opinión

Silencio: no te rindas

¡Y un día, apareció el hombre! Ya nunca el mundo sería igual.

Silencio: no te rindas

Arturo Schopenhauer: “Hace mucho me convencí de que la capacidad que un hombre tiene de soportar el ruido está en razón inversa a su inteligencia”.

 No te rindas, Silencio, no pierdas las esperanzas; yo sé que volverás a reinar, como antaño lo hicieras, cobijando al Mundo entero y al Universo también.

Entiendo tu tristeza, tu sensación de fracaso y hasta tu temor quizás, de desaparecer por completo. Cómo no entenderte si durante milenios fuiste magnánimo emperador de éste nuestro terrenal albergue.

A diferencia de los dictadores, supiste respetar a tu ancestral antípoda: el Sonido. Pero eran tiempos de Sonidos Naturales, enmarcados por tu ubicuo manto. Tiempos del sonido del agua sin cianuro bajando por el arroyo, de las olas marinas sin deshechos, arribando a las costas, o de la lluvia sin ácido cerrando su ciclo.

Tiempos de truenos de nubes y no de cañones, o del volcán pariendo su fuego desde las extrañas mismas de la tierra y no del fuego que cae del cielo en forma de bomba. Tiempo de follajes susurrantes acunados por el viento y a veces restallantes como látigos, producto del vendaval, pero no de la onda expansiva de Hiroshima.

Tiempo de conciertos nocturnos de sapos tenores y ranas sopranos dando vida a los charcos que dejó la lluvia, con cantos audibles desde lejanas plateas, porque entre éstas y los divos y divas, estabas tú, Silencio, a guisa de puente; y, finalizado el sublime espectáculo, con tu paternal manto cubrías el charco para protegerlo hasta la próxima actuación.

Tiempos de felinos rugidos demarcando territorios o seleccionando harenes, pero no de terror al disparo de un rico asesino amparado en un caro safari.

Tiempos de bandadas cigüeñas crotorando, mientras inician su anual vuelo al final del verano, en búsqueda de su próximo albergue en el hemisferio opuesto, pero sin dejar centenares de hermanos atrapados en mares de petróleo derramado por la mano del hombre

Eran tiempos de equilibrio, de coherencias, de respeto entre el mundo animado y el inanimado; eran tiempos en que la ecología era una realidad que no necesitaba definición ni estudios, simplemente existía.

La naturaleza era fuente de ruidos y sonidos lógicos, cuyas causas y orígenes respondían a un plan ignoto, tremendamente complejo, pero sabio.

¡Y un día, apareció el hombre!

Ya nunca el mundo sería igual, por cuanto el hombre venía genéticamente capacitado para modificar su entorno.

Al principio, Silencio, el hombre sólo te invadió con un sonido nuevo, artificial, inventado y maravilloso: la música.

Eran sonidos eufónicos, plenos de significado para la sociedad tribal.

Era música ritual, tempestiva, respetuosa, comunitaria, participativa y mística. Con frecuencia incluía la danza, plena de simbolismos y en perfecta comunión entre bailarines y público. Finalizada la sesión, reaparecías tú, Silencio, como guardián del sueño que a poco vendría.

Así las cosas, durante mucho tiempo, el hombre vivió y evolucionó en un marco de relativo silencio, solo alterado por el sonido de las propias voces, su música, y los gritos de alegría o de dolor.

El ruido estruendoso e invasivo empezó con la pólvora, primer material explosivo y flamígero inventado por el hombre. De su poder destructivo presto se adueñó la guerra, que, si bien ya asolaba a la humanidad prácticamente desde sus inicios, ahora adquiría una capacidad inusitada de producir daño, con lo que el ruido característico de las detonaciones, trajo aparejado el terror; terror que se instaló para siempre y que hoy ha adquirido proporciones impensadas.

Y tú, Silencio, en retroceso.

Pero aún faltaba el advenimiento de lo que sería a la larga tu peor enemigo: la Máquina.

Más allá de las indiscutibles bondades que la Máquina brinda, la Revolución Industrial mediada por ella, instaló en el mundo el ruido como el convidado de piedra del quehacer humano.

Y, peor aún, la guerra se nutrió de la máquina, creando monstruos rugientes, destinados a la destrucción masiva de vidas y bienes.

La música, por desgracia, no le fue en zaga a la pólvora y a la máquina, para pasar de ser moderada, eufónica, tempestiva, a ser ubicua, disonante e invasiva. También se asoció a la máquina, dando origen a tremendos amplificadores que se escuchan a cientos de metros del lugar de origen, o transformando lugares antes apacibles en antros de ruidos que impiden escuchar y ser escuchados. Claro que la gente ya no dialoga en esos lugares, víctimas voluntarias de su adicción a los teléfonos “inteligentes”.

Y así, Silencio, el mundo te ha relegado a tal punto, que hasta te alquilan por trozos, como una onerosa curiosidad; efectivamente, hay lugares “exclusivos” que garantizan tu presencia en un coqueto y reducido salón, mientras dure la reunión de adinerados clientes, muchos de ellos fabricantes quizás, de algunas de las fuentes de ruidos más dañinos del mundo.

Hoy el Ruido está en su apogeo y tú, Silencio, refugiado en lejanos lugares de la tierra, donde aún es posible disfrutarte. Pero insisto, no te rinda Silencio, porque estás librando una batalla que vas a ganar. Te cuento mis razones:

La sordera o pérdida de la audición, es un mal que avanza en todo el mundo “desarrollado”, precisamente provocado por el Ruido, de manera que miles de seres, están empezando a escucharte sólo a ti. Y con el correr del tiempo las guerras devastarán el mundo, el petróleo y los yacimientos mineros se agotarán, las centrales nucleares se detendrán, y así las máquinas dejarán de funcionar. Sin oídos para escucharlo y sin fábricas que lo produzcan, sin máquinas ni amplificadores, sin misiles ni Enola Gay, el Ruido no tendrá escapatoria y habrá de batirse en retirada.

Volverás a desplegarte sobre un mundo devastado por culpa del hombre.

Silencioso por duelo.

Pueda ser que los que sobrevivan aprendan la terrible lección y den lugar a una nueva sociedad, donde impere no el utópico “Amaos los unos a los otros”, que sería mucho pedir, sino simplemente el “Respetaos los unos a los otros”

Eduardo Da Viá

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17 de agosto de 2017 | 02:08
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