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La laicidad escolar otra vez en peligro

Los sectores más progresistas de la comunidad educativa y la sociedad civil debieran reaccionar, y con presteza.

La laicidad escolar otra vez en peligro

Vuelve a zozobrar en Mendoza, por enésima vez en estos últimos tres años de aguas inquietas, la laicidad escolar. Poca vigencia efectiva hoy tiene, es cierto. Pero corremos el riesgo de que pronto, muy pronto, se debilite aún más. Siempre se puede estar peor (la experiencia histórica lo ha probado demasiadas veces), y sería necio no hacer nada para evitarlo.

Los sectores más progresistas de la comunidad educativa y la sociedad civil debieran reaccionar, y con presteza. Nada bueno cabe esperar del silencio y la inacción. La Constitución Provincial, los derechos humanos y la civilidad democrática están en juego.

La mentada neutralidad religiosa de la enseñanza pública –uno de los pilares del sistema educativo que nos legaron, entre otros, Domingo Faustino Sarmiento y Emilio Civit– nuevamente está en peligro. El oficialismo ha conseguido esta semana que se desarchive el proyecto de Ley Provincial de Educación –que obtuvo media sanción a fines del año pasado–, en vistas a que sea urgentemente aprobado por el Senado, donde tendría quórum. Y dicho proyecto incluye las funestas modificaciones al art. 7 hechas en diciembre de 2014 por presiones de la Iglesia católica y sus estamentos más integristas, cultores pertinaces de la política de intrigas y el lobby entre bambalinas, poderes fácticos que se arrogan un poder de veto de dudosa vocación republicana.

¿Qué decía originalmente el art. 7? Cito textualmente: “El Estado provincial tiene la responsabilidad principal e indelegable de proveer una educación gratuita, laica, obligatoria, integral, permanente, inclusiva y de calidad para todos sus habitantes, garantizando la igualdad de oportunidades, posibilidades y equidad en el ejercicio de este derecho, con la participación de la familia y del conjunto de la sociedad”. Excelente prescripción, clara, concisa, categórica y pletórica de espíritu democrático.

¿Qué dice ahora, tras la claudicante enmienda in extremis aprobada por la Cámara de Diputados el pasado 29 de diciembre? “El Estado provincial tiene la responsabilidad principal e indelegable de proveer una educación gratuita, laica, obligatoria, integral, permanente, inclusiva y de calidad para todos sus habitantes. Reconocerá y respetará la libertad religiosa y los valores trascendentes de nuestra cultura, y garantizará la igualdad de oportunidades, posibilidades y equidad en el ejercicio de este derecho, con la participación de la familia y del conjunto de la sociedad”. Lamentable modificación, redundante, confusa, contradictoria y, por sobre todas las cosas, funcional a los intereses retrógrados del oscurantismo clerical.

Aunque la nueva redacción sigue incluyendo la palabra “laica” –es decir, estableciendo que la educación estatal debe ser aconfesional o neutral en materia religiosa–, también contiene el agregado de que el Estado provincial “reconocerá y respetará la libertad religiosa y los valores trascendentes de nuestra cultura”. Lo primero no deja de ser tranquilizador hasta cierto punto, ya que, como se recordará, hubo serios intentos de eliminar aquel adjetivo «impío» y «blasfemo» (cfr. mi columna La última cruzada contra la escuela pública laica, www.mdzol.com/nota/569452). Pero lo segundo, en cambio, resulta muy inquietante, y demanda con urgencia nuestra atención.

No vaya a creerse que se trata de una adición inocente, irrelevante, inofensiva. Entraña graves consecuencias de cara al futuro. Tal agregado, habida cuenta su inoportunidad y ambigüedad manifiestas, no hará otra cosa más que favorecer a quienes, desde premisas fundamentalistas contrarias a la democracia y los derechos humanos, y en aras de conservar sus vetustos privilegios confesionales, pretenden sembrar la confusión en torno al verdadero significado y alcance del principio de laicidad de la educación estatal; principio que hoy, como es de público conocimiento, ya sufre todo tipo de transgresiones y menoscabos en la práctica cotidiana por acción u omisión de la DGE (exhibición de crucifijos en aulas, presencia de íconos marianos en los patios de las escuelas, actos religiosos del Patrono Santiago y la Virgen del Carmen, misas de colación, bendiciones de banderas, rezos de acción de gracias con la copa de leche, boicot a la educación sexual, etc.).

