opinión

La belleza de Gran Hermano

El autor analiza la impronta y la estética de este reallity de televisión.

La belleza de Gran Hermano

Terminó Gran Hermano, pero es como si siguiera. El eco que carga el fusil de la metralleta, asesina todo lo que puede, aunque hasta la muerte sea un simulacro, entre la brillantina hipnótica de la seducción y los colores vivos. Terminó GH, quedaron cuatro participantes, y después tres y después dos, hasta que salió el último perdedor, y a su paso, en éxtasis, el único ganador.

Se apagó otra vez la ambigua lucidez de un ge hache. La monarquía escalonada de la perversión coronó a un nuevo campeón, le dio un cheque y un contrato para actuar en un episodio llamado “el champagne las pone mimosas”. Y así todo desapareció otra vez, despacio, en una letanía quieta, aunque ellos se siguieran moviendo, antes, ahora o mañana. No es horrorosa la banalidad cuando cae despacio, más bien justifica la muerte de la verdad, y es un descanso, y hasta puede ser poética.

Un puñado de personas decide dejar su vida para entrar en una casa llena de signos. A partir del día uno tienen que gatillar sobre la historia, activar, y seguir el guión que guardan en su imaginario, eso basta. Tienen cuerpos que los hacen jugar, la figura exacerbada, obscenizada, del estereotipo mujer, y el cuerpo del macho básico cabeza; chocan como meteoros vigilados, juegan, corporizan la sexualidad, el discurso, en el pantano idiota del ocio despilfarrado. Se chupan la imagen, se dicen con la imagen, nos pasan la lengua por el cuello con la imagen, y van al confesionario con la imagen, porque la confesión es una etapa crucial en esta experiencia reality.

La lógica de la individualidad funciona a la perfección: se excluye a las personas, unas porque no supieron mentir lo suficiente, engañar; otras por no hacer alianzas más convenientes; y otras por no haber podido ser un poco más espectaculares para que la idolatría sorda, melancólica y detenida, no los eche como ratas de sus propios sueños. ¡Esta es la vida! bravuconea el marketing del programa.

Todos son perdedores, dulces perdedores, menos uno. El que en solo un puñado de días logró escalar y convertirse en un espantapájaros famoso, en un famoso muerto, pero famoso. Veinticuatro horas de exhibicionismo, de voyeur, de pantalla total. Cámaras de seguridad vigilantean los barrios, los aeropuertos, filman en el baño y cuando duermen, capturan y muestran, hay sobreexposición en facebook. Alguien nos mira, nos cuida, o nos vigila, somos vistos, nos gusta el agujero negro, o algo nos asesina lento pero nos lo reproduce rápido, y no nos queda nada de lo real. Todo lo real debe convertirse en imagen, al precio de su desaparición, escribió Jean Baudrillard. El futuro ya llegó, y nos sustituye la marca humana.

No hay escarmiento si desaparece todo, pero siempre habrá algo de belleza en esa fatalidad.

Leandro Hidalgo. 

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24 de octubre de 2017 | 05:24
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