opinión

La degradación y la barbarie

Un caso que incluye cinco cabezas humanas sobre una pista de baile.

La degradación y la barbarie

 Hace algunos años, en un burdel de México, fueron lanzadas a la pista de baile cinco cabezas humanas, que combinándose con el ajuste de cuentas y los atentados en plazas públicas, el asesinato común de periodistas y dirigentes, el secuestro y las fosas comunes, junto a cuerpos colgados en puentes y mujeres desmembradas, ilustran una nueva etapa de violencia en México. Ésta se extiende más allá de sus fronteras, conformando una zona geográfica que brota también en el sur del continente e involucra por supuesto a Costa Rica, donde se hace común las zonas prohibidas, el ajusticiamiento, los tiroteos, la extorsión, la impiedad. Bestialismo que remite a otros contextos aparentemente alejados en el tiempo, que nos obliga a indagar los parámetros y entretelones que han construido la convivencia contemporánea, la razón de ser y los contenidos de nuestras sociedades.

Los hechos mencionados no sólo descubren las taras que prevalecen todavía y se siguen reproduciendo (miedos, rencores, indiferencia, perversión), también las falencias que degradan nuestros ordenamientos culturales, acentuándose como parámetros que estigmatizan el presente, en el que la crueldad y la barbarie se traducen en decadencia del convivir y anulación de la persona. Junto al alejamiento poblacional de las instituciones sociales, terminan de ilustrar la coyuntura en que vivimos, condenados al recelo, al rencor, al aislamiento, como nuevas formas de sobrevivir, un “sálvese quien pueda a costa de cualquier cosa”, que nos aleja del otro y de nosotros mismos, es decir, nos aleja de la posibilidad real de construir una cultura o un país.

Pero, qué ocasiona esta degradación, cuáles son sus componentes, ¿la miseria, el desempleo, la división social, el vaciamiento en los contenidos, la insatisfacción o el hastío? ¿Está en nosotros el germen de la decadencia o la barbarie, la reproducimos sin saberlo en el hacer cotidiano?

Nuestros males van más allá de lo económico (de las fórmulas, las cifras o las estadísticas); son culturales, puesto que tienen que ver con el sentido humano de las cosas, con el debilitamiento de la razón de ser que establece la relación entre unos y otros, con los fundamentos que hacen que las sociedades lo sean y en ellas podamos aspirar a ser, en otras palabras, con los referentes que dan sentido a nuestro estar aquí que se vaciaron o desaparecieron, entre ellos la noción de futuro, lo ético, el bien común, la persona. Nuestros avances son avances sin alma, de tal forma, que más que reconstruir, requerimos fundar.

Si quisiéramos profundizar en algunas de las causas que condicionan la actual coyuntura (el porqué los jóvenes prefieren ser asesinos a sueldo o prostitutas, el tráfico de órganos o personas, el avasallamiento de una sociedad sin escrúpulos) deberíamos revisar “los nuevos valores” que determinan nuestra época, enfocados al consumo ciego y a la avaricia sin medida, lo que convierte cada cosa en lo mismo (personas, obras, valores), pero también a los sistemas educativos, no solo en sus métodos o contenidos, en su concepción, en el para qué de los mismos más allá del posible “éxito” laboral, sobre todo que en ellos, como normativa, se deja de lado lo particular, el qué de cada uno, es decir, la singularidad que construye al individuo, censurando así desde la base formativa el elemento que da sentido a la sociedad.

Si olvidamos que la persona es el eje que sustenta lo social, que el sentido de la sociedad nace de lo particular, no sólo perdernos nuestra voz y los vínculos que nos identifican despersonalizándonos, sino que estaremos construyendo desde ese momento la destrucción y la barbarie. De tal manera que al conformismo, la mediocridad e ineptitud de los gobernantes y las clases políticas, condición que se impone junto a los nuevos fundamentalismos que se establecen como gobierno, y mientras no haya otra cosa o una variación sustancial de nuestros parámetros culturales, se seguirá imponiendo como normalidad la ley del pistolero, la de los mercenarios, la de los mentirosos, la de los mercaderes, la de la sospecha y el régimen policiaco, pero sobre todo, la destrucción del orden social que sucumbe ante el horror y la incapacidad de hacerle frente, más que con violencia, censura, amenazas, más odio, más prejuicios, más ruido, más muerte.

(*) Álvaro Mata Guillé.Escritor, Director de teatro, ensayista, dramaturgo, analista político y cultural. Artículo publicado en la revista Variopinto.

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16 de agosto de 2017 | 19:17
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