El legítimo derecho constitucional de libertad religiosa ya estaba debidamente garantizado –como corresponde– en el art. 242 de la ley relativo a los derechos estudiantiles (inc. c), así como en el art. 178 concerniente a las obligaciones del magisterio (inc. c). No había, por ende, ninguna razón valedera para incurrir en una redundancia tan contraria a la práctica legislativa y los usos del derecho parlamentario; por lo que cabe suponer, habida cuenta los antecedentes (cabildeo clerical de la Mesa de Encuentro por la Educación de Mendoza, presiones de la corporación eclesiástica, pronunciamiento del gobernador contra la laicidad escolar, vaivenes camaleónicos en la línea discursiva de la Bicameral de Educación, etc.), que dicha desprolijidad respondería a segundas intenciones, concretamente, al deseo de apaciguar o complacer a los sectores más fundamentalistas del establishment católico local, cuya interpretación de la libertad religiosa es, como se sabe, harto arbitraria y tendenciosa, dado que conciben su ejercicio de modo exclusivista y supremacista, en abierto antagonismo con la libertad de conciencia de las minorías religiosas y seculares, y a contramano del principio republicano de igualdad ante la ley.

Por otra parte, la exigencia de que el Estado provincial debe, en la enseñanza que imparte por sí mismo en sus colegios, no sólo respetar, sino también reconocer “los valores trascendentes de nuestra cultura”, favorecerá indudablemente –dada la ambivalencia del concepto de trascendencia–, las interpretaciones capciosas del integrismo católico, empeñado en hallar grietas que le permitan recatolizar la educación pública de nuestra provincia, retrotrayéndola a la dictadura de 1943-46 y los años del primer peronismo. La palabra “trascendente” tiene, además de su sentido genérico de uso corriente, un sentido más específico en el campo de la metafísica, y este segundo sentido –como opuesto a inmanente– tiene una clara connotación religiosa, incompatible con la laicidad que se proclama en el mismo art. 7. Hablar de valores “trascendentes” es postular una axiología de origen y fundamento supramundanos, lo cual supone marginar de la identidad cultural mendocina no sólo a las personas agnósticas y ateas, sino también a quienes profesan religiones panteístas (culto a la Pachamama, budismo, etc.).

En base a estas consideraciones, sería indispensable que el Senado provincial, cuando dé tratamiento al proyecto, restablezca la redacción anterior del art. 7, conforme a la letra y el espíritu laicos de la Constitución de Mendoza, que desde 1900 garantiza la neutralidad de la enseñanza pública en materia de credos. El art. 212 (inc. 1) de nuestra carta magna no deja margen para dudas y equívocos: “la educación [estatal] será laica, gratuita y obligatoria” (para mayores precisiones, véase mi artículo Por qué la Constitución de Mendoza es laica, www.mdzol.com/opinion/536650).

Otra alternativa valedera es la que ha sugerido el Encuentro Laicista de Mendoza (ELM). Esta multisectorial de organizaciones apartidarias y personas independientes que bregan por un Estado provincial plenamente laico, propone una nueva enmienda al art. 7, una redacción alternativa superadora. Hela aquí: “El Estado provincial tiene la responsabilidad principal e indelegable de proveer una educación gratuita, laica, obligatoria, integral, permanente, inclusiva y de calidad para todos sus habitantes. Respetará la libertad religiosa de las personas creyentes –de todos los credos– y la libertad de conciencia de las personas no creyentes, reconocerá los valores humanistas y democráticos de nuestras culturas, y garantizará la igualdad de oportunidades, posibilidades y equidad en el ejercicio de este derecho, con la participación de la familia y del conjunto de la sociedad”.

