opinión

Niños con padres más inmaduros que ellos

Una experta analiza el desafío de educar en estos tiempos complejos.

Niños con padres más inmaduros que ellos

“La comunicación digital fomenta esta exposición pornográfica de la intimidad y de la esfera privada. También las redes sociales se muestran como espacios de exposición de lo privado (…) Justo allí donde desaparece el respeto surge la shitstorm ruidosa. A una persona de respeto no la cubrimos con una shitstorm (...) La shitstorm, que hoy crece por doquier, indica que vivimos en una sociedad sin respeto recíproco. El respeto impone distancia", Byung-Chul Han. “En el enjambre”. 

El malhumor tiene gatillo fácil

Convengamos que vivimos en un país en que es mayoría la gente malhumorada, irritable y dispuesta a irse a las piñas ante cualquier pequeña disputa; gente que continuamente encuentra motivos, que no faltan, para sentirse avasallada, agraviada y ultrajada.

En este contexto inflamable, algunos tratamos de convertir nuestro hogar o los espacios que compartimos con nuestros seres queridos en un remanso, dejando la armadura y el sudario de quejas en la puerta; pero la locura de la época se filtra a través de muchas rendijas. También los que nos ganamos el pan en la educación, que sin esperanza es un cadáver, hacemos el esfuerzo de generar climas de aprendizaje que inviten a pensar, crecer, creer y proyectarse hacia un futuro mejor.

Niños expuestos a la violencia y a la distancia

La cuestión es que los niños y niñas -aún aquellos queridos y cuidados a los cuales tratamos de dejar al margen- sufren ese malestar social que a menudo se pretende decorar con cine y pochoclo o pintando sus paredes de rosa o celeste y alquilando el pelotero. Ellos nos ven y nos observan todo el tiempo, “maman” nuestras actitudes. Nos descubren también, a menudo, insultando cuando manejamos, peleando con nuestros vecinos, pareja, jefe, mascota; protestando, quejándonos de todo, de todos.

Los profesionales atendemos a niños o niñas vemos las huellas que deja el desquicio en que muchos de ellos viven, con adultos impulsivos, inestables y coléricos, que protagonizan frecuentes rabietas. Y, como si esto fuera poco, no sólo conviven con padres y madres, a menudo estresados o desbordados en este ring side que es la sociedad que tenemos, sino también sumergidos cada vez más en el gran conventillo de las redes y los espacios virtuales de opinión.

Un niño de cinco años relata que almuerza y toma la mediatarde en silencio o frente a la tele, con una madre colgada de su grupo de whattsapp; una niña de siete cuenta que se tapa los oídos en el auto, cuando desde el asiento de atrás, ve a su padre mantener conversaciones telefónicas y organizar una pelotera vial por día; y ¿qué hacen los niños cuando los padres son más inmaduros que ellos?, ¿cuándo les exigen que cumplan las reglas o se autocontrolen cuando ellos mismos no lo hacen?

El celular repica mientras se almuerza y el monitoreo de la pantalla del móvil interrumpe la conversación del día a día, la fluidez de lo cotidiano. Sin ganas o paciencia para dialogar u ocuparse de los niños, suele pasarse al grito o al golpe. Se confunde la necesaria firmeza del límite con el estallido temperamental, el insulto y el desprecio. Para muchos adultos resulta hoy muy difícil tener una relación cara a cara con sus propios hijos. Hay distancia donde debe haber intimidad y “proximidad” y “conexión” donde no es necesario.

El mundo es un gran conventillo

No sólo padecen los malhumores cotidianos y estas nuevas ausencias, sino que también son expuestos, dibujados a gusto de sus progenitores, en las redes sociales, otro espacio donde mucho adulto se refugia para vivir su propia fantasía, navegar en el crucero del amor o multiplicar sus fastidios y repartir sus ofensas.

Los niños y niñas que nacen hoy, son presentados (exhibidos) al mundo en Facebook, recién salidos del canal de parto como el pequeño Simba del Rey León, ante la gran tribu. Luego, sin su consentimiento, se deja un registro cotidiano de su infancia y, lejos de conservar para ellos y su futuro algo de intimidad, se riega con sus fotos el mundo virtual. Una vida narrada que parece ser mucho más linda que la real, sin que quienes deben cuidarlos se preocupen de trivialidades como la privacidad. Muchos padres y madres ignoran, por ejemplo, que las redes de pedofilia se nutren de sus inocentes fotos.

Y, ¿quién les pone límites -no a los niños, sino a sus padres- que hacen de sus vidas un espectáculo?; ¿qué quedará para su futuro, cuando su vida esté, completa y fragmentada, en internet para que cualquiera la edite como quiera?

Justo al lado de estos niños “muy amados”, idolatrados y ensalzados (hiperrealizados, dice un autor), hay otros, generalmente ajenos, a los que muchos consideran desechables, descartables.

Opinando de todo y contra todos: la shitstorm (tormenta de mierda/indignación)

Los medios de comunicación, que admiten cada vez más la participación de propios y ajenos mediante foros de opinión o espacios para comentarios (con o sin moderador) y la ampliación de las redes sociales alimentan y estimulan la crueldad de esa bestia insaciable y veleidosa a la que llamamos opinión pública.

