opinión

Boca fuera de la Copa: ¿justicia o injusticia?

La eliminación punitiva de Boca ha suscitado una intensa polémica que parece no tener fin.

Boca fuera de la Copa: ¿justicia o injusticia?

Comienzo con un sinceramiento, aunque seguramente no sirva de mucho: soy simpatizante de River. Mis argumentos, por ende, jamás podrían ser neutrales o imparciales, ni pretendo que lo sean. Sin embargo, de algo estoy seguro: buenos o malos, certeros o falsos, ellos lo serán independientemente de mis intereses y motivaciones personales. Su validez dependerá exclusivamente de su consistencia lógica y basamento empírico, nunca de mis preferencias subjetivas, que no poseen ningún valor objetivo –ni probatorio, ni refutatorio–. Pensar lo contrario, creer que los intereses y motivaciones personales impiden de antemano la reflexión racional y la honestidad intelectual, es una de las tantas formas de incurrir en la falacia ad hominem, la más burda de todas las falacias.

La eliminación punitiva de Boca Juniors en los octavos de final de la LVI Copa Libertadores de América, y la consiguiente clasificación de River Plate a los cuartos de final de dicho torneo, tras los graves incidentes de violencia que ensombrecieron el último Superclásico disputado en la Bombonera, y que derivaron en su suspensión, han suscitado una intensa polémica que parece no tener fin. Polémica en la cual, como era de esperar en un país como el nuestro, las pasiones del fanatismo futbolero y los intereses particulares de los clubes involucrados han prevalecido sobre la racionalidad y ecuanimidad de la ética deportiva.

La controversia se desató no bien ocurrido el escándalo, la fatídica noche del jueves 14 de mayo, cuando aún no se sabía con certeza cuál sería la decisión de la Conmebol, ni cuánto tiempo se demoraría dicho organismo en tomarla, en un mar de dudas y especulaciones, opiniones y predicciones, informaciones y expresiones de deseo. Prosiguió durante todo el día siguiente, pese a las cautelosas y sensatas declaraciones de Arruabarrena y Angelici –y del prudente silencio de River–, fogoneada sin pausa por los rumores off the record de la prensa sensacionalista y el efecto multiplicador de las redes sociales. Y alcanzó su paroxismo el fin de semana, tan pronto como se conoció oficialmente la sanción de la Conmebol, y se supo que Boca, en un abrupto cambio de parecer, apelaría el fallo que había prometido acatar, fuera cual fuese la pena impuesta; más aún luego de que Osvaldo, echando leña al fuego, publicara un tweet calificando la eliminación de su equipo como un robo de escritorio, y a los jueces del tribunal como “mafiosos” y “caretas”.

Aunque la dirigencia xeneize ahora prefiera desmentirlo, la promesa de no apelar existió. En la mañana del viernes 15, pocas horas después del partido suspendido, Angelici había asegurado en rueda de conferencia que “vamos a hacer respetuosos de la decisión de Conmebol”, dado que, en su opinión, el Tribunal de Disciplina se hallaba en un dilema donde ninguna de las dos opciones en danza –descalificación de Boca o reanudación del partido en cancha neutral y sin público– resultaría enteramente satisfactoria. “Cualquier decisión que tome la Conmebol va a ser compleja y polémica. Cualquiera de las decisiones será difícil”, había reconocido con franqueza el mandatario boquense. Para luego acotar: “Si se decide que el partido debe continuar, parece que hay impunidad. Si se suspende y se lo dan ganado a River, quedamos rehenes de un antecedente: cualquiera va a ir a la cancha a hacer que se suspenda un partido”. Finalmente expresaría: “Esperemos que sea lo más equitativo, no queremos quedar como rehenes ni como impunes”. Había un dilema, y no lo ocultó.

Al día siguiente, sin embargo, tras conocerse el fallo, Angelici optó por decir la verdad a medias que más le convenía. Se quejó de que su club, castigado con la eliminación, haya quedado injustamente como «rehén» de un grupo minúsculo de barrabravas –que posiblemente respondería a una facción política opositora–, y lamentó que el partido no fuese reanudado, pero no hizo ninguna alusión a la problematicidad ética de su deseo: la impunidad, y las maquinaciones ventajistas que ella favorecería. El dilema seguía existiendo, pero ahora lo soslayó para llevar agua a su molino.

