opinión

Hannah Arendt, prejuicios y juicios

Los pensadores políticos, en la pluma de Bianchi de Zizzias.

Hannah Arendt, prejuicios y juicios

Hannah Arendt, nacida Johanna Arendt (Linden-Limmer, 14 de octubre de 1906-Nueva York, 4 de diciembre de 1975)

¿Poder y violencia son lo mismo?

En nuestro tiempo, si se quiere hablar sobre política, debe empezarse por los prejuicios que todos nosotros, sino somos políticos de profesión, albergamos en contra de ella. Estos prejuicios que nos son comunes a todos, representan por si mismos algo político en el sentido más amplio de la palabra: no tienen su origen en la arrogancia de los intelectuales ni son debidos al cinismo de aquellos que han vivido demasiado y han comprendido demasiado poco.

Uno puede reconocer los prejuicios auténticos en el hecho de que apelan con total naturalidad a un “se dice”, “se opina”, “se piensa”, sin que, por supuesto, dicha apelación deban constar explícitamente. El prejuicio representa un gran papel en lo social: no hay propiamente ninguna forma de sociedad que no se base en prejuicios, mediante los cuales admite a unos determinados tipos humanos y excluye a otros.

Un prejuicio (del lat. praeiudicium, ‘juzgado de antemano’) es el proceso de formación de un concepto o juicio sobre alguna cosa de forma anticipada-

Allport, definió al prejuicio como: «una actitud suspicaz u hostil hacia una persona que pertenece a un grupo, por el simple hecho de pertenecer a dicho grupo, y a la que, a partir de esta pertenencia, se le presumen las mismas cualidades negativas que se adscriben a todo el grupo. Esta forma de pensar surge como resultado de la necesidad que tiene el ser humano de tomar decisiones firmes y concretas de manera rápida, tomando información generalizada de la que se tiene hasta el momento para emitir juicios, y sin verificar su veracidad”.

Los conflictos que la vida crea sistemáticamente, enfrentando a grupos contra grupos en «interacciones simbólicas», como etiquetar a las personas, producen prejuicios que no están basados en la experiencia directa, ni siquiera en la comprobación de la veracidad de lo que se dice. Pareciera que la necesidad de etiquetar a personas o grupo, parte también de la inseguridad de emitir juicios fundados sobre las mismas. Así, el lenguaje que usamos en tercera persona, oculta la responsabilidad de nuestros propios prejuicios: “Se dice” por “Yo digo” permite la simulación del sujeto que evita el compromiso de la veracidad de sus palabras.

El prejuicio es funcional y se agudiza por el ambiente o medio social: el racismo, la homofobia, la xenofobia, la discriminación, los puntos de vista políticos, religiosos o espirituales firmemente sostenidos. Surgen ante un enemigo potencial como posición defensiva que puede salvar la vida del individuo o grupo prejuicioso.

Uno de los motivos de la eficacia y peligrosidad de los prejuicios es que siempre ocultan un pedazo del pasado, pues un juicio que en sus días tuvo un fundamento legítimo en la experiencia, puede convertirse en prejuicio al ser arrastrado sin en el menor reparo ni revisión a través de los tiempos.

Existen prejuicios contra la política y sobre la política. Prejuicios contra la política tiene, según Arendt, cualquiera; ellos pueden “apoyarse en realidades innegables” y reflejar una “situación presente y realmente existente” (por ejemplo, la experiencia de la política como un “sistema de intereses” o consistente en un tejido de “mentira y engaño”). “Sin embargo, estos prejuicios no son juicios. Ellos muestran que hemos caído en una situación en la que propiamente no (o aún no) nos sabemos mover políticamente. Prejuicios sobre la política, es decir, una falsa comprensión de lo que la política es. Prejuicios comunes sobre la política sostienen que ella es una relación entre dominantes y dominados o que ella es una necesidad de la vida, que la política es cosa de otros, etc.

Arendt también vincula a los prejuicios con la generación de la violencia. El aumento de la violencia y la aniquilación, terrorismo, guerras son posibles, no por el avance de la técnica, sino por cuestiones políticas relacionadas con la consecución y mantenimiento del poder.

Sin embargo, violencia y poder no son lo mismo. La violencia es un fenómeno individual o concerniente a unos pocos, pero cuando se une al poder, que sólo es posible entre muchos, se da un incremento del potencial de la violencia que impulsado por un poder organizado, crece y se despliega siempre a costa de dicho poder. Tal es el caso de los totalitarismos o de los gobiernos autoritarios.

La política siempre ha tenido que ver con la aclaración y disipación de prejuicios lo que no quiere decir que consista en educarnos para eliminarlos, ni que los que se esfuerzan en dilucidarlos estén en sí mismos libres de ellos. La pretensión de estar atento y abierto al mundo determina el nivel político y la fisionomía general de una época pero no puede pensarse ninguna en la que los hombres, en amplias esferas de juicio y decisión, no pudieran confiar y reincidir en sus prejuicios.

Concluiré este artículo con una reflexión, a propósito de nuestro contexto electoral, en los que los prejuicios invaden los relatos políticos y las consideraciones ciudadanas, al punto de producir escenas de verdaderas violencias electorales. En los actuales contextos políticos la confusión, las deslealtades, los engaños, las promesas, la corrupción, la impunidad son los caldo de cultivo para que los ciudadanos se orienten por los prejuicios antes que por los conocimientos que den fundamento a juicios de valor al momento de ejercer con libertad el derecho a elegir, con un voto transparente, quien nos representará en los próximos años. Para pensar y actuar en consecuencia.

Elia Ana Bianchi Zizzias. zizziaseducar@gmail.com

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22 de agosto de 2017 | 14:51
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