opinión

Corbyn y Tsipras, caminos contrapuestos

Europa y sus refugiados, mientras suceden internas del laborismo británico y generales en Grecia.

Corbyn y Tsipras, caminos contrapuestos

Mientras Europa sigue haciendo agua en el tema de los refugiados, hay dos eventos democráticos que enmarcan la semana: las internas del laborismo británico y las generales en Grecia.

Esta semana, los miembros de los 27 países integrantes de la Unión Europea no se ponen de acuerdo en las cuotas de refugiados a recibir, como si se tratara de números y como si la propia Europa no fuera directa responsable del caos que desangra a Siria. Además de haber creado y financiado al grupo de mercenarios terroristas Estado Islámico, ahora se desentiende del problema y lo agrava. España cierra su frontera con Marruecos en sus enclaves coloniales de Ceuta y Melilla. Hungría sella a cal y canto la frontera con Serbia y detiene a cientos de refugiados iniciándoles causas penales por entrar sin permiso en su territorio. Entre ellos muchos niños, igualitos a Aylan, el nene de tres años ahogado en el Mediterráneo, que tanto consternó al mundo entero hace apenas 10 días.

En medio de esta vergüenza para la decrépita Europa, hubo elecciones internas en el Partido Laborista del Reino Unido. Y las ganó Jeremy Corbyn, un dirigente radical que viene a traer un aire fresco y a devolver la esperanza a un electorado tan apático y desilusionado como los restantes del viejo continente. Corbyn ocupa un escaño en la Cámara de los Comunes y llega en su bicicleta, con pantalones anchos y sandalias. Pero más allá de su aspecto que contrasta con la flemática clase política inglesa, lo que propone es lo verdaderamente nuevo: estatización de los trenes, fin de los servicios públicos privatizados, abandonar las políticas de austeridad, dejar de participar en cuanta guerra e invasión encara el Imperio norteamericano, abandonal el proyecto armamentístico nuclear y hasta que el Reino Unido abandone la OTAN. En lo que más nos atañe, Corbyn es defensor del diálogo entre su país y la Argentina por las Malvinas y hasta llegó a proponer una administración conjunta.

Con esas propuestas obtuvo el sábado pasado un 60 por ciento de los votos y generó un verdadero terremoto político. Los medios hegemónicos por supuesto que salieron con los tapones de punta, tratándolo de “rojo” y de radical. Desde el Partido Conservador, el primer ministro David Cameron disparó por twitter: “El Partido Laborista es ahora una amenaza a la seguridad nacional, a nuestra seguridad económica y a la seguridad de nuestras familias”.

Pero hasta en su propio partido se ha abierto una “grieta”, y el periódico The Observer (cercano al laborismo) publicó un editorial en el que pedía que moderara su discurso para no transformarlo en un partido de protesta. Y muchos dirigentes partidarios han optado por tomar distancia y hasta rechazar trabajar junto al ganador de la interna. Son los líderes del llamado “nuevo laborismo”, la versión inglesa del socialismo europeo descafeinado, de bajas calorías, esa socialdemocracia que se ha convertido en una caricatura de sí misma y se ha dejado fagocitar por el neoliberalismo imperante y su discurso único. Nunca deberíamos olvidar que fue Tony Blair, el inventor del “nuevo laborismo” y de la “tercera vía”, quien junto a José María Aznar y Jorge W. Bush, en las Azores, anunciaron la invasión de Irak en 2003 y el inicio de la guerra permanente en la que han sumido al mundo hasta hoy. Son en gran parte, los responsables de la crisis humanitaria de los refugiados y de la muerte de los miles y miles de Aylan Kurdi.

Sea como sea, los crujidos que se escuchan en el sistema político británico se deben a que llegó alguien como Corbyn que ha vuelto a entusiasmar, a enamorar a muchos, ha devuelto la esperanza y la ilusión. Ha traído de vuelta la política, ni más ni menos.

Todo lo contrario de lo que está pasando en Grecia, donde habrá elecciones generales este domingo. La campaña terminó tan apática como había empezado y la curva es exactamente a la inversa que en el Reino Unido.

Todo el entusiasmo y la pasión que había despertado Syriza al ganar las elecciones en enero pasado, quedaron en el camino. Porque en medio, Alexis Tsipras traicionó a su pueblo. Les pidió el apoyo para decirle no a la Troika (FMI, Banco Central Europeo y Comisión Europea) y cuando el pueblo se lo dio, entregó ese gran triunfo y se abandonó en las garras de la dictadura financiera mundial, otorgando el enésimo plan de ajuste y austeridad a cambio de más rescate para los propios bancos.

Al quedarse sin apoyo de su propio partido en el parlamento, tuvo que llamar a elecciones anticipadas que son las que se desarrollarán este domingo, pero que ni siquiera es seguro que las gane. En definitiva, se traicionó a sí mismo y pasará a la historia por lo que pudo y no supo o quiso hacer. En el país donde se inventó la democracia, allí donde se podría haber reinventado este año, este domingo habrá elecciones sólo para seguir vaciándola de su verdadero contenido.

Mariano Saravia. 

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23 de septiembre de 2017 | 03:25
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