenado de dos factores, el crecimiento económico y la natalidad, se había producido un desequilibrio en el sentido de que los gastos de recursos naturales excedía su capacidad de reposición, resultando así un grave deterioro del entorno ecológico. Se aconsejaba en consecuencia, disminuir o paralizar los factores natalidad y desarrollo económico. Es decir, el informe adoptaba un giro neomalthusiano, tomando sólo en cuenta los aspectos físicos y biológicos y olvidando las variables sociales.

Como respuesta a Los límites del crecimiento, agregábamos, un grupo de sociólogos y economistas latinoamericanos elaboró un informe –Modelo mundial latinoamericano- que fue publicado en septiembre de 1974 como síntesis informativa5.

Se señalaba en el Modelo…que la catástrofe anunciada para un futuro más o menos lejano en Los límites del crecimiento ya la vivía en el presente buena parte de la humanidad.

El Modelo…partía del supuesto de que los principales obstáculos que se oponen al desarrollo armónico de la humanidad no son de naturaleza física y dependen fundamentalmente de la desigualdad, tanto internacional como al interior de cada país, especialmente en las naciones subdesarrolladas6. Se hacía la salvedad de que el deterioro del medio físico podía convertirse en un problema de gran magnitud en el caso de continuar la tendencia a aumentar el consumo de los bienes materiales hasta límites irracionales.

Concluía el Modelo… que todo ser humano por el hecho de existir tiene derecho a la satisfacción de sus necesidades básicas y a participar plenamente en las decisiones sociales. Se trata –decía- de una sociedad no consumista, vale decir, de una sociedad en la que el consumo no es un valor en sí mismo. La producción –concluía- debe estar regulada por las necesidades sociales y no por la ganancia.

Se puede decir que algunas tendencias ecologistas actuales a la moda se aproximan más al enfoque del grupo de Dennis Meadows que al del Modelo Mundial Latinoamericano, mucho más centrado este último en los factores económico- sociales.

Hasta se podría decir que la misma encíclica de Bergoglio Loado Seas tiene un enfoque que, aunque no pone en cuestión al sistema capitalista, está más centrada en los factores económico-sociales que algunas tendencias ecologistas actuales, que hemos calificado de animistas y/o místicas.

Se suele decir que hay pueblos indígenas que son un ejemplo en materia de vivir en armonía con su medio.

Pero la realidad es que la inmensa mayoría de los pueblos indígenas del mundo vive en condiciones sumamente precarias, mucho peor que la población no indígena, inclusive los sectores más pobres de esta última. En buena medida porque son víctimas de actividades depredadoras de distinta índole realizadas por grandes empresas y también porque no tienen acceso, como la mayoría de los otros pueblos, a los sistemas de salud, de educación en el sentido amplio (que incluye por ejemplo la educación sanitaria, alimentaria, etc.).

El resultado es que, como indica el primer informe de las Naciones Unidas, de 2010, sobre la situación global de los pueblos indígenas, éstos tienen una esperanza media de vida 20 años menor que la del resto de la población del planeta. Estas comunidades suman, indica el estudio, unos 370 millones de personas, que se reparten en unos 90 países, constituyen el 5% de la población mundial, el 15% de los pobres y más de un tercio de los 900 millones de personas que viven en condiciones de extrema pobreza en zonas rurales.

Estos datos ponen de manifiesto que los indígenas padecen índices de pobreza mayores debido a que sus derechos a la educación, a la salud y a la protección de sus tierras son violados constantemente desde generaciones. El informe denuncia que los pueblos autóctonos representan "una parte desproporcionada de la población pobre, analfabeta y desempleada del planeta". En Paraguay, un indígena tiene una probabilidad 7,9 veces más alta de ser pobre que el resto de la población. "Los estudios de las condiciones socioeconómicas de los pueblos indígenas en América Latina demuestran que ser indígena se asocia con la pobreza y que, con el paso del tiempo, esa condición ha perdurado incluso entre los que tienen estudios", destaca el documento de la ONU.

La Organización mundial denuncia que las culturas indígenas, en particular sus lenguas, están amenazadas. "Hay varios pueblos donde ya es difícil encontrar un hablante. En México, los mayas, en el norte del país; los lacandones en Chiapas; y en la Cuenca Amazónica, por ejemplo, grupos pequeños dispersos comienzan a perder su lengua", explicó Rodolfo Stavenhagen, el primer relator de la ONU sobre los derechos humanos y las libertades fundamentales de los pueblos indígenas.