Nuestras culturas y no “nuestra cultura”. Sabia corrección. Con ella se quiere destacar que Mendoza es plural, que alberga en su seno minorías religiosas y seculares que no profesan el credo católico-romano (iglesias evangélicas, comunidad judía, colectividad musulmana, personas agnósticas y ateas, etc.), que la mendocinidad –si se me permite el neologismo– es un mosaico de identidades y no una identidad homogénea o uniforme monopolizada por la derecha ultramontana e hispanista. Menos exclusivismo, más inclusividad.

La sociedad mendocina del siglo XXI ya no es unánimemente católica como en los lejanos tiempos de la Colonia. Por obra de múltiples procesos histórico-culturales que aquí no me es posible detallar (modernización, secularización, inmigración, laicización, etc.) el escenario de creencias religiosas y filosofías de vida se ha complejizado notablemente. Así lo ha demostrado muy recientemente la encuesta realizada por especialistas de la UNCuyo y el INADI para el Mapa de la discriminación en Mendoza, 2013-2014. De acuerdo a dicho sondeo, las minorías no católicas de Mendoza ascienden ya al 26% del total. Por otra parte, dentro de la población católica de Cuyo, la gran mayoría no es practicante, tal como lo ha probado hace pocos años la Primera encuesta sobre creencias y actitudes religiosas en Argentina, realizada por el prestigioso sociólogo del CONICET Fortunato Mallimaci y su equipo de colabores.

Doy un paso más en el esfuerzo por contextualizar y fundamentar sociológicamente mi preocupación: en Mendoza, la discriminación religiosa dista de ser un flagelo imaginario. De acuerdo al precitado Mapa, el 17% de las personas encuestadas considera que en la provincia se discrimina mucho por cuestiones de credo; y el 22%, bastante. Vale decir que el 39% de la población mendocina visibiliza como un problema no menor la discriminación por motivos religiosos. A esto, sumémosle otro dato de inmensa significación: en una variada lista de opciones –que incluye a las discotecas, la televisión, las comisarías, la calle, los comercios y shoppings, las empresas, las revistas, las oficinas públicas, los hospitales, el Poder Judicial, los diarios y la radio–, la escolaridad es señalada como el ámbito de mayor discriminación.

Queda claro, pues, que no estamos discutiendo sobre el sexo de los ángeles. Aunque algunos quieran hacernos creer lo contrario, el laicismo escolar no es algo pasado de moda. No representa una «ideología decimonónica obsoleta». Su ideario sigue teniendo plena vigencia. Nada lo prueba más que el odio encarnizado que le profesan sus detractores.

Lamentablemente, el Mapa no brinda información desglosada sobre los motivos de discriminación en los colegios estatales de nuestra provincia. Pero resulta lícito pensar, a la luz de los datos mencionados en el penúltimo y antepenúltimo párrafo, y de muchos testimonios que he recogido durante estos últimos años (testimonios de estudiantes, docentes, padres y madres pertenecientes a las minorías no católicas), que los motivos religiosos existen, y tienen peso.

¿Deberíamos sorprendernos? Una escolaridad estatal atestada de concepciones y prácticas tributarias de lo que el historiador Loris Zanatta ha denominado mito de la nación católica (mito esencialista y excluyente forjado por el revisionismo histórico de derecha durante el período de Entreguerras para negar la riquísima herencia liberal de nuestro país), es una escolaridad estatal que fomenta de facto la discriminación religiosa. La fomenta porque coadyuva a su naturalización, legitimación y reproducción. Por imposición de la DGE, las escuelas públicas de Mendoza deben honrar al Patrono Santiago y la Virgen del Carmen; y con su anuencia, muchas siguen exhibiendo crucifijos (a menudo netamente católicos, puesto que muestran la figura doliente de Jesús, una representación que las confesiones cristianas protestantes rechazan por considerarla pecado de idolatría) e íconos marianos en sus aulas y patios, bendiciendo sus banderas, organizando misas de colación, instando a sus estudiantes a que recen antes de la copa de leche –conforme a fórmulas privativas del dogma católico–, y permitiendo que los curas párrocos interrumpan las clases de 4º grado de la primaria para promocionar la catequesis y primera comunión, entre otros atropellos.

