opinión

Lo que más duele en la pobreza: la falta de reconocimiento del otro

"La pobreza no duele solamente en el bolsillo", dice el autor.

Lo que más duele en la pobreza: la falta de reconocimiento del otro

En una entrevista realizada con ocasión de la recepción del premio Príncipe de Asturias en 1998, le formularon a Muhammad Yunus, fundador del Banco de los Pobres, una pregunta muy sencilla: ¿qué le han enseñado las personas en pobreza? Ante el cuestionamiento, Yunus respondió:

“Que la pobreza no ha sido creada por ellos, ni es debida a las limitaciones de los individuos que componen esta clase social, ni está causada por la escasez de la demanda de trabajo. La pobreza la hemos creado la humanidad con nuestras políticas y teorías poco imaginativas y trasnochadas, que no contemplan las enormes capacidades que todos tenemos para cambiar las cosas y las circunstancias”.

La reflexión de esta columna está motivada por la misma pregunta. Después de tantos conversatorios realizados para el libro La pobreza en El Salvador desde la mirada de sus protagonistas, ¿qué se puede aprender de estas personas en situación de pobreza?

Que la pobreza no duele exclusivamente en el bolsillo. La pobreza hace a las personas sentirse minimizadas por la carencia de opciones y oportunidades. Que vivir en pobreza es un estado comparable con la prehistoria, donde el ser humano trata solamente de subsistir. En pobreza no existe tal cosa como “ver el pasado, para entender el presente y proyectar el futuro”. En pobreza el pasado, presente y futuro se conjugan en las carencias de ayer, la rebusca de ahora y la incertidumbre de mañana.

Y, sin embargo, ¡son personas que no se rinden! Albergan esperanza. Porque existe la ilusión de que esta situación es posible cambiarla. Es más, es posible prevenirla. Nada más cierto. Como señalaba Yunus y nos lo corroboraban las personas con las que conversamos, el problema de la pobreza es humano y está abonado por la indiferencia, que es lo que más duele en la pobreza.

Pero no somos diferentes. ¿Qué determina que unas personas sean pobres y otras no? Simplemente los vacíos en distintos ámbitos de la vida, la insatisfacción de necesidades.

Quién puede negar que no es común a todos la necesidad de un lugar dónde abrigarse (vivienda), de procurarse lo necesario para satisfacer las necesidades alimenticias (alimentación), de tener un medio que permita sentirse útiles, productivos y realizados (trabajo), de espacios donde jugar y recrearse (diversión), de disponer de un adecuado bienestar físico y mental (salud), de sentir certeza y libertad de no ser sujeto de violencia (seguridad), de tener el acceso al mundo de los conocimientos (educación), y de tener suficientes recursos económicos que faciliten el intercambio de bienes y servicios para satisfacer adecuadamente las distintas necesidades (ingreso).

¿Quién sería tan obtuso de negar esto? Dicho así, en el papel, nadie. En la vida cotidiana, con actitudes y comportamientos, muchos. Y esto, tenemos que cambiarlo. En su lugar debemos generar una suerte de “contagio afectivo” con las personas menos aventajadas de nuestras sociedades. Debemos de recuperar la capacidad humana de ponernos en los zapatos del otro. Es más, fruto del rompimiento con la impasibilidad, indiferencia y apatía ante el sufrimiento ajeno, podemos llegar a preguntarnos ¿qué puedo hacer yo para cambiar esta realidad? No es cierto que no podemos hacer nada. Lo cierto es que desde la posición que tenemos en nuestras sociedades, podemos ser protagonistas de la erradicación de la pobreza.

La aspiración de un pequeño libro como el de La pobreza en El Salvador desde la mirada de sus protagonistas, que contiene realidades que se repiten en muchos países de la región latinoamericana y de otras latitudes, es convertirse en un llamado a romper con la falta de indignación ante la injusticia y la exclusión social.

Ayúdennos a realizarlo.

(*) Jimmy Vasquez. Asesor en Políticas. Reducción de la pobreza y cumplimiento de Objetivos de Desarrollo del Milenio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo El Salvador. Publicado por Revista Humanum, del PNUD.

Opiniones (1)
15 de diciembre de 2017 | 23:36
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15 de diciembre de 2017 | 23:36
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  1. La pobreza duele... siempre duele. Más cuando uno la ve en niños que podrían ser hermosos y luego buenos hombres y resulta que a los diez años, tienen el tamaño de tu hijo de cinco. Por más que se niegue el hecho de donar sin decir de quien viene, hay lugares a los que se debe ir directamente, con cajas de mercadería y ropa, porque esos niños argentinos visten sólo lo que trajeron al mundo, unas delgadas piernas y una cabeza y estómagos inmensos, acompañados de bracitos que parecen alfileres. Con ojos grandes o pequeños, con cabello negro o casi payos, siempre la tristeza y brillo en sus ojos se sienten cuando uno los mira, casi din que se den cuenta. Esos niños argentinos que hay por muchos lugares en la argentina de hoy, son los que duele ver que sus vidas serán, si ya no es, una vida trunca por falta de alimento, ropa y amor. Cuando los visito cada vez, me digo que no volveré para sufrir y verlos sufrir. Pero es más fuerte que muchos, y volvemos a ayudar. Son niños que sus padres ni saben cuántos tienen, ni saben dónde están, sólo son niños que encuentras en la calle o en la ruta, que con sólo parar, se aparecen de pronto. Sí duele, pero uno, dos o diez de nosotros no somos la solución, ya que ayudando, lo mismo uno se siente culpable, porque no puede hacer más.- ¿Cuándo veremos que la pobreza no es culpa de nadie y es responsabilidad de todos?
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