opinión

Nada que celebrar en México

El día patrio mexicano pasó sin pena ni gloria, dice el autor de esta columna.

Nada que celebrar en México

El 15 de septiembre de 2015 en México. Nada qué festejar. Pasó sin pena ni gloria. Es la fiesta patriótica de los mexicanos, más importante incluso que el día después: el desfile militar del 16, que causa gran expectación y familias enteras lo esperan año con año para presenciarlo en vivo y en directo.

El actual gobierno de Enrique Peña Nieto se lo ha ganado a pulso. Muestras de repudio generalizado según lo confirma una encuesta que reproduce CNN en español hace unos días: el 75% de entrevistados dice que el presidente “no hace lo necesario”. No ha resuelto los problemas principales de este país, y los mexicanos están inconformes con temas delicadísimos como la inseguridad —para la cual no hay visos de solución— también porque incluso en lo elemental Peña no ha podido, no ha querido o no sabe qué hacer.

No digamos asuntos delicados como los de Tlatlaya, o gravísimos como los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, y todo lo relacionado con la violencia desatada en varios estados del país, sino con los casos que le atañen de corte familiar y patrimonial, como la famosa “casa blanca” todavía no aclarado o no lo suficiente.

De todo lo que implica enfrentar los problemas de un país, puras promesas sin fundamento de volverse realidad. Si eso sucede con la política ni qué decir de la economía, que sobradamente refiere no entender. Un rumbo poco claro de país, por no decir que se trata de un barco a la deriva, sin timonel y en medio de la tormenta.

País a la deriva es todavía una clasificación moderada. Porque sopesando las cosas, el impacto de los problemas y las vías poco claras de salida, la cosa se pone delicada. Veamos algunos puntos.

Políticamente no ha inventado nada, salvo el “pacto por México”, que le permitió sacar a flote las “reformas estructurales” de corte salinista neoliberal. Bueno una reforma político-electoral que le dio al país la reelección desde Senadores hasta presidentes municipales a partir de 2018, pero apunta hacia la reelección presidencial, un asunto que le costó sangre al país, primero vino la Revolución Mexicana por ese motivo y luego Álvaro Obregón pagó con vida. Hasta los cambios del 2014 en la Constitución.

Económicamente tampoco, pues los cambios en materia energética, hacendaria, financiera o hasta en telecomunicaciones y de competencia —seguidas de la laboral calderonista-peñista—, no han traído ni traerán mejores condiciones, para la economía, para las empresas de todos tamaños, y mucho menos para los trabajadores desde que se impuso el outsourcing como método de contratación, desechamiento y control salarial y laboral. Contrariamente, los pasos seguidos con los del sistema financiero mundial en jaque. La reforma energética ha sido la estocada para la sociedad mexicana, puesto que llegarán las empresas multinacionales por el petróleo, el gas y demás.

Socialmente la inseguridad no cesa, porque no hay cambio de estrategia alguna que la instaurada por Felipe Calderón, de la confrontación violenta a los carteles de las drogas con sacar las fuerzas armadas a las calles. Las cifras de desaparecidos y asesinados aumentan, incluso con respecto al sexenio anterior. Y el combate no sirve para nada, más que violentar a la sociedad.

Los beneficios por las reformas penal, de amparo y transparencia, a la sociedad no le llegan y, o falta mucho o no llegarán por la pena de no poderse instrumentar. O no se aplican como se debe.

Resta resolver todo esto que se presume, le resta al país hablando de “reforma estructural”. Más tales no son otra cosa que la continuidad neoliberal de las anteriores (de Miguel de la Madrid a la fecha) que no han servido para otra cosa que hacer más ricos a unos pocos y pauperizar a las mayorías, clase media incluida. Todo con una inseguridad desbordada. Sea 15 o 16, ¿qué celebrar?

Abucheos de ¡“fuera Peña”! y ¡”faltan 43”!, revisiones para que nadie (incluso niños) pasara instrumentos como astas de banderitas, paraguas, piedras o cualquier otro objeto que pudiera lanzarse; más los rechazos en las redes sociales que abundan, como las pruebas de los “acarreados” desde varios municipios del Estado de México —donde sienta sus reales el Grupo Atlacomulco donde comulga su fe Peña Nieto—; es decir, personas trasladadas a la plancha del Zócalo de la Ciudad de México el 15 por la noche, para hacer presencia a la hora del grito de independencia. Así de festivo. Otra vez, ¿cuál independencia?

La que permiten los Estados Unidos de América; o sea, los gringos a un país como México donde por entrometimiento, injerencismo y violación de la seguridad nacional, los gobernantes (presidentes, y no de ahora porque la historia nacional tiene memoria) han autorizado, permitido, tolerado, oficializado, suscrito o admitido (más los calificativos que se quieran), los acuerdos, las presiones, las condiciones, las exigencias, por las buenas o a la malagueña, para abrir las puertas de par en par a los intereses de las empresas, de las multinacionales, los empresarios, la Casa Blanca, el FMI, el BM, la ONU, los presidentes en turno sean republicanos o demócratas, la CIA, la DEA, el Pentágono, la Usaid (entre otras instancias amañadas), a políticas como las inversiones libres, las licitaciones a su favor, los negocios turbios (venta de armas, tráfico de drogas, donde los principales beneficiados son los bancos, las empresas y las finanzas), la apropiación de recursos naturales y finalmente una guerra intestina contra el narcotráfico —donde los mexicanos son los caídos— como mecanismo de sometimiento y control, para la realización de jugosos negocios a beneficio de la elite del sistema financiero estadounidense y “global”.

Mídase la independencia de México, luego entonces, más allá de cualquier referencia enlistada, tras un análisis cuidadoso de todas las variables. Seguro que el país resulta gravemente dañado en todo lo referente a su seguridad nacional. La única tesis de su política de propaganda que no les ha pegado a los gringos en contra de México —aún y cuando internamente no faltan los voceros, muchos de los cuales pasan por guías de la opinión pública y periodistas—, es la del Estado fallido que a todas luces han querido implementar, sin importar el embajador en turno, llámese Jeffrey Davidow, Tony Garza, Carlos Pascual o Anthony Wayne.

Y otra más, la del terrorismo, cuando ha intentado por muchos medios calificar a los inmigrantes mexicanos de “terroristas”. Incluso a los carteles de las drogas asociarlos como aliados de Al Qaeda. Ninguno de estos calificativos ha encontrado sustento alguno. Ni lo encontrarán, porque desde luego no lo hay.

En otras palabras, que buena parte de la situación por la que pasa México es por la irresponsabilidad de sus gobiernos internos, sumado a lo cual está toda la amenaza procedente del exterior, particularmente de los gringos que el Estado no ha sabido o no ha querido contener. Por el entrometimiento en los asuntos internos de México. Mejor dicho: el contexto de la (in)dependencia.

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