Si acostumbramos a nuestros niños y niñas a identificar de modo brutalmente reduccionista la cuyanidad con la tradición hispanocatólica de raigambre colonial, marginando de dicha identidad colectiva a las tradiciones previas, paralelas y ulteriores (pueblos originarios, liberalismo, masonería, izquierdas, feminismo, iglesias evangélicas, judaísmo, islam, etc.), no podemos esperar que de grandes respeten y valoren la diversidad cultural. Se cosecha lo que se siembra. Y si sembramos el mito esencialista, autoritario y excluyente de la nación católica, de una argentinidad pre-republicana y meta-republicana, de un «Ser nacional» remedo del Volksgeist, mito contra el que se siguen acumulando más y más pruebas refutatorias (por ej., el profundamente renovador y excelentemente documentado libro de Roberto Di Stefano Ovejas negras: historia de los anticlericales argentinos), no pretendamos luego cosechar una ciudadanía orgullosa de su interculturalidad. Ampliaré esta argumentación en Laicidad escolar y tradiciones inventadas, un artículo que saldrá publicado mañana (domingo 7/6) en el semanario digital La Quinta Pata.

Lejos de «flexibilizar» la laicidad escolar, lo que hay que hacer es reforzarla, implementarla a fondo, llevarla a su máxima expresión. No basta con que el Estado provincial no imponga ningún credo, ni oficialmente, ni oficiosamente. Es preciso también que no privilegie ninguno, sea minoritario o mayoritario, cuestión clave que abordé tiempo atrás en mi columna La escuela pública mendocina y la «aparta de ovejas»: la DGE contra Sarmiento y la laicidad (www.mdzol.com/opinion/547463), texto de coyuntura inspirado en otro anterior –más teórico– intitulado Estado laico y civilidad democrática. Resulta imprescindible, por lo tanto, depurar a la educación estatal mendocina de sus concepciones y prácticas confesionalistas, rémoras de los capítulos más sombríos de nuestra historia provincial y nacional.

Por su andadura histórica y su realidad presente, Mendoza es diversa. Y sus escuelas públicas también lo son. Debiéramos aceptarlo, y más aún, aprender a valorarlo. La diversidad cultural no es una monstruosidad. Es un don. Y ese don, para manifestarse en toda su plenitud, requiere de ciertas condiciones jurídico-políticas. Una de ellas, y no precisamente la menos importante, es la laicidad de la educación pública. Defendámosla. Hoy está en peligro.

