opinión

Dilma y el PT ante una crisis impredecible

Dilma debe enfrentar un cóctel explosivo: oposición en la calle y el Congreso.

Dilma y el PT ante una crisis impredecible

 La coalición de gobierno que desde hace doce años está en el poder en Brasil tambalea. El PMDB, principal aliado del PT, se aleja, todos los días, un poco más del proyecto político que inauguró Lula en el 2002. Así, el gobierno de Dilma sin poder en el Congreso es rehén de su aliado, el PMDB, pero sobre todo, de la elite conservadora.

Dilma enfrenta una oposición movilizada en sectores medios y altos, al tiempo que su base de sustentación parlamentaria también se achica notablemente. Esa doble debilidad, en la calle y el palacio, deja a su gobierno a merced de las presiones de la elite, que ve en esa coyuntura una forma de lograr lo que no pudo a través de las urnas.

A diferencia de lo que ocurrió en la Argentina luego del voto “no positivo”, el vicepresidente Michel Temer, líder del PMDB, intenta por ahora mantener el equilibrio, y son los diputados y senadores de ese partido quienes llevan la voz cantante de la disidencia.

El sábado pasado, cuando se clausuraba el 5to Congreso del PT, Eduardo Cunha, presidente de la Cámara de Diputados y uno de los líderes del PMDB, escribió en su cuenta de Twitter: “Agradezco las manifestaciones de hostilidad en el Congreso del PT. Significa que estoy en el camino correcto. Me quedaría preocupado si me hubieran aplaudido ahí.”

Por si quedaban dudas de la opinión que hoy tiene al que llaman “El Frank Underwood de Brasil”, por su fama de político de raza, cercano a muchos lobbys y de ideología zigzagueante, Cunha explicitó que la alianza que gobernó durante más de una década Brasil pende de un hilo: “No veo al PMDB con el PT en el 2018. Esa alianza está agotada”.

Por estos días Cunha intenta por todos los medios sacar una enmienda constitucional que baje la edad de imputabilidad de 18 a 16 años. Algo a lo que todo el PT se opone, pero que el líder del PMDB podría aprobar junto al resto de las bancadas opositoras.

En las últimas semanas la rebelión se trasladó al Senado: el presidente del cuerpo, Renan Calheiros, también del PMDB, pero al que se contaba como un aliado menos díscolo que Cunha, pretende ingresar un proyecto para dar marcha atrás con actual modelo de explotación petrolera.

Se trata de una de las leyes emblemáticas del último tramo del segundo mandato de Lula, por la cual Petrobrás pasó a tener un derecho de participación nunca menor al 30% en todas los yacimientos, dejando atrás el modelo de concesiones a privados que inauguró Fernando Henrique Cardoso en los noventa.

¿Por qué el PMDB parece decidido a marcar todas sus diferencias y poner en peligro al gobierno de Dilma, que sólo tiene 6 meses de ejercicio? ¿Por qué lo hace ahora, cuando durante por más de diez años acompañó, tal vez sin convencimiento ideológico, pero con pocas muestras de rebeldía, la política oficial dirigida por el PT?

La mejor hipótesis es que el PMDB, partido centrista y de ideología difusa, entiende que toda una época de “pactos” sociales, económicos y políticos llegó a su fin. Un fin marcado por una economía que ya no crece como antes, donde los niveles de inversión privada también son decrecientes, y donde el malestar de los sectores medios y altos por primera vez se volcó a las calles.

Ante este escenario es lógico que el primer espantado sea un aliado conocido por su condición de “partido muleta”, siempre requerido para lograr gobernabilidad, pero que nunca logró poner un presidente desde el retorno democrático en 1985.

Que los gobiernos progresistas en la región atraviesan una etapa más compleja que años anteriores es un dato incuestionable. En todos los casos las economías dejaron de crecer o lo hacen muy modestamente, en todos los casos los gobiernos debieron asumir transiciones de liderazgos que, al menos hasta ahora, trajeron victorias electorales menos holgadas.

Esa coyuntura más compleja fue registrada por el olfato de las elites: en el caso de Brasil los medios de comunicación se cuentan en la primera trinchera opositora, pero sin que el gobierno haya intentado devolver el golpe con una ley de medios o algún tipo de regulación. De todas formas eso es sólo el iceberg del problema.

La base social opositora que se aglutina en los sectores medios y altos de las grandes ciudades salieron en los últimos meses a gritar “fora Dilma y el PT” , cuando no “intervención ya de las fuerzas armadas”. Fue la consecuencia de una mala lectura de las anteriores manifestaciones de 2013, cuando muchos -incluso en el PT- vieron allí demandas positivas que venían a mostrar el avance social de los pobres y las capas medias-bajas.

No se trataba de eso, sino del inicio de una recuperación del músculo opositor, social y político, que se hartó de perder elecciones y vio en las calles y la acción directa una forma de transitar el disgusto que le producían las urnas.

Esa recomposición opositora era, tal vez, inevitable dada la duración del proyecto político del lulismo y la imposibilidad, en una economía estancada, de seguir conformando a todos por igual.

Lo que sí descubre como novedad la crisis actual son las profundas falencias de la construcción de gobernabilidad del PT, luego de más de una década en el poder. Contar con tan sólo 70 diputados sobre 513 y 18 senadores sobre un total de 81 deja a las claras la debilidad estructural del partido de gobierno. Y es allí donde se vuelve imprescindible la alianza con el PMDB.

El 5to Congreso del PT mostró, además, que en el camino el partido de izquierda más grande del continente dejó en sordina sus alianzas sociales con los sindicatos tradicionales, pero también con los movimientos sociales. Incluso la propia militancia partidaria expresó en el Congreso un sentimiento de desapego y desazón con el partido. Tal es así que el propio Lula se refirió con nostalgia a la militancia de los años 80 y 90, es decir, antes de la llegada al gobierno, como una era de oro, con más mística y participación que la actual.

En definitiva, Dilma, Lula y el PT se encuentran ante un escenario complejo, donde decisiones tomadas mucho tiempo atrás aparecen, en esta coyuntura compleja, cobrándose su peso.

Aún con el posible regreso, siempre en gateras, de Lula para las próximas elecciones presidenciales, la incógnita del PT pasa por cómo sobrevivir a un Congreso cada vez más opositor, donde es franca minoría y una calle que, por impericia o desidia, entregó a sus adversarios.

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22 de agosto de 2017 | 12:00
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