opinión

Una ecología integral

La encíclica papal desde una mirada religiosa.

Una ecología integral

Ver, pensar y actuar son tres momentos fundamentales de la visión ecológica ofrecida por el papa Francisco en su encíclica Laudato si. Considerados los tres momentos en su unidad, podemos decir que no se trata solo de un modo sistemático para encarar el clamor del planeta y el grito de los pobres. Los 246 párrafos del documento están hilvanados por un talante, por un modo de estar en la realidad caracterizado por la capacidad de dejarse afectar por los principales desafíos del mundo (salir de nuestra indolencia), por la actitud de honradez ante lo real (partir de lo que realmente son las cosas) y por el compromiso de impulsar aquellos cambios que nos lleven a más justicia, equidad y cuidado de la vida. Sobre esto último queremos detenernos en este comentario.

La propuesta del papa, como re-acción ante la vida amenazada o destruida, se denomina “una ecología integral”, que incorpora claramente las dimensiones humanas y sociales del problema. El supuesto del que parte la encíclica es que, dado que todo está íntimamente relacionado y que los problemas actuales requieren una mirada que tenga en cuenta todos los factores de la crisis mundial, es fundamental buscar soluciones integrales que consideren las interacciones entre los sistemas naturales, y entre estos y los sistemas sociales. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. En consecuencia, se requiere una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza. En otras palabras, se trata de llevar a la práctica una ecología económica, social, cultural y de la vida cotidiana. ¿De dónde surge su necesidad, cómo se definen y qué tipo de vínculos mantienen? Veamos.

De acuerdo al documento, es necesaria una ecología económica que asuma como parte constitutiva del proceso de desarrollo la protección del medioambiente. También se rescata la perspectiva del humanismo, que de por sí convoca a los distintos saberes, incluido el económico, hacia una miradas más integral e integradora. Es vital, además, una ecología social, entendida como la salud de las instituciones, un requisito para el buen funcionamiento de la sociedad. Todo lo que las dañe entraña efectos nocivos, como pérdida de libertad, injusticia y violencia. Por otro lado, junto con el patrimonio natural, hay un patrimonio histórico, artístico y cultural, igualmente amenazado. Es parte de la identidad común de un lugar y una base para construir una ciudad habitable. No se trata de destruir y de crear nuevas ciudades supuestamente más ecológicas, donde no siempre se vuelve deseable vivir. Hace falta incorporar la historia, la cultura y la arquitectura de un lugar, manteniendo su identidad original. Por eso, la ecología también supone el cuidado de las riquezas culturales de la humanidad en su sentido más amplio. Es la cultura no solo en el sentido de los monumentos del pasado, sino especialmente en su sentido vivo, dinámico y participativo, que no puede excluirse a la hora de repensar la relación del ser humano con el ambiente.

Asimismo, es fundamental propiciar una ecología de la vida cotidiana. Es decir, para que pueda hablarse de un auténtico desarrollo, habrá que asegurar que se produzca una mejora integral en la calidad de vida de las personas, y esto implica analizar el espacio donde transcurren sus existencias. Los escenarios que nos rodean influyen en nuestro modo de ver la vida, de sentir y de actuar. Ahora bien, ¿cómo hacer posible estos distintos escenarios ecológicos que posibiliten un cambio de rumbo? Enunciemos algunas de las líneas de orientación y acción sugeridas en el texto papal.

Necesidad de un proyecto común. Según la encíclica, desde mediados del siglo pasado, y superando muchas dificultades, se ha ido afirmando la tendencia a concebir el planeta como patria y la humanidad como pueblo que habita una casa de todos. Pero un mundo interdependiente no solo implica que las consecuencias perjudiciales de ciertos estilos de vida, producción y consumo nos afectan a todos, sino principalmente procurar que las soluciones tengan una perspectiva global y no solo en defensa de los intereses de algunos países. La interdependencia nos obliga a pensar en un solo mundo, en un proyecto común. Para afrontar los problemas de fondo, que no pueden ser resueltos por acciones de países aislados, es indispensable, dice el papa, un consenso mundial que lleve, por ejemplo, a programar una agricultura sostenible y diversificada, a desarrollar formas renovables y poco contaminantes de energía, a fomentar una mayor eficiencia energética, a promover una gestión más adecuada de los recursos forestales y marinos, a asegurar acceso universal a agua potable.

La reducción de gases de efecto invernadero requiere honestidad, valentía y responsabilidad, sobre todo de los países más poderosos y más contaminantes. El papa recuerda que la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible, denominada Rio+20, emitió una extensa declaración final, pero las negociaciones internacionales no han avanzado significativamente. Y explica que la causa de ese estancamiento está directamente vinculada a las posiciones de los países que privilegian sus intereses nacionales sobre el bien común global. El obispo de Roma advierte que los que sufran las consecuencias de lo que ahora se intenta disimular recordarán esa falta de conciencia y de responsabilidad. Asimismo, señala que los creyentes no podemos dejar de pedirle a Dios por el avance positivo en las discusiones actuales, de manera que las generaciones futuras no sufran las consecuencias de imprudentes retardos.

Los países pobres necesitan tener como prioridad la erradicación de la miseria y el desarrollo social de sus habitantes. Y en cuanto a sus responsabilidades ambientales, se pide analizar y frenar el escandaloso nivel de consumo de algunos sectores privilegiados y controlar mejor la corrupción. También se les pide desarrollar formas menos contaminantes de producción de energía, pero para ello se requerirá contar con la ayuda de los países que han crecido a costa de la contaminación actual del planeta. El aprovechamiento directo de la abundante energía solar supone que los países en desarrollo puedan acceder a transferencia de tecnologías, asistencia técnica y recursos financieros, pero siempre prestando atención a las condiciones concretas, ya que no siempre es adecuadamente evaluada la compatibilidad de los sistemas con el contexto para el cual fueron diseñados.

En fin, en este compromiso colectivo y universal por la consecución de una ecología integral, Francisco propone retomar el desafío planteado en la Carta de la Tierra en los siguientes términos: “Como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo […] Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida”.

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