Opiniones (9)
18 de noviembre de 2017 | 02:23
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18 de noviembre de 2017 | 02:23
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  1. Es simple... si Mare tiene razón, ¿como es que hasta los que con mucho esfuerzo pagan la cuota de una escuela privada, se han ido de la pública? ¿Cómo es que sólo ha quedado en la escuela pública?... los que no estudian; los que se la pasan en el gabinete y del gabinete a la OAL; los que son judicializados; los que estuvieron en el ex Cose; los que tienen tantas inasistencias que los docentes no los conocen; los que entran a vender droga; los que van sólo a comprar y consumirla; cómo es que hay que escudriñar hasta en los años del básico, para encontrar alguien que medianamente pueda portar la bandera nacional en un acto como abanderado provisorio; cómo es que terminan en las públicas todas las embarazadas de secundario; cómo es que por curso hay un líder que los controla políticamente y lleva datos a la autoridad de la escuela? ¡Si no fuera que no es así!, parecería que las públicas han terminado siendo, una cantera para la política gubernamental.- Lo que es monstruoso Mare (según su palabra), es que la escuela pública no tenga alumnos y se haya transformado en un retén de gente diversa, (como usted dice), que los demás padres y propios alumnos se les alejan, yéndose a las privadas no por la religiosidad precisamente, sino para alejarse de lo que ellos no hacen y sí representan.- Cambiando de tema, no me molesta que Mare sea ateo o no, es su problema, lo que sí incomoda es que escriba desde un lugar creyendo ser dueño de la razón y use como aval a Sarmiento, que las primeras tres maestras que trajo, eran de E.E.U.U. de escuelas privadas. ¡Y..... definitivamente, no tiene la razón! ¿Saben porqué? Porque no sabe nada de la escuela pública, menos aun de la privada y de catolicismo... reprobado!!!.- Sr. Mare, muchos hemos publicado a costo y por encargo editorial y no por eso lo usaremos de caballito de Troya en cada oportunidad que nos convenga. Es muy fácil y barato, publicar desde una investigación o la universidad, mientras otro pague!!! ¿Tiene idea del costo de editar diez mil ejemplares? En la vida real... digo.- Debe comprender, que la gente toma las decisiones como cree mejor, y en este caso, no puede ser que miles de padres hayan saturado la enseñanza privada y hayan quedado vacías las escuelas públicas. Eso... sin importarles perder el desayuno, la colación, la merienda, el abono, los útiles, los libros, la nota regalada, lo que destruyen y nadie les pide que restituyan, lo que roban, las net-books, las becas a los que no estudian, los planes sociales por asistencia, etc.- Mare, entienda que a esa gente que no le molesta un padre nuestro al día y una misa al mes, mientras sus hijos salgan sabiendo, educados, con disciplina, con aprendizaje de normas y respeto y con mediana preparación para el siguiente paso que puede ser un trabajo o la universidad.- Si su preocupación fuera seria, debiera preocuparse por mejorar la educación y disciplina en las escuelas públicas, restablecer el concepto de ir a estudiar, que los padres de esos alumnos no vayan a golpear a los docentes, y en definitiva... que aprendan y que la escuela no es una guardería para gente que los manda para sacarse de encima a cada uno de ellos.-
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  2. No se trata de la "imposición" que hace la Iglesia a un ente del Estado que debe ser laico, sino de amordazarla para que no reclame. Esta editorial lo que busca es taparle la boca a la nueva perseguida: a la Iglesia. Lo que quiere es hacerla invisible, quiere eliminarla del debate que debe darse. Busca imponer una nueva forma de entender la educación que deja demasiado que desear, busca devaluar la educación a su propio y devaluado tamaño, para no aceptar que sus criterios y valores están por definición devaluados. Esta editorial es el equivalente retórico de los linchamientos medievales, persiguiendo con palos y antorchas a la nueva perseguida. Es una nueva cacería de brujas que opera en un contexto intelectual, que niega la cultura de la mayoría, como si validar el derecho de las minorías significara eliminar la tradición y la cultura de nuestro pueblo. Como si un crucifijo dentro de un aula fuera "la nueva herejía" en contra de la sacra modernidad, como si nuestra cultura fuera Drácula. Esta persona no está viendo fantasmas, está tratando de crearlos: quiere hacer ver a la Iglesia como un monstruo siniestro que opera en las sombras. Quiere que los decididores de turno puedan hacer lo que se les de la gana con la educación de nuestros hijos. Esta persona es miope e ignorante, porque habla de preceptos y creencias que profesa la Iglesia Católica que no son así. No conoce lo que enseña la Iglesia, pero él opina: y lo peor es que opina a sabiendas de su profunda ignorancia, y opina porque su soberbia lo obliga a desplegar su potencial dialéctico. Pero en el fondo sólo quiere amordazar un reclamo justo, porque si los portavoces del poder del Estado quieren que la Escuela enseñe que usar pollera es lo mismo que usar calzoncillos, alguien seguramente va a salir a debatir esta novedosa forma de ver y de pensar. Si la brutalidad y la falta de inteligencia se apoderan de la educación nuestra voz también debe ser escuchada y si es la Iglesia la que toma la iniciativa, pues dejen de perseguirla y mejor escuchen porque cuando la Iglesia habla es porque hay algo que debe ser oído.
