opinión

Las otras elecciones en el partido republicano

El siempre lúcido análisis del politólogo de Politikón.

Las otras elecciones en el partido republicano

 Aunque la atención mediática sigue centrada en las primarias presidenciales (Trump sigue líder, aunque perdiendo fuelle), el partido republicano ahora mismo anda metido en un proceso electoral mucho más importante ahora mismo: la elección de un nuevo Speaker of the House (literalmente, “portavoz de la casa”, que suena bastante estúpido), o líder de la cámara de representantes en el congreso.

Empecemos por lo básico: el speaker es probablemente la segunda persona más importante de Estados Unidos, sólo por detrás del presidente. En algunos temas es de hecho más relevante que el mismo jefe del ejecutivo, al ser la persona que tiene el control real sobre el gasto público y la agenda legislativa del país. El líder de la cámara de representantes es quien decide, con muy pocas excepciones, qué leyes van a ser sometidas a votación, y en su condición de líder de facto del partido dominante en la cámara baja, tiene un papel decisivo en su redacción y en establecer prioridades presupuestarias y nivel de gasto. En situaciones de gobierno dividido (un presidente demócrata y un congreso republicano) un speaker que utilice bien sus cartas puede dominar el sistema político en todo menos en política exterior.

Hace unos días John Boehner, el actual speaker, anunció que dejaba su puesto en el congreso. Boehner se erigió como líder de los republicanos en la cámara de representantes el 2006 tras la dimisión de TomDelay. Su campaña esos días fue la de un outsider conservador que quería destruir las prácticas corruptas del viejo establishment, especialmente la práctica de las earmarks, una figura presupuestaria que permitía dedicar asignaciones a proyectos específicos y que era utilizada a menudo para convencer a representantes dubitativos o devolver favores a donantes. Boehner era el líder de la facción conservadora rebelde esos días, joven, airado y hostil a cualquier acuerdo que significara sacrificar los ideales del partido.

Los problemas para Boehner empezaron el 2010, cuando el partido republicano recuperó la mayoría en la cámara de representantes en pleno fervor del tea party, y sus compañeros de partido exigieron una guerra total y absoluta contra Obama y su malvada reforma sanitaria. Ahora que estaban en el poder, el nuevo speaker hubiera preferido gobernar y alcanzar acuerdos presupuestarios con el presidente, pero el fervor ideológico de su partido le forzaron a la intransigencia. Fueron los días en que Estados Unidos casi acaba declarando un impago de deuda, el cierre del gobierno federal y crisis constantes, siempre con la cámara de representantes lanzando ultimátums y negándose a aprobar cualquier legislación remotamente aceptable para la Casa Blanca.

Durante los últimos cinco años, casi sin excepción, los votos claves en presupuestos, techo de deuda y demás han seguido siempre el mismo patrón. Boehner propone una ley conservadora, pero lo suficiente sensata como para que Obama no quiera vetarla. Los representantes del tea party le llaman vendido, y exigen que la ley incluya alguna burrada como prohibir abortos, eliminar obamacare o bombardear Irán. Boehner intenta aprobar su versión, pero o bien pierde porque el ala derecha del partido vota en contra, o bien porque se da cuenta que no tiene los votos y retira la propuesta. El tea party se cabrea aún más, hasta que en el último momento, intentando evitar una catástrofe legislativa u otra (no financiar al ejército, cerrar el gobierno, bancarrota) Boehner se ve forzado a dar unas cuantas concesiones a los demócratas, y saca adelante la ley con una mezcla de republicanos y demócratas moderados. Los conservadores le llaman traidor a la causa y piden su cabeza, y así eternamente.

A Boehner le gusta la buena vida (golf, beber, fumar), y tras cinco años de esta tortura seguramente debe estar hasta el gorro. El tea party son una minoría dentro del partido, pero son lo suficiente ruidosos como para apenas dejarle gobernar. En vista que la cordura no parece estar en la agenda (basta con ver el circo que son las primarias presidenciales), ha decidido que tenía bastante y les ha dejado plantados.

En condiciones normales, el substituto de un speaker saliente es el líder de la mayoría de la cámara de representantes, es decir, el segundo de abordo en el legislativo. En este caso hablamos de Kevin McCarthy, de California, que está en el cargo casi por accidente tras la inesperada muerte política de Eric Cantor. McCarthy es un tipo profundamente aburrido, casi sin proyección pública; uno tiene que ser un auténtico friki de la política americana para ni siquiera recordar su cara. El hombre lleva apenas ocho años en el congreso (un recién llegado, en términos americanos), pero era capaz de contentar a todo el mundo: era lo suficiente moderado para satisfacer al establisment, pero lo bastante anónimo para que el tea party pudiera atizarle sin problemas. Una repetición de Boehner, en resumen, aunque eso a McCarthy seguro que no le hace demasiada ilusión.

Esto era así hasta hace unos días, cuando McCarthy metió la pata. En una entrevista en Fox News, el hombre dijo en voz alta que el comité para investigar los ataques en Bengazi (si no os acordáis, no os preocupéis – es un escándalo ficticio que el GOP anda persiguiendo) había cumplido su cometido de hacer daño a Hillary Clinton en las encuestas. Aunque la intencionalidad política del comité era obvia, decirlo en voz altaes un regalo para Clinton y demuestra una torpeza política considerable. McCarthy, en el fondo, no es más que un congresista anónimo, y la pifia en una entrevista en territorio amigo ha empezado a provocar dudas.

Los moderados del partido, para su desgracia, no tienen ningún otro candidato a mano. Paul Ryan, la elección más obvia, es lo suficiente listo como para no querer el cargo, y el resto del equipo de Boehner está igual o más verde que McCarthy. Nadie quiere arriesgarse a unas elecciones abiertas para no dividir el voto ante los conservadores, así que no tienen mucho que hacer.

Esto ha hecho que el sector conservador haya decidido que quizás es hora que alguien pruebe suerte. Jason Chaffetz, de Utah, es el que ha emergido como alternativa, abriendo su campaña diciendo que está a favor de cerrar el gobierno federal y no subir el techo de la deuda (provocando un impago, obviamente) para obligar a Obama a dar concesiones. Es decir, amenaza con destruir el mundo si el presidente no le da lo que pide. Es posible que esto sea retórica de campaña, y que Chaffetz sea consciente que lo que está diciendo es una salvajada. Viniendo de donde viene, sin embargo, Dios sabe.

Todos los observadores coinciden que McCarthy, incluso con su torpeza recurrente, casi seguro ganará la votación y será el nuevo speaker. Para asegurar el tiro, Boehner ha retrasado la votación de este jueves al día 29, para dar tiempo que la pifia se olvide y cerrar los últimos votos.

Pero claro, esto es el partido republicano, una organización (es un decir) con cinco años de experiencia en dejar en ridículo a sus líderes en votaciones estúpidas. Lo más probable es que acabemos con McCarthy liderando el partido, pero con un buen puñado de votos en contra, partiendo de una posición de debilidad. Paradójicamente, y algo que en el tea party no parecen comprender, sus dificultades para mantener la disciplina interna harán que dependa más de los demócratas, no menos, para sacar adelante presupuestos y evitar otro desastroso cierre del gobierno.

Suceda lo que suceda, este mes vamos a ver las divisiones del GOP en las primarias a pequeña escala, en una votación en el congreso: una mayoría moderada conservadora, pero que quiere ganar elecciones, y una minoría montañesa que aboga por la intransigencia. Es un equilibrio precario, con los segundos siendo capaces de condicionar las acciones de los primeros constantemente. Veremos si nos llevamos una sorpresa.

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