La polémica, que pareció amainar luego de la muy circunspecta conferencia de Gallardo el lunes 16 por la tarde, y de la ratificación del fallo al día siguiente, recrudeció imprevistamente el miércoles 20, cuando Arruabarrena rompió el silencio e hizo explosivas declaraciones contra el proceder presuntamente inescrupuloso o ventajista de River (ingreso de dirigentes millonarios al campo de juego y presentación apresurada de pruebas ante un tribunal que no las había requerido), manifestando su total disconformidad con la no reanudación del encuentro y la descalificación de Boca. Y vaya que si recrudeció: el partido River-Cruzeiro por cuartos de final, disputado el pasado jueves en el Monumental, nada ha podido aplacarla. Al contrario, fue echar sal en la herida de Boca, que todavía no se resigna del todo a los hechos consumados.

Que el partido debía quedar suspendido, tal como efectivamente sucedió –aunque por desgracia no con la celeridad y eficiencia que la situación demandaba– es algo que está fuera de toda discusión mínimamente racional. Boca lo admite sin reservas, por supuesto. No hacerlo sería un nuevo bochorno. Pero no está de más recordar que aquella noche, tanto Arruabarrena como sus dirigidos pretendieron seguir jugando el partido a como diese lugar, pretensión que luego negaron ante los micrófonos, pero que en la cancha, a la vista de todos los espectadores y las cámaras de TV, no pudieron disimular (entre otros indicios, Orión, confirmada y anunciada ya la suspensión, ordenó a sus compañeros suplentes que se retiraran del terreno de juego, y a sus compañeros titulares, que se ubicaran en sus puestos respectivos para que el partido continuase, hecho insólito cuya espectacularidad no admite ninguna coartada digna de crédito).

La magnitud del acto vandálico perpetrado por un grupo de hinchas xeneizes contra los jugadores riverplatenses al final del entretiempo, las lesiones ostensibles que varios de estos últimos sufrieron (fehacientemente comprobadas ipso facto por el médico imparcial de la Conmebol, a cargo del control antidoping, y ex post facto por una guardia hospitalaria), impedían la continuidad normal del juego. Si se lo hubiera reanudado aquella misma noche, el equipo local habría obtenido una injusta –y enorme– ventaja deportiva. El visitante habría sufrido una merma incalculable en su rendimiento, ya que cuatro de sus once futbolistas titulares, no habrían podido seguir en cancha, a no ser en pésimas condiciones físicas y psíquicas, muy por debajo del nivel que exige la alta competencia. Por lo demás, el reglamento sólo autoriza tres sustituciones por equipo, de modo que River, de haberse visto obligado a recomponer su alineación, habría tenido que afrontar los segundos 45 minutos con un hombre menos…

Lo que está en discusión es, por consiguiente, si correspondía o no reanudar el partido días después de su suspensión, en un estadio neutral, cuando los jugadores lesionados del conjunto millonario ya estuviesen repuestos de la agresión. Boca aspiraba a que la sanción fuese solamente extradeportiva (multa, inhabilitación del estadio, etc.), y que el encuentro se completase. La Conmebol, con buen criterio, resolvió lo contrario, excluyendo al equipo xeneize del torneo y otorgándole la clasificación a River.

Como reconoció inicialmente el propio Angelici, ninguna de las dos alternativas –reanudación del partido o descalificación de Boca– era una solución ideal, y otra mejor a ellas no había. Si el club de la Ribera quedaba eliminado en un escritorio y no en la cancha, se sentaría un precedente complicado de cara al futuro, pues existiría el riesgo de que, en lo sucesivo, barrabravas visitantes –o locales enemistados con los dirigentes de turno– se infiltren en los estadios y lleven a cabo fechorías de toda índole con la intención premeditada de perjudicar a los clubes anfitriones –o a sus agrupaciones oficialistas–. Pero si se completaba el Superclásico, se sentaría otro precedente no menos funesto para el fútbol argentino y sudamericano: las hinchadas (barrabravas, socios o simples simpatizantes), con o sin respaldo de sus clubes, tendrían impunidad para interrumpir los partidos de trámite o marcador desfavorable para sus equipos respectivos, con la expectativa de que su reanudación ulterior revierta el escenario adverso.