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  3. Para jcglsl... estàs discriminando con *tu problema es que eres ateo*...
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  4. Hace 100 años se estableciò que la escuela pùblica debìa ser laica... es lo que corresponde ... y lo que entendieron don Domingo Faustino Sarmiento a nivel nacional y don Emilio Civit a nivel provincial... ahora en lugar de hacer hincapiè en que se cumpla debidamente y al pie de la letra con lo que manda la constituciòn -todos sabemos que ahora no ocurre- se intenta modificarla para favorecer a la iglesia catòlica...un retroceso inconcebible... si a algunos alumnos les interesa la religiòn, cualquiera sea, tienen otros àmbitos a donde concurrir amèn de la familia por supuesto... no logro entender la necesidad de los legisladores de apoyar aùn màs a la religiòn catòlica... evidentemente estamos retrocediendo a grandes pasos... me pregunto: si tuvièramos un gobernador no creyente, puede ocurrir, irìa con gusto a salmodiar en la procesiòn del Patrono Santiago? Idem para un director de escuela no creyente: que los hay, ¿còmo se sentirà teniendo que organizar y presenciar dos actos religiosos al año?
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  5. Yo no me considero ateo, y la verdad es que me parece muy bien lo que afirma Mare. Y no creo que este viendo fantasmas, porque yo he visto en escuelas publicas cantarle loas a la Virgen para festejar el 8 de diciembre, etc., cosa que no me parece que tengan que vivenciar alumnos de otras confesiones o de familias no creyentes. Por lo demás, la única educación que hizo progresar al país fue la de la Educación Laica, Gratuita y Obligatoria. Para lo demás, están las Iglesias, que no deben trasladar sus obligaciones al Estado. Que las Parroquias ensenen religión. Ahora, si tienen una clientela mermada, el problema es de ellas y no de la educación. Cada cosa en su lugar, como corresponde, según la Constitución Provincial.
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  6. Federico Mare.- Tu problema es que eres ateo y te escudas detrás de una ley para no ver lo que ya todos ven.- Es indudable e incuestionable, que todos los sectores sociales que han podido se han ido de la escuela laica que tu añoras a las escuelas privadas que son religiosas, excepto una que otra.- No puedes ir en contra de lo que la mayoría decide desde hace más de una década, nada más porque estás empecinado en lo contrario. Se le intenta meter a la gente el progresismo y la gente... NO ES PROGRESISTA. EXCEPTO LOS QUE VIVEN DE LOS QUE TRABAJAN, SIN TRABAJAR.- La educación pública cuando sea buena o muy buena, será lo importante, no que sea o no laica.-
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  7. mzajuan. Vos creés que es lamentable porque no lo sufrís a diario. Los que no somos católicos no tenemos por qué soportar que usen las escuelas públicas, los espacios públicos y todo lo que no les pertenece como si fuese de ustedes. Peor que eso, se creen con derecho de imponerles enseñarzas religiosas a los hijos de otra gente. Es el problema con cualquier religión mayoritaria. En otros paises el problema son los musulmanes, de este lado del planeta el problema son los católicos (si no, preguntales al puñado de descendientes de aborígenes que quedó). Podés llenar tu casa de vírgenes y santos, y eseñarle a tu hijo que si no hace lo que el cura le enseña, Dios lo va a castigar y va a arder en el infierno por toda la eternidad, pero no podés hacerlo en las escuelas públicas.
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  8. Viva la Virgen! La falta de Dios en el día a día es muy clara. Se debe empezar vivir esa alegría desde las escuelas. Enseñar sobre la diversidad cultural, no llena los corazones. Dios sí. Tengo 30 años, y lo veo como una lindísima solución.
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  9. HACES CONJETURAS DE ALGO QUE NO SUCEDE, DE ALGO ABSTRACTO QUE SOLO ESTAS IMAGINANDO. ACONSEJO QUE VISITES UN PSICOLOGO, PORQUE LO TUYO ES MUY LAMENTABLE.
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