opinión

Viene la era de los consensos

Un legislador nacional massista opina sobre la Argentina que viene.

Viene la era de los consensos

 La Argentina fue una interminable ristra de disensos. El 25 de mayo de 1810 por la tarde noche ya estábamos divididos entre ‘saavedristas’ y ‘morenistas’. 205 años después seguimos en la misma. Es proverbial y pareciese ser parte de nuestro ADN. Por eso es conocida la irrisoria anécdota de alquien que entra a una reunión y a modo de saludo general anuncia que “no sé de qué se trata, pero me opongo”. Reditúa más ¡distinguirse’ por disentir que por ser facilitador de soluciones compartidas.

Todos sabemos – salvo aquellos que del poder sólo les interesa los beneficios personales que le extraen y por ende no están inspirados ni por una pizca de bien común – que se necesita reponer en el país un paradigma virtuoso ya que hoy el mal ejemplo desde arriba estraga el llano y es una de las causas principales del delito a mano armada, también llamado común. Son tantos los criminales de mano enguantada que están en las cumbres socio-político-económicas, que en los valles donde habita el pueblo de a pie cunde el disvalor y el trastrocamiento axial. Da lo mismo el bien o el mal porque no se conocen los límites. En esta materia las fronteras son más porosas que las que perforan con pasmosa facilidad el narcotráfico o la trata. La vuelta a los valores, pues, amerita y exige un vasto consenso y sobre todo un desplegado buen ejemplo. Eso que el pensador Ortega y Gasset llamaba ejemplaridad.

Nadie duda de que el futuro son la educación y el conocimiento. Los únicos que pueden agregarle valor a nuestro trabajo. La mejor paritaria es la educación. Por sí misma genera incremento de ingresos al bolsillo del trabajador y a las arcas del país. Hoy este esencial plano discurre por la calidad educativa. Para estimularla hay que establecer un régimen de evaluación y capacitación permanente. Instaurarlo exige consenso.

El delito azota, azora, torna dramática e incierta nuestra vida. Combatirlo impone, antes que nada, un consenso que posibilite superar el nefasto falso dilema entre ‘mano dura’ o ‘garantista’. Las víctimas son infinitamente más desamparadas que todos los victimarios, más allá de que a su vez sean el resultado de una sociedad que no supo o no quiso darles contención. El mal ya está entre nosotros y su saneamiento comienza por proteger a las millones de víctimas de la delincuencia cada vez más cruel y desalmada. Simultáneamente, el consenso nos permitirá tener cárceles como manda la Constitución – “sanas y limpias” – donde la voz de orden sea el trabajo y la readaptación, aunque bajo concepto alguno para que los presos ganen más que 6 millones de jubilados. Y el consenso también nos abrirá el camino para que todos los argentinos tengan hogar – familia -, excluyente modo para sean muy pocos quienes se desvíen hacia el delito.

El consenso nos dará la reforma política y especialmente que logremos abandonar la hipocresía de nunca abordar los cambios de fondo so pretexto de que como hay una elección a la vista – en la Argentina siempre hay un inminente comicio – ‘no podemos cambiar las reglas’. Por el contrario, el consenso debe impulsar esa mutación con la velocidad del rayo porque así, con el sistema electoral haciendo agua, lo que estamos consiguiendo es corroer y devastar a la democracia. Nada más ni nada menos. Hoy está en duda la expresión de la voluntad popular.

El consenso nos dará la oportunidad de restaurar la columna vertebral de cualquier buen país, la cultura del trabajo. Nunca más la asistencia social será estación terminal de nadie en la Argentina. Apenas deberá ser etapa temporaria y efímera porque en nuestro país habrá una sola clase de habitantes, los que trabajan.

El consenso asimismo facilitará el retorno al federalismo, básicamente el económico. Gobernadores o intendentes mendicantes desaparecerán porque la administración de los recursos será refederalizada como lo dispone la Constitución.

El consenso nos deparará la opción por la unión nacional y sustentará una política benéfica donde rinda más votos unir que dividir a los argentinos. El consenso tachará de marginal a quien intente sembrar odio.

El consenso igualmente no sólo arrinconará a la corrupción – poniendo fin a su matriz, la impunidad -, sino que nos resarcirá de gran parte de lo saqueado. Al corrupto mucho más que las rejas hay que vaciarle los bolsillos. Será el peor castigo para su codicia.

El consenso nos llevará al Desarrollo, así con mayúscula. Desarrollo humano, social, cultural, económico. Completo. Desde mejores personas hasta óptima infraestructura. El consenso nos encaminará hacia la productividad, es decir más rendimiento con igual esfuerzo e insumos.

El consenso por último logrará el milagro de una Argentina – y de argentinos – llenos de ambición, pero exentos de codicia. Es un distingo trascendental porque queremos muchas cosas y muy grandes, pero despreciamos la desfiguración de la meta. No es avaricia, sino grandeza.

El consenso nos restituirá la oportunidad de entusiasmarnos, de soñar. Dará colorido y alegría a la vida en común, dejando de lado esa extensa etapa insoportablemente gris de nuestro país.

El consenso acotará los riesgos que se ciernen sobre el país y la Región. La mejor respuesta para ese cúmulo de amenazas es el acuerdo.

Por si queda alguna duda, consenso es lo que también se denominan Acuerdos o Políticas de Estado que si bien son estrategias de mediano y largo plazo poseen la virtud adicional de empezar a dar soluciones – no parches – aquí y ahora.

Pienso que el consenso tiene fecha: 10 de diciembre ¡Ojalá no sea utópico!

* Diputado nacional y del Parlasur (UNIR, integrante de UNA) www.unirargentina.com.ar

 

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19 de agosto de 2017 | 20:09
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