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El adelanto electoral de Tsipras

El análisis del politólogo español Pablo Simón, coeditor de Politikon.es, a la luz de los contecimientos de Grecia.

El adelanto electoral de Tsipras

 Los buenos políticos son como el bolero de Ravel; parece que se terminan pero siempre acaba regresando con más instrumentos. Esta parece ser la vía que ha elegido Tsipras. Ya sea forzado internamente o por un cálculo exclusivamente suyo, el adelanto electoral hace que para septiembre vayamos a tener sí o sí elecciones legislativas griegas. Algo que, por otra parte, era un secreto a voces tras un referéndum, corralito, acuerdo de tercer tramo de rescate y ajustada votación en el parlamento. Visto lo visto, conviene no perder de vista el calendario; el 4 de octubre viene Portugal y, al poco tiempo, las Generales en España.

La pregunta entonces es ¿Tiene sentido este adelanto electoral? Totalmente.

En primer lugar, pensemos por qué los partidos adelantan las elecciones. Como previa, recordar que esta potestad, la de disolver cámaras, solo es posible en los sistemas parlamentarios – en los presidenciales hay separación de poderes. Además, incluso algunos países parlamentarios han bloqueado esa posibilidad, como en el Reino Unido, que tiene un calendario fijo.

Permitidme partir de unas premisas sencillas asumidas en general por la literatura. En primer lugar, los partidos obtienen más utilidad (beneficios, si se quiere) cuando están en el gobierno que en la oposición. Esto no es algo cínico, es simplemente que ya sea porque quieren “el poder por el poder” o porque quieren aplicar un programa ideológico, necesitan estar al cargo de la situación. En segundo lugar, que someterse al escrutinio de los electores posee un componente de riesgo, de incertidumbre ante los posibles resultados. Aunque se intenta acotar la incertidumbre mediante encuestas, no siempre hay la misma capacidad de anticiparse – pueden pasar más eventos entre la convocatoria y la elección, si hay mucha volatilidad y partidos nuevos la situación es cambiante, etcétera.

Pero ello no significa que los gobiernos en regímenes parlamentarios se mantengan en el poder hasta agotar su mandato. El adelanto estratégico, es decir, mover la fecha de las elecciones sin perder una moción de confianza, tiende a darse ante dos contextos: 1) si saben seguro que van a perder y quieren intentar minimizar sus pérdidas y 2) si saben seguro que van a ganar y quieren aprovechar para maximizar sus escaños.

Si uno hace un recuento de los adelantos electorales en democracias parlamentarias, apenas hay casos contrastados en los que se convoquen elecciones en la primera mitad de la legislatura; suelen hacerlo al tercer o cuarto año. Además, los gobiernos que más adelantan elecciones son los monocolor (un único partido gobernando) en minoría parlamentaria mientras que los que menos lo hacen son los de coalición (porque su funcionamiento interno reduce el margen del Primer Ministro). Por último, hay una fuerte tendencia a que ante una subida de la popularidad del Presidente o una oposición dividida se convoquen elecciones anticipadas.

Veamos cuál es la situación política griega recurriendo a los datos de encuestadisponibles (gracias a Guillem Vidal, creo que fue el primero en difundirlos). En el primer gráfico se muestra la percepción de los griegos sobre el acuerdo alcanzado y cómo ha desempeñado el gobierno la negociación:

Grecia tortas

Los datos hablan por sí mismos. Un 77% de los griegos están descontentos con el gobierno y, en similar porcentaje, opinan que su gobierno ha capitulado ante los acreedores. Es más, un 83% piensa que Syriza ha abandonado el programa electoral. De acuerdo con esta idea, uno podría pensar que en unas elecciones legislativas habrá un castigo importante en las próximas elecciones por parte del electorado. Sin embargo, cuando se pregunta, la realidad es bien diferente.

Voto grecia

Como se ve, el nivel de apoyo electoral a Syriza sería de un 33% (similar en voto válido al de las pasadas elecciones) mientras que su más directo competidor, Nea Demokratia, se quedaría en un 18%. Es decir, que existe un margen de 15 puntos de apoyo entre el primer y el segundo partido en el país heleno, lo que supone 6 más respecto al resultado de las pasadas elecciones de enero. La oposición, descabezada tras la dimisión de Samaras, no ha hecho más que hundirse. En todo caso, es llamativo el 19% de indecisos – de los más altos de la serie histórica – y que podrían señalar cierta desmovilización en el bloque del centro y centro derecha.

