opinión

Educación, autoridad y adultos en fuga

Una experta en temas educativos analiza con lucidez la situación escolar.

Educación, autoridad y adultos en fuga

“Tu maestro/a es una estúpido/a”; “¿qué sabe tu padre/madre que es un/a inútil?”; “la escuela no sirve para nada”; “¿así se resuelven las cosas en tu casa?”; “¿quién sos vos para decirme qué hacer con mi hijo?”; “¡acá mando yo!”, “yo pago para que lo eduquen”; “tu madre/padre no tiene idea”…

Autoridad complaciente y democracia frágil

Es justamente Paulo Freire, nada menos que el autor de la Pedagogía del Oprimido, quien cuenta una interesante anécdota de su infancia respecto al tema. Unos amigos visitaban a sus padres; estaban conversando en la sala cuando el hijo de esta pareja entra y los hace callar, les muestra un pobre pollito que lleva apretado en la mano, que pía desesperado, y les dice que si no le prestaban atención inmediatamente, lo iba a matar. El silencio estupefacto de todos salva la vida del animalito. El pequeño Paulo, horrorizado, presta atención a la reacción de estos padres, que no hacen nada o intentan excusar al niño y afirma que se juró que nunca sería un padre así. 

Esto le da pie para comentar que muchos padres con sus prácticas erráticas (ondulantes) o carentes de compromiso, deslumbrados por sus retoños o espantados por el cuco del “autoritarismo” terminan convirtiendo, paradójicamente, a sus hijos en tiranos. Y lo peor de todo es que “sometidos al rigor sin límites de la autoridad arbitraria, los niños se encuentran con fuertes obstáculos para aprender a decidir, a elegir, a manifestar algún tipo de ruptura”; es decir, no logran emanciparse de sus figuras de autoridad y quedan siempre infantes, pasando de una autoridad que los constriñe o los complace ciegamente a otra, semejante. Y es más fácil resistir y fraguarse como persona ante quien se nos impone, que respecto al que nos adulta, idolatra y envuelve en halagos. 

Esto, que acontece la intimidad del hogar, tiene consecuencias para la vida en democracia. En la familia se reconoce y estimula –amorosamente- la individualidad como también se regula la omnipotencia de los individuos. La educación, sin opresión pero con autoridad, dice el maestro Freire, debe ser un camino en y hacia la libertad, pues si bien no debe doblegar la altivez del niño, tampoco puede hacerle creer que es el centro del mundo o que sus necesidades están por encima del otro. Se pregunta: “¿Cómo aprender la democracia en medio del desenfreno en el que, sin ningún límite, la libertad hace lo que quiere, o en medio del autoritarismo en el que, sin ningún espacio, la libertad jamás se ejerce?”. 

Encontrar el punto medio: la autoridad en el nudo de la tormenta

Este fugitivo punto medio hace que los debates sobre la autoridad en educación estén en el nudo de la tormenta, sobre todo en épocas de flojera no sólo de las normas y límites, sino de los compromisos y la solidaridad con el mundo y los demás, sobre todo con los más vulnerables, en este caso niños, niñas y adolescentes.

Ejercer la autoridad es la parte de la crianza y de la educación que menos nos gusta, qué mas nos cuesta y en la que menos consistentes somos, por eso le escapamos. Muchos de nosotros les damos “todo” a nuestros niños menos un no cuando hace falta y así los desorientamos. Nos cuesta entender que se puede criar y educar de una forma amorosa y relajada, ejerciendo la autoridad como un vínculo de responsabilidad y compromiso; una forma de cuidar, orientar y ejercer el poder que surge de ser responsables de una vida que no es la nuestra y que depende de nosotros. Escapando al autoritarismo desdeñamos educar, como si fuera una actividad innecesaria o dañina, y, así, derrapamos hacia muchas formas de abandono pues el niño llega al mundo con un equipamiento de base y hay que emprender la tarea de enseñarle a cuidarse, relacionarse con los demás y vivir en un mundo al que hay que cuidar también. Y que conste que nadie pide padres ejemplares, ni figuras para el mármol o el bronce. Simplemente algo de consistencia, presencia y disponibilidad, que estén ahí cuando se los necesita, que sepan querer bien, tengan en claro un par de cosas y no aflojen para evitarse más trabajo o pataleos

