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Historia de un clan: esta es la de los Puccio que vale la pena

Con sólidas actuaciones y una puesta tan climática como cinematográfica, la serie dirigida por Luis Ortega logra atravesar el umbral del infierno de los Puccio.

Historia de un clan: esta es la de los Puccio que vale la pena

En un año dominado por la "fiebre Puccio", con un libro que se vende como pan caliente, una película que superó los 2 millones de espectadores en sus primeros 24 días, y la serie estrenada anoche que alcanzó picos de 17 puntos de rating; el legendario caso criminal parece estar lejos de agotar la ansiedad y expectativas del público.

Se sabe que las comparaciones son odiosas, y en la mayoría de los casos impertinentes. Sobre todo cuando se trata de códigos diferentes, como los del cine y la televisión. Aquí más que zanjar una comparación entre el exitoso film de Pablo Trapero y la producción para TV dirigida por Luis Ortega, bien podríamos instalar una paradoja. En términos de lenguaje, la creación cinematográfica de Trapero es más bien televisiva, y la serie de Ortega está claramente construida bajo una impronta cinematográfica. Desde el montaje, los movimientos de cámara y los encuadres, pasando por la gradual evolución dramática y el manejo del espacio; hay mucho más cine en el primer capítulo de Historia de un clan que en toda la película que arrasa en la taquilla argentina.

Luis Ortega, director de interesantes joyitas del cine independiente nacional como Caja negra, Dromómanos y Lulú, entiende que no por estar ahora trabajando para la pantalla chica, necesita ir corriendo a mil por hora. De hecho, en el episodio debut de la serie se toma su tiempo para presentar a los personajes. "Tuve un padre que no pude elegir", dice entre los barrotes de una prisión Alejandro (un magnético y convincente Chino Darín capaz de sostener un crispado primer plano durante varios segundos). De ahí vamos directo al momento en que el consternado personaje se arroja desde lo alto en Tribunales en un fallido intento de suicidio. Y automáticamente saltamos al vestuario de club CASI de San Isidro en 1982, con una escena de rugbiers en la ducha que incluye desnudos frontales, toda una rareza en un producto televisivo de canal de aire.

Chino darin historia de un clan

El gran Alejandro Awada es el "pater monstruo" de este clan. Su presencia mete miedo desde el principio, con un elaborado trabajo del actor, preciso en su penetrante mirada y envolvente en su persuasivo discurso. Arquímedes Puccio es quien maneja los hilos de todo el andamiaje familiar. Logra con facilidad que su hijo Daniel (Nazareno Casero), vuelva desde Australia por temor a que su padre esté mal de salud. Y poco más tarde, logra involucrar a Alejandro en un macabro plan de secuestros extorsivos. "La gente se divide entre los que tienen miedo y se quedan en la puerta, y los que dicen tengo miedo pero entro igual", lanza Arquímedes al exitoso rugbier. Completan el cuadro doméstico, Epifanía (una correcta Cecilia Roth que da en la tecla con su rol de madre con aires de ascenso social, y un dejo de permanente ironía), y las hijas adolescentes Silvia (María Soldi) y Adriana (Rita Pauls).

El director acierta en todo momento al concentrar la mayor parte del primer capítulo en el interior de la casa de los Puccio. Con sofisticados planos secuencia recorriendo cada rincón, acompañados de meticulosos movimientos de cámara. La ambientación ochentosa está muy lograda, pero en ningún momento distrae la atención del foco del conflicto. Y a la hora de ir a la acción, el final de esta entrega inicial destinó sólo un par de minutos al primer secuestro, el de un compañero de rugby de Alejandro. Ortega no se aparta jamás del eje del infierno "puertas adentro" y lo va cociendo a fuego lento, a la vez que se apoya en personajes tan siniestros como atrapantes, sobre todo con la aparición de el "El coronel" (un majestuoso Tristán en un plan muy lejano al de las bizarras comedias que protagonizó en los '80).

El crecimiento de la tensión dramática cobra mayor espesor en el contraste de los Puccio rezando con fervor en la misa del domingo, o bien antes de almorzar cuando ya tienen a su primer secuestrado encerrado en el baño. Historia de un clan elige una dominante oscura, con algunos filosos bocadillos de humor dosificados en los diálogos. Da la impresión de que con el correr de los episodios, Luis Ortega irá tensando los hilos, pero ya en la apertura nos regaló una escena particularmente incómoda: la del pacto de sangre con los secuaces de Arquímedes, rebanándose un poquito el dedo con la cortadora de fiambre de la rotisería que el líder de esta organización acaba de cerrar.

Historia de un clan rezando

Historia de un clan logró cruzar el umbral del infierno de los Puccio en poco menos de una hora, y promete para los próximos capítulos un intenso tour de force por un laberinto tan excéntrico como violento. En un medio tan competitivo como el de la televisión, donde reina la dictadura del minuto a minuto, Luis Ortega sorprende con un producto que se permite algunas sutilezas y esquiva el vértigo narrativo. El director entiende que para atravesar las capas de la crónica policial e internarse en los choques y contradicciones de esta familia demencial, lo mejor es calar hondo y sobrepasar los límites de apostar a lo seguro.

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Opiniones (1)
20 de agosto de 2017 | 07:04
2
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20 de agosto de 2017 | 07:04
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  1. Manson, Manson..........
    1
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