Tal expectativa no carece de fundamento: un partido reanudado días o semanas después, en circunstancias diferentes a las originales, es un partido irremediablemente desnaturalizado. La suerte podría variar, y la ventaja, cambiar de manos. Los estados de ánimo de uno y otro equipo probablemente mutarían, Arruabarrena tendría tiempo de sobra para hallar un modo de contrarrestar el eficaz planteo táctico de Gallardo, River estaría expuesto a sufrir bajas por lesión o enfermedad (de hecho, Driussi, titular en el último Superclásico, arrastra una meningitis y estará imposibilitado de jugar durante algunas semanas; mientras que Mora, pieza clave del equipo, que acusa una molestia en su rodilla izquierda, tuvo un disminuido rendimiento ante Cruzeiro, debiendo ser reemplazado en el segundo tiempo), los jugadores de Boca podrían jugar sin la presión in crescendo de un público impaciente… En fin, un sinnúmero de contingencias podría alterar el curso del partido tras la reanudación, y no sería justo que el equipo visitante que llevaba las de ganar, y que fue víctima de la agresión que motivó la suspensión, quedase eliminado por una ventaja que el conjunto local –aunque no la haya buscado ni la deseara– obtuvo extradeportivamente, merced al accionar violento de un grupo de barrabravas.

Tan injusto como que el equipo de Arruabarrena haya quedado descalificado del torneo por un acto de barbarie que no cometió –pero sí su hinchada–, hubiese sido que River, víctima principal y directa del mismo, resultara eliminado en una hipotética reanudación. Máxime teniendo en cuenta que se llevaban jugados ya 135 de los 180 minutos de la serie (un 75% del tiempo reglamentario global), y que el conjunto de Gallardo iba ganando la serie 1-0 y había conseguido neutralizar tácticamente a su rival. Un rival obligado a convertir un gol –para desempatar por penales– o más –para lograr la clasificación directa–, urgido por el reloj y la desesperación creciente de su hinchada; condicionado, además, por las cuatro amonestaciones del primer tiempo y el gol «doble» de visitante –el que no había podido hacer en el Monumental, y el que podía recibir en la Bombonera–.

En un partido de fútbol todo puede suceder, no hay dudas. Cualquier pronóstico al respecto es conjetural. Pero está claro que River estaba en situación de ventaja, tanto en lo que respecta al marcador global como en lo que atañe al trámite del juego. Reanudar el partido una semana después, con jugadores curados de sus lesiones por «hooliganismo» pero anímicamente golpeados –como se vio ante Cruzeiro–, sin el aporte de Driussi –pieza importante en un equipo que echa mucho de menos el buen rendimiento de Rojas y Pisculichi–, con un Mora no del todo recuperado, ante un Boca envalentonado por una nueva oportunidad de clasificación, revitalizado por una reingeniería táctica bien pensada y ensayada, no hubiese resultado justo. River, víctima directa y principal de la violencia extradeportiva desatada el 14 de mayo, obligado a barajar y dar de nuevo cuando sus cartas eran promisorias, podría haber perdido una serie que tenía grandes chances de ganar.

No es lo ideal que los partidos se ganen o pierdan en un escritorio, apelando a la dialéctica. Pero tampoco lo es que se los gane o pierda en la tribuna, recurriendo al vandalismo. Los escritorios están fuera de la cancha, cierto. Pero las tribunas también. Abrir las puertas a la reanudación de partidos suspendidos por graves incidentes de «hooliganismo», es conferirle de facto a los barrabravas –y a quienes los instiguen desde las sombras– un poder de veto a todas luces inaceptable, nocivo para la salud del deporte. Si se consiente en que la violencia ventajista de las hinchadas –espontánea u oficiosa– se convierta en un deus ex machina de los encuentros de fútbol, con la potestad de interrumpirlos y diferirlos según su capricho, el fútbol se pervertiría por completo, perdería su esencia deportiva.

