opinión

Cómo abordar el enigma chino

No somos Marco Polo ni ellos la Madre Teresa de Calcuta. Cuidado con el antiimperialismo bobo.

Cómo abordar el enigma chino

 El yuan se devalúa y las bolsas chinas se derrumban ruidosamente, así que la ocasión es buena para tratar de pensar a China y a nuestra relación con ella.

Ahí hay que saber dos cosas de entrada: que nosotros no somos Marco Polo ni los chinos la Madre Teresa de Calcuta. Ignorar eso nos lleva al peor de los futuros: creer que a los chinos los vamos a usar para que nos salven las papas y después sacárnoslos de encima sin pagar ningún costo.

Nadie sabe ni cuántos ni cómo son los chinos, algo que hasta ellos mismos se toman con humor. Cuando André Malraux, ministro de Cultura de De Gaulle, se reunió con Mao Tse Tung, le preguntó si era cierto que eran mil millones. Mao sonrió y le respondió que ni ellos lo podían saber, pero que les convenía que se creyera eso, así causaban más temor.

La tradición confuciana puede resumirse en un concepto crucial que marca toda la diferencia con los occidentales: lo más importante para esa sociedad es el conjunto, no el individuo. Si se tiene más de un hijo las consecuencias son enormes; si tienen que morir millones en función de ideas colectivas (“Revolución Cultural”) será un accidente de la historia; si alguien reclama derechos individuales, la respuesta será una sonrisa irónica.

Como a veces ignoramos eso, y además ignoramos que la apertura a China comenzó en los años 70’s del siglo pasado (visita de Richard Nixon, con Kissinger como promotor intelectual) por ahí creemos que los chinos nos están esperando con los brazos abiertos y dispuestos a aceptar nuestras condiciones a cambio de un poco de soja. Y de pronto tenemos nuestro Banco Central con cantidad creciente de yuanes, trenes chinos en la provincia de Buenos Aires, acuerdos para construir la central nuclear de Atucha que les ponen los pelos de punta a más de uno, y otro acuerdo por cincuenta años para una estación espacial en Neuquén.

En cuanto al comercio argentino-chino, del cual tanto se habla, se puede resumir así: les vendemos materias primas y ellos nos venden productos industriales. Desde aquí les mandamos soja (el 70% del total de lo que les exportamos), aceites y combustibles, y ellos nos mandan productos industriales. O sea que hacemos lo mismo que con los ingleses en el siglo pasado, pero ahora nadie se ofende y el gobierno hasta lo celebra como señal de independencia.

Tener buenas relaciones comerciales con China es muy bueno para la Argentina, pero lo que importa es la calidad de esas relaciones y la transparencia de los acuerdos. Hay que saber que, por una simple diferencia de tamaño y de poder, contra China no podremos hacer nada, como tampoco lo pueden hacer individualmente Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia. Todos desaprueban los valores individuales de los chinos en cuanto a democracia y derechos humanos, pero ninguno se atreve a sancionarlos porque las consecuencias pueden ser enormes.

Conceptos básicos

La reaparición de China en las noticias es buena para repasar algunos conceptos básicos.

Uno es que China es una dictadura de partido único donde no existen esas cosas como elecciones libres o fiscalizaciones internacionales. Y cuya expansión económica y política, basada en el cálculo y la paciencia, no está pensada para favorecer a los demás sino para hacerlo consigo misma (algo que nosotros deberíamos imitar, por supuesto).

Otra es que es un poderoso imán para el antiimperialismo bobo, ese que cree que cualquier cosa es buena mientras perjudique a Estados Unidos. En China hay pena de muerte, los derechos de la mujer están por el suelo, las prisiones son un infierno y la libertad de prensa es una curiosidad occidental, entre otras cosas.

Hacer la vista gorda a eso no sólo es canallesco sino estúpido, porque algún día, cuando el imperialismo norteamericano haya entrado en su decadencia, extrañaremos a esa “República Imperial” (título fabuloso de un libro de Raymond Aron) en donde los presidentes se cambiaban por el voto, los congresistas podían frenar aventuras descabelladas y los diarios denunciaban libremente a los jefes del imperio.

China está de vuelta en las portadas y es bueno refrescar conceptos sobre algo tan grande y extraño a nuestro entendimiento de todos los días.

Opiniones (2)
18 de octubre de 2017 | 10:20
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18 de octubre de 2017 | 10:20
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  1. En realidad como vivan los chinos a nosotros no nos interesa para nada, lo mismo que nosotros a ellos. En el intercambio hay que tener muchísimo cuidado, aquí sin tanto costo sembrás y la tierra y las lluvias te dan una buena producción. En China si le cortas una hoja a un árbol vas preso. Esta especie lucha por sobrevivir a cualquier costo y no le importa en absoluto si tu desapareces. ¿alguien es amigo de un chino ? Cierta vez una empresa mendocina, le vendió le entregó unas muestras de un producto metalúrgico que se vendía muy bien a los Estados Unidos. Se pensaba que el gigante asiático les iba a comprar toda la producción. Resultado: se llevaron las muestras, las analizaron, las fabricaron y las vendieron un 50% más barato. Los chinos no volvieron más. Los clientes del norte les compran a ellos. Si los Chinos quieren comprar vino, van a venir, van a comprar parrales y viñedos, algunas bodegas y se van a exportar el vino que necesiten. Para ellos el dinero es meramente un defecto del capitalismo que saben aprovechar muy bien.
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  2. Muy bien expresado. Coincido totalmente.
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