Mal que les pese a todos/as, la autoridad -amorosa y comprometida del que quiere bien- es necesaria para andamiar el desarrollo infantil y adolescente, para encauzar su pujanza, y, fundamentalmente, para construir el camino a la emancipación; es un servicio, no un don o una cualidad, sino un lazo entre generaciones que se legitima en la confianza, el respeto y el buen trato. Toda autoridad del padre/madre es emancipadora, pues así se crece, acompañado y encontrando posibilidades, fronteras, oportunidades y límites, soportando frustraciones y aprendiendo a esperar para recibir lo ansiado. Quien es querido, cuidado y bienvenido primero depende y luego, progresivamente -y sostenido por la confianza-, consiente y “autoriza” a ciertos adultos a los que ha aprendido a querer y respetar, pero también resiste, desafía y confronta, signo de salud mental en la infancia y adolescencia.

Mientras ellos se pelean…

Son alarmantes las múltiples formas en que los adultos nos desentendemos de la responsabilidad de las partes menos rutilantes de la educación, muchas veces haciendo uso de alguna cómoda ideología en que se confunde cualquier intervención educativa con represión.

Los malos ejemplos, la precariedad de la ley y la ausencia de significados compartidos complican la educación de las nuevas generaciones, y con ella, el ejercicio de la autoridad entendida como un recurso más para llevarla a cabo. Como dice Antelo, en un mundo sin límites “que ofusca a los conservadores y anima a los desinhibidos de todos los tiempos” a nadie parece preocuparle demasiado lo prohibido y lo permitido, la ley o la norma. A esto se añade que lo justo, lo sensato, lo permitido, lo prohibido, son territorios en constante disputa.

Los niños y niñas padecen las inconsistencias de los adultos, su falta de compromiso y sus controversias sobre temas que los atañen. Cada “autoridad”, en una época sin referencias, tiene su propio criterio, su idea de cómo ejercerla, y, cuando uno dice “A”, el otro “Z” (“No retes al nene”- “ponele límites al nene”; “que se baje de allí inmediatamente-“no lo reprimas”). Mientras los adultos se pelean el nene, hace lo que puede o quiere. Con la idea de que cada uno es el centro del universo del pequeñuelo, se evitan el trabajo de ponerse de acuerdo y de ponerse las pilas para ayudarlo a crecer y hacerse autónomo; es decir, de pensar qué es bueno para el niño.

Con la ayuda del adulto, involucrado con su bienestar, el niño va comprendiendo, dice Meirieu, “que su deseo no hace la ley, que su deseo choca con la existencia de los demás y va a tener que aceptar salir de su omnipotencia”, algo que requiere compromiso, firmeza y consistencia. Sólo entendiendo que no todo se puede, se puede “nacer al mundo”, “nacer a la ley, nacer a lo posible, nacer a la voluntad, nacer a lo político” (Meireiu, 2006). Nacer a la democracia.

Crianzas insensatas

Mario Benedetti, en su poema sobre la infancia, destaca el “entusiasmo puericultor” de esta época, en que muchos adultos experimentamos una “fascinación” por los niños y por un supuesto “mundo de la infancia” (un artificio del consumo). En este mirar fascinado muchos padres encontramos a nuestros hijos perfectos y completos tal cual son, entonces, ¿para qué educarlos? En este amor militante se sienten atormentados por la convicción de que sus chicos son excepcionales y “superiores” a los demás, en belleza, inteligencia o capacidad; así terminan emplazándolos en un trono, cediéndoles la autoridad, para convertirse simplemente en proveedores, cajeros automáticos y remises. Estos mismos niños y adolescentes llegan a la escuela para comprender que son uno más en el rebaño, que el mundo se comparte y que hay que ganarse el amor y el reconocimiento de los demás. Y el problema, queda claro, no son los niños; sino sus padres los han engañado haciéndoles creer que todo lo pueden, que todo lo saben y que el mundo se rinde a sus pies.