Cualquiera tiene una opinión, sobre fútbol, educación, tarifas de taxis, comidas y sexo. Y en la simetría de las redes, donde todos somos iguales, da lo mismo un burro que un gran profesor. Es lo mismo alguien que tiene la autoridad que da el saber que un vociferante opinador serial que registra sus flatulencias mentales ante cada tópico. Impelidos a opinar, solo un pequeño porcentaje refleja sensatez, empatía y racionalidad, aporta o suma puntos de vista, debate o utiliza argumentos y no agravios, mantiene una visión coherente y se niega a sumarse a la horda linchadora.

El cotorreo incesante, la verborragia virtual, la autoexhibicion son la norma; el que no da un like o comenta periódicamente, desaparece, se desvanece en un mundo en donde hay que opinar para existir, no importa saber, entender, comprender, ponerse en el lugar del otro, pensar, reflexionar, sino comportarse como un guanaco que ha sido provocado y lanzar el escupitajo virtual. Herir a los demás, ¿a quién le importa?

La ausencia de moderación, de prudencia y de simple humanidad que ostentan algunos opinadores en estos nuevos espacios de comunicación (muchas veces vertederos cloacales de comentarios que la gente eructa, sin pudor alguno), se incremente con el anonimato que permite dar rienda suelta a la bestia vociferante que duerme en el corazón de cada uno: la ignorancia, la pedantería, el prejuicio, el odio, el racismo y todas las formas oligofrénicas de aborrecimiento hacia el otro.

El odio de adultos perturbados

Hay que tener estómago blindado para leer los foros de opinión cuando hay una noticia que involucra a niños, niñas o adolescentes; cuando se habla de ellos, de todos para no escaparle, como si fueran basura, desechables, “lacras” y se confunde juventud con delincuencia. Adultos violentos al fin, que creen que hay seres humanos descartables y que la tarea que nos corresponde con los pibes, educar, requiere maltratar, humillar, avasallar y herir. Pero mucho más duele cuando uno sabe que ellos lo leen. Leen como sus vidas, sus familias, sus experiencias son sumariamente tiradas a la basura; leen que hay una horda de gente que los odia y la sociedad se les echa encima como un perro rabioso.

Cada noticia sobre niños, niñas y adolescentes desata una shitstorm; la plebe clama exterminio, látigo, mano dura, castigos ejemplares y ejecuciones para ellos, cuando precisamente quienes escriben con la boca llena de espuma son muchos de los que ladran y golpean a los maestros, compran la educación como una mercancía o han resignado sus responsabilidades como adultos, como miembros de una comunidad responsable de “todos” los pibes, más allá de los imperfectos que cada uno tiene en casa. Alguien capaz de educar a un hijo como persona de bien no se rebaja a esto.

Ese odio encarnizado hacia niños, niñas y adolescentes ajenos (los propios son simpre perfectos) es un escenario horroroso en el cual hay que seguir educando; nadie parece entender que es de necios creer que se puede sembrar desprecio y cosechar respeto; maltratar y pretender buen trato.

Alegría, respeto y buen trato

Los cascotes de mierda que cada tanto nos tiramos los adultos entre sí caen sobre los más jóvenes de la sociedad, para peor ejemplo y para apestar sus vidas. El malhumor, la irritabilidad, el enojo, la protesta y la queja como formas de vida, y la creciente adicción de los adultos a las redes y espacios virtuales de opinión, como sus vociferantes y masivos desprecios, los van dejando cada vez más solos. Adultos impacientes, impulsivos, hostiles, llenos de bronca, no son el mejor ejemplo de vida (¿y luego nos soprendemos?). Con sus frustraciones y enojos van alejando las posibilidades de diálogo, minando la alegría y las ilusiones infantiles, las esperanzas de los jóvenes y su deseo de superación. Y no hay cajita infeliz que pueda borrar el gesto adusto y el hastío, el descrédito y el maltrato, ni que pueda ser salvada con la atención puesta en sacarles fotos “mononas” para el face.

No se trata de construirles un Disney para que sean felices artificialmente; sólo necesitan consideración, esperanza y una sana autoridad de parte de adultos maduros que quieran ejercerla, presentes y disponibles. Tampoco que les compremos una vida en una burbuja, sino, simplemente, que tengamos la deferencia de no contaminar su infancia con la locura social que nos desborda. Sería bueno que no nos quejemos de los niños y adolescentes que supimos conseguir, pues como adultos, somos responsables de gran parte de lo que son y de lo que hacen.

Para los niños, el respeto, la disponibilidad y la alegría son tan necesarios como el pan, como el agua; el humor, la risa y el buen trato como respirar.

Mónica Coronado.

Opiniones (2)
20 de octubre de 2017 | 10:11
3
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20 de octubre de 2017 | 10:11
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  1. Muy buena reflexión!!! Excelente nota!!!
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  2. 100% de acuerdo. Los niños/adolescentes de hoy son el resultado de los adultos que somos. Los chicos quieren y necesitan padres, ni compinches ni sargentos.
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