Stavenhagen alertó sobre el riesgo de que estas comunidades se extingan debido a la pérdida de sus tierras y de los recursos naturales que les sirven de sustento. "Estos pueblos han quedado excluidos de los procesos de adopción de decisiones y de los marcos normativos de los estados nación en los que viven y han sido objeto de procesos de dominación y discriminación, se ha considerado que sus culturas son inferiores, primitivas, intrascendentes, algo que debe ser erradicado", sostiene el informe de la ONU.

Los autores del documento también consideran "grave" la situación sanitaria de los pueblos indígenas, que en general carecen de acceso a una nutrición apropiada o a la sanidad y a los recursos para cuidar su salud. Así se explica que su esperanza media de vida sea 20 años más corta que la del resto de la población del planeta, ya que estas comunidades sufren altos índices de mortalidad infantil y maternal, enfermedades cardiovasculares, así como de VIH-Sida o tuberculosis.

Pero los indígenas no sólo tienen dificultades en los países en desarrollo, también en los estados del "primer mundo". El informe refleja que en Australia los indicadores de salud de los indígenas son peores que los del resto de la población, tienen una menor esperanza de vida y un índice de desempleo mayor, termina el informe. (http://www.un.org/esa/socdev/unpfii/documents/SOWIP/press%20package/sowi....)

Una especie de dogma “antiproductivista” – que confunde el despilfarro de los recursos naturales, la incitación al consumismo, etc., con una productividad racional y un progreso tecnológico al servicio del bienestar y la liberación del ser humano- inspira también a algunas corrientes ambientalistas, que propugnan el “decrecimiento” y la vuelta a la vida pastoril. Se pronuncian contra las tecnologías modernas en general que son, como los conocimientos ancestrales, producto del espíritu de observación y de la imaginación creadora de los seres humanos, confundiéndolas con el uso capitalista de las mismas, que las promueven en función de la competencia intercapitalista y de una mayor tasa de beneficio.

Es cierto que mientras la ley del beneficio capitalista domine a la sociedad, la creación y selección de las nuevas tecnologías se hará en función de dicha ley y no de mejorar el bienestar de la humanidad. Dicho de otra manera, no es la tecnología sino el capitalismo el obstáculo que no sólo impide mejorar la condición humana sino que la empeora.

Basan buena parte de su argumentación en el hecho del agotamiento de los combustibles fósiles, olvidando otras fuentes de energía prácticamente inagotables y no contaminantes, como la energía eólica, la solar (la tierra recibe en un lapso dado una cantidad de energía solar varios miles de veces superior a la que emplea toda la humanidad en el mismo lapso), la mareomotriz, la hidráulica, la geotérmica, etc.7

Si se usa mucho más la energía nuclear (potencialmente muy riesgosa y que requiere enormes inversiones) que la energía solar (aprovechable a bajo costo y exenta de todo riesgo) es porque históricamente la investigación y desarrollo de la energía nuclear se privilegiaron para fines bélicos y ahora es una enorme fuente de beneficios para la industria que la produce.

Dicho de otra manera son las guerras imperialistas y el objetivo del beneficio capitalista los que han determinado las opciones en materia de política energética.

No faltan dentro de estas corrientes ambientalistas quienes acusan a Marx de “productivista” porque éste, imaginando las posibilidades de realización del ser humano en una sociedad exenta de la explotación capitalista, escribió en los Grundrisse que los progresos tecnológicos, la ciencia aplicada y la automatización de la producción finalmente liberarían al ser humano de la necesidad, de los trabajos físicos y del trabajo alienado en general, lo que permitiría su plena realización pasando a ser el tiempo libre (“disposable time”, decía Marx) y no el trabajo, la medida del valor. Y agregaba lo siguiente: « Desarrollo libre de las individualidades y por ende no reducción del tiempo de trabajo necesario con miras a poner plustrabajo, sino en general reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo, al cual corresponde entonces la formación artística, científica, etc., de los individuos gracias al tiempo que se ha vuelto libre y a los medios creados para todos.

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