Dice una filósofa que vivimos épocas en que se trata a los niños como si fueran una minoría oprimida que necesita ser liberada; una característica de las modernas prácticas educativas que perturba los procesos de desarrollo; y, cuando los adultos desechan la autoridad, “sólo puede significar una cosa: que se niegan a asumir la responsabilidad del mundo al que han traído a sus hijos” (Arendt, 1996).

Vacilaciones, inquietudes disciplinadoras, militancias confrontativas o vagancias negligentes o ideologizadas, hacen que las nuevas generaciones se muestren particularmente indóciles, desobedientes, inquietas, transgresoras o simplemente indiferentes. Y lo peor es que los culpamos, diagnosticamos y castigamos por eso.

La alarma que provocan los desobedientes de hoy, que son el fruto acabado de nuestras ambivalencias, suelen terminar en encendidas apelaciones al poder o a la fuerza. Intentamos recuperar una autoridad no construida a tiempo, para tratar de “mandar” a quienes les hemos enseñado a ignorarnos. Queremos poner “limites” cuando el desborde de la situación nos agobia.

La batalla perdida, en el medio de la nada

En este contexto -en que se pide mano dura tanto como se teme ser autoritarios o se considera la educación como un avasallamiento del otro- es muy difícil remolcar la reflexión sobre qué es y, sobre todo, para qué sirve hacia un lugar menos hostil. Los debates se empantanan en los extremos, entre la nostalgia del pater familias omnipotente y el culto a la trasgresión yuppie; entre las consignas almibaradas de las crianzas de cotillón y los cacareos de quienes siempre sacan tajada del Apocalipsis de la educación.

Tema muy maltratado por el sector más conservador de la educación, como derecho cuasi divino, piramidal y patriarcal de quienes ostentan el poder; es todo un desafío hablar de una sensata autoridad, entendida como parte de un vínculo de responsabilidad, protección y compromiso que tendemos con los niños, niñas y adolescentes. Nos relacionamos con ellos a partir la palabra, el juego y las minucias de la vida cotidiana; usamos es autoridad que está latente y a mano en cualquier relación educativa, para orientar, dar seguridad, generar confianza, resistir, llevar hacia la ley y cumplir las muchas tareas de la crianza que requieren cierto rigor (cuidar el mundo, convivir, aprender).

Y en este tema estamos en el horno. Arendt nos advierte a los “modernos portavoces de la autoridad” que la nuestra es una batalla casi perdida. Estamos en medio de un fuego cruzado entre los escopetazos de los liberales que ven represión y autoritarismo a granel, ofuscados ante el posible repliegue de las “libertades” infantiles; y, por otra, los conservadores que miran con nostalgia la hoguera en que se la libertad, “perdidas las restricciones que protegían sus fronteras, se vio inerme, indefensa y condenada a la destrucción”. Y la pregunta es, quién ama a los niños y niñas lo suficiente como para poner el cuerpo y el corazón e hacerlos parte del mundo que tienen que cuidar y compartir con otros.

Mónica Coronado.

Antelo, E. (2005) Variaciones sobre autoridad. En Segundas Jornadas Nacionales de Formación Docente Continua. Instituto de Formación Docente Continua Villa Mercedes. San Luis.

Arendt, H. (1996) Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Barcelona: Península.

Meirieu, P. (2006) Educar en la incertidumbre. Revista “El Monitor”, N° 9. Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología.

Opiniones (1)
18 de octubre de 2017 | 02:40
2
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18 de octubre de 2017 | 02:40
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  1. Brillante, señora Coronado. Me pongo de pie para aplaudir su reflexión.
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