opinión

¿Por qué China tiene un problema?

El politógolo español pone el foco en la crisis global con centro en China.

¿Por qué China tiene un problema?

 La crisis en los mercados financieros de estos últimos días tiene su epicentro en China y las dudas sobre su situación económica. Durante las últimas tres décadas el país ha crecido a una tasa del 8% anual de forma casi sostenida, una cifra que parece casi milagrosa si la comparamos con las cifras de Estados Unidos o Europa durante el mismo periodo.

Por supuesto, en economía no existen los milagros; el crecimiento chino no es demasiado misterioso, si lo miramos con un poco de detalle. La crisis actual, y el súbito ataque de pánico de los inversores, tiene bastante que ver con la posibilidad, nada remota, que el país haya llegado a un punto donde el modelo de crecimiento que tan bien le ha funcionado se ha agotado.

Empecemos, pues, por el modelo económico desde los ochenta hasta hoy. La idea básica es que la diferencia entre un país desarrollado y un país pobre es que el segundo tiene a su disposición una serie de recursos (mano de obra, tierra, infraestructuras, fábricas) que producen menos por unidad. China, a finales de los ochenta, tenía 700-800 millones personas viviendo en el campo produciendo arroz, algo que puede sonar muy bucólico pero que apenas da para comer. Lo que Deng Xiaoping y su equipo de reformistas hacen es invertir el poco capital que tiene el país en convertir campesinos en obreros, y ponerles a fabricar los cachivaches que la escasa tecnología del país podía producir para la exportación. El dinero generado por estas exportaciones sería utilizado por encima de todo en tres actividades: primero, invertir en capital (comprando maquinaria a los alemanes, por ejemplo), para poder producir cachivaches ligeramente más avanzados que dieran algo más de dinero. Segundo, convertir más campesinos en obreros, poniendo más fábricas en funcionamiento. Tercero, construir infraestructuras que facilitaran la producción y exportación de cachivaches.

Esto puede sonar muy sencillo dicho así a lo bruto, pero no lo es tanto. Primero, movilizar capital e invertirlo con la devoción e intensidad del gobierno chino requiere una paciencia admirable (y sacar los tanques a la calle de vez en cuando). Segundo, esta estrategia sólo puede realizarse en un contexto de cierta fortaleza instititucional; el estado debe tener una burocracia competente para hacer que las inversiones funcionen, atraer capital foráneo y que las infraestructuras sean funcionales. Tercero, la política fiscal y monetaria deben ser mínimamente racionales, algo a menudo complicado en una democracia, y aún más difícil en una dictadura. Deng Xiaoping, por ejemplo, insistió que el desarrollo debía concentrarse en ciertas regiones en un principio, y extenderse después. Aunque esto refleja un admirable reconocimiento de efectos de red y economías de escala, políticamente es muy complicado de defender. China tuvo la suerte de empezar a abrir su economía justo en los albores de la nueva era del libre comercio, pero el crecimiento de las últimas décadas es todo un logro tremendo.

La cuestión, obviamente, es que uno puede crecer de este modo durante muchos años, pero no eternamente. Llega un momento en que el país se queda sin campesinos que puede convertir en obreros fácilmente; la mano de obra rural restante es demasiado vieja y no va ya a mudarse. Tras años mejorando productividad a base de importar maquinaria o fabricar productos más avanzados, llega un momento en que las fábricas chinas están cerca de la frontera tecnológica para la mano de obra que tienen disponible, o simplemente están fabricando cachivaches tan avanzados como los salidos de un país desarrollado. Con menos mano de obra “libre” los salarios inevitablemente tienden a subir, encareciendo la producción y quitando recursos a la inversión pura. El modelo extensivo de crecimiento, consistente en tirar la economía adelante a base de movilizar más recursos y reinvertirlo todo, sencillamente no da para más.

El siguiente paso, que todas las economías desarrolladas han dado en un momento u otro, es pasar de un modelo que genera crecimiento a base de invertir más y movilizar más recursos a uno basado en aumentar el consumo e inventar nuevas tecnologías en vez de copiarlas. La idea es que en vez de utilizar todo el dinero ganado exportando en comprar más máquinas lo que se hace es pagar a los obreros mejor para que puedan gastar más, generando suficiente demanda para que la economía crezca. Todo ello, por supuesto, sabiendo que cada vez que subes los sueldos parte de tus industrias basadas en salarios bajos se van a Vietnam, Indonesia, India o Bangladesh, el paro sube a corto plazo y todo el complejo ladrillista-inversor-empresarial que llevaba décadas viviendo del crédito fácil y forzoso desde el estado empieza a mirarte mal. Empeorando las cosas, durante los últimos años ante la progresiva desaceleración de la economía, el sector empresarial (y el público) han respondido tirando de la tarjeta de crédito para o bien invertir aún más, o bien financiar consumo a corto plazo.

Cruzar este umbral es complicado; los economistas a menudo hablan de la “trampa de la renta media” y lo difícil que resulta superar los $10.000-$15.000 de renta por cápita (la frontera está siempre bajo discusión, así como la existencia de esta trampa) sin caer en una recesión y volver a retroceder. China, parece, está justo en este umbral, y las reformas económicas recientes parecen no haber bastado para mantener la tasa de crecimiento al 8% antes de que el consumo interno empezara a tirar del carro.

Lo curioso del pánico de estos días es que las instituciones chinas, al ser un país autoritario, probablemente han contribuido a crear desconfianza en su propia economía. El gobierno chino lleva meses haciendo cosas realmente poco ortodoxas para mantener las bolsas al alza, mientras insistía que todo iba bien. Los reguladores bursátiles son políticos, sin seguir criterios de mercado. Las cifras de crecimiento económico del país siempre han sido dudosas, y nadie realmente se cree que la tasa de paro sigue al 4%. Además, gran parte de la inversión de los últimos años fue realizada por empresas de propiedad estatal o el propio gobierno.Todos sabemos lo buenos que son los políticos con sus elefantes blancos, así que es muy probable que muchas de las inversiones recientes sean básicamente inútiles, y que la deuda utilizada para financiarlas sea impagable.

Es decir, Rogoff tenía razón, otra vez: un montón de préstamos y deuda inmobiliaria, un sector financiero mal regulado, montones de bancos y empresas estatales repartiendo dinero, y una economía que no puede generar crecimiento fácilmente porque se ha quedado sin gasolina equivale a crisis financiera.

¿Quiere decir todo esto que vamos camino del desastre y que la recesión y crisis económica china van a provocar una repetición de la crisis del 2007? No tan deprisa. Primero, el sector financiero chino es minúsculo comparado con el de Estados Unidos, y está mucho más cerrado al exterior. Segundo, China no es una economía demasiado importadora, así que el shock de demanda será relativamente pequeño para todo aquel que no exporte bienes de equipo como un poseso (leáse Alemania). Tercero, China ha acumulado cantidades obscenas de dólares en reservas durante años, y no son un país precisamente tímido a la hora de intervenir en su economía.

Los únicos que seguro se van a comer una buena galleta son los países que dependen de exportar materias primas, que se van a quedar sin su principal comprador en los últimos años, y los exportadores de petróleo, justo cuando las renovables han llegado a un punto donde pueden competir en precio.

Una nota final: recordad que los mercados bursátiles son bastante malos prediciendo grandes crisis. Quizás esto no deba ser motivo para el pánico, al menos fuera de China.

En fin, veremos.

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19 de octubre de 2017 | 12:23
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