Considerando entonces: 1) que Boca era el club anfitrión, y como tal, responsable de la organización del partido; 2) que los agresores –ya identificados– pertenecían a la hinchada local, la única presente en el estadio; 3) que el equipo víctima del ataque vandálico fue el visitante; 4) que dicho ataque constituyó algo inédito por su magnitud –no un jugador agredido sino muchos, varios de ellos titulares y al menos cuatro impedidos de seguir jugando–, hecho que ameritaba una sanción dura y ejemplar de cara al futuro; 5) que River ganaba la serie 1-0 al momento de interrumpirse el partido; y 6) que se llevaba disputado ya un 75% del tiempo reglamentario global; por todas estas razones, y aunque el conjunto de Arruabarrena no tenga ninguna culpabilidad per se en lo sucedido, lo más justo era que el encuentro no fuese reanudado, que Boca –como club participante– fuese descalificado del certamen y que el pase a cuartos de final quedase en manos de River. Por lo demás, la circunstancia de que resultase inviable una reprogramación del partido por razones de calendario (se sabía que la plena recuperación de los jugadores millonarios afectados demandaría no menos de cuatro días, comenzando a disputarse los cuartos de final en apenas seis o siete), también contribuyó al desenlace que todos conocemos, más aún dada la inminencia de la Copa América.

Por culpa de algunos de sus hinchas, de cuyo vandalismo es responsable por acción u omisión –como bien lo explicó el periodista Juan Pablo Varsky, xeneize confeso, en sus columnas–, Boca se quedó sin la oportunidad de ganar el partido en la cancha. Pero no olvidemos que también River fue privado de esa oportunidad, y que, por ende, su clasificación a cuartos de final, aunque legítima, no tuvo el brillo y el encanto de la victoria.

Indudablemente, lo ideal es que los partidos se ganen y pierdan en la cancha. Pero lamentablemente, en un fútbol enfermo como el argentino, eso no siempre es posible, y entonces hay que optar por la solución más justa, o al menos por el mal menor. Y en tales casos, es mejor que se dirima un resultado o una clasificación impartiendo justicia deportiva desde un escritorio –por muy bizantinos, casuísticos o falaces que suenen sus considerandos a los oídos del hincha fanático, siempre propenso a victimizarse y elucubrar teorías conspirativas–, que transigiendo a la violencia vandálica de la tribuna, cuyo poder de veto difícilmente sea más imparcial o equitativo que el veredicto de un tribunal. �/�Ni�

Opiniones (1)
20 de octubre de 2017 | 23:33
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20 de octubre de 2017 | 23:33
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  1. He leido la nota con atención y antes de hacer unas observaciones, quiero alcarar que soy simpatizante de Boca. Muchas de las argumentaciones que se realizan no nos estrictamente logicas, sino que, o dan por supuesto hechos o derivan de hipotesis anfibologicas y, por ello, no necesariamente llevan a concluir la justicia de la decisión tomada x la Conmebol, con precisión matematica. Ante todo, se omite referir a la ineficacia de la Policia Federal, que respondía a Berni, que no hizo nada para prevenir y menos detener el hecho. Tal Policía no responde a Boca. El hincha que realizó el acto agresivo, según informaciones dadas por la prensa, fue candidato de Ameal, quien es contrario a la dirigencia actual y además fue apoyado por el Kirchnerismo. Omite considerarse que Boca venció a River por el campeonato 2 a 0 en los últimos 10 minutos, por lo que el argumento del 75% del tiempo es incorrecto. Además, Boca estaba a un gol de penales, que en el fútbol es nada. Decir que por el juego de River Boca estaba casi condenado es olvidar la década en que Boca ganó muchísimos partidos jugando mal y siendo superado por el rival. Es decir, creo que no debe hacerse una conclusiconclusión lógica, como pretende el autor, de la sanción porque igualmente River hubiera pasado en la cancha, siquiera darlo a entender. El fallo se dio, hay que acatarlo y cumplirlo. Punto. Eso con total independencia de las creencias subjetivas de cada uno.
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