¿Cómo explicar esta paradoja? Creo que sólo cuando se asume que los griegos entienden que el gobierno ha estirado todo lo posible las posibilidades de un acuerdo y que se ha visto forzado a capitular forzado por la circunstancias. Esto no es algo nuevo.

Como señala la evidencia disponible, en contextos de internacionalización de la economía la atribución de responsabilidades es más complicada. Los gobiernos así podrían tener algo más que el sesgo partidista como un refugio, dispondrían de la vía de escape que supone que los ciudadanos entienden que no solo ellos son responsables de una mala situación económica – o acuerdo de rescate. Si somos más cínicos, podríamos pensar que esta es una estrategia de blame-shifting, por la que se imputa la responsabilidad de una política a un agente externo y que sirve para exonerar en unas elecciones. En todo caso, ambas posibilidades llevan al mismo resultado.

Obviamente no podemos analizar un acuerdo alternativo si la negociación hubiera sido de otra manera, pero la estrategia política interna ha sido eficaz. A mi juicio, el referéndum tenía más vocación de plebiscito para reforzar este mensaje – y al gobierno frente a la división interna – que de arma negociadora frente a Europa. No ha sido una estrategia exenta de coste.

Por lo tanto, la oposición es débil y está sin liderazgo, luego puede ser un buen momento para el adelanto. El cálculo, en todo caso, debe ser hecho a futuro – anticipando los costes de gobernar como ahora. Y hay razones para pensar que el coste iría in crescendo rápidamente.

Primero, porque tras la firma del tercer rescate iba a tener que aplicar medidas impopulares que violaban su programa electoral y con coste político. Ahora apenas se nota el efecto pero con el paso de tiempo el ajuste se va a sentir más en la población griega. Por lo tanto, asumiendo que tuvieras un grupo parlamentario cohesionado, el coste de gobernar va a aumentar y jamás tendrás tanto nivel de apoyo en las encuestas como ahora. Pero el hecho es que esto último no se cumple.

Tsipras ha tenido que aprobar el rescate con un tercio de su grupo parlamentario en rebeldía, con un comité central de Syriza votando en contra y con un congreso convocado para septiembre que tenía previsión de caliente. Cada votación en el parlamento iba a ser un calvario que no solo desgasta tu imagen – votando con oposición, no con los tuyos – sino que le da tiempo a la oposición interna para organizarse y criticarle. Con el adelanto electoral Tsipras hace una jugada interna audaz.

En las próximas listas va a poder barrer a los críticos de su grupo parlamentario y aumentar la cohesión del partido. Pero al mismo tiempo, pone a la oposición interna entre la espada y la pared – porque dentro de un partido es más complicado contar rivales. Si quieren, que den el paso y se presenten en solitario en el peor contexto posible para ellos – con poco tiempo para organizarse. De lo contrario, o se suman a la línea oficial o serán barridos.

Como se ve, esta estrategia es osada pero tiene pleno sentido. Por los costes que iba a suponer seguir gobernando con un mandato caducado tras la aprobación de rescate tanto como por las razones internas a la propia Syriza. Casi con seguridad será el partido que formará el próximo gobierno.

Esto debería mandar un mensaje importante a los socios europeos. Hoy el único actor con capacidad real para hacer reformas y sacar a Grecia de su sima sigue siendo Syriza. Porque cualquier cambio estructural en un país sin un equilibrio político nacional detrás – es decir, que vengan simplemente impuestas desde fuera – están condenadas en el medio plazo a ser insostenibles. O porque no se aplicarán con garantías o, porque tarde o temprano, su sistema político saltará por los aires.

(*) Pablo Simón es politólogo de vocación y formación. Doctor en Ciencias Políticas por la Universitat Pompeu Fabra, ha sido investigador postdoctoral en la Universidad Libre de Bruselas. Su principal área de especialización son los sistemas electorales, tanto en sus causas como sus consecuencias, pero también está interesado en los sistemas de partidos, política comparada, la participación política de los jóvenes y dinámicas de competición electoral. Actualmente es profesor visitante en la Universidad Carlos III de Madrid, donde combina su trabajo con actividades divulgativas fuera de la academia. Más en Politikon.es.

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