opinión

La infidelidad de los migrantes

La felicidad está en una callecita de Dorrego. No voy a dar el nombre, hay que descubrirla.

La infidelidad de los migrantes

La felicidad está en una callecita de Dorrego. No voy a dar el nombre, hay que descubrirla. Es una cuestión para investigadores privados. Pesquisantes o cazadores de casualidades.

Es domingo temprano de mañana. El sol bendice al páramo. Camino.
Caen: hojas, polvos, resuellos de los árboles.
Topar.
Doblar.

La felicidad está en una callecita perdida. El mapa no la reproduce.
Llego a la Plaza, una placita, mejor. Hay una estatua. Una escultura de Fausto Caner. Representa al Coronel Dorrego no fusilado. El pasto, los bancos, los juegos para niños. El sol. El acceso a la ruta de los camioneros. Los hoteles baratos. Los hoteles para los amantes. La terminal. Los que se van, los que vienen. El puente.

Arriba corren los autos. La plaza es un silencio. Una parada.

Un viejo. Hay un solo viejo en la plaza que me pide dos pesos. No tengo. No tengo nada en los bolsillos…pero lo escucho. Hablamos un rato. Él pide y yo escucho. Y al escucharlo, estoy pidiendo su historia. El ladrón soy yo y no los que me advierte el viejo, andan por la zona choreando celulares.

Ya lo dije: es domingo, 9 de la mañana, y en el merodeo se avista un abandono humano. Despoblación. La despoblación es un concepto cultural. Pero no quiero reparar en ello. Solo escucho al viejo. Pero el viejo no es claro, tiene pocos dientes y su lengua bailotea en su boca. No salen palabras claras. Balbucea. Pero pide dos pesos. Esa es la historia del viejo en esa plaza. Le doy un abrazo. Adiós. Adiós al mundo.

En la calle Dorrego de Dorrego, justo debajo de puente que divide, hay hedor. Música para disminuir la crisis de pánico a través de la respiración diafragmática. Uno pasa hacia Dorrego atravesando el hedor del puente y empieza la pesquisa. Creo que lo dije al principio: la felicidad está en una callecita de Dorrego, pero no voy a dar el nombre.

Un auto -Falcon modelo setenta y pico- pasa lento con dos chabones. Los vidrios bajos y la música para disminuir la crisis de pánico a través de la respiración diafragmática se escucha de los parlantes. El conductor va tomando una cerveza de litro helada. Una Heineken. Lento pasan…y yo camino.

Caen: hojas, polvos, resuellos de los árboles.

Busco calles perdidas, angostas, cortas. Con música para disminuir la crisis de pánico a través de la respiración diafragmática. Me pierdo en una de ellas. Estoy en la zona de los (in)migrantes. Donde viven peruanos, colombianos y bolivianos. Algunos más errantes que otros. Los gitanos viven hacia el sur. Aquí dominan ellos, los migrantes que la ciudad capital no quiere. Y digo “dominan” porque hay una Parroquia, “Madre de los migrantes”. Está emplazada en la zona. Es un homenaje a los sacerdotes scalabrinarios. La Congregación Misioneros de San Carlos Borromeo (más conocidos como scalabrinianos), fue fundada en 1887, por el Beato Monseñor Juan Bautista Scalabrini, destinada a ayudar a los inmigrantes y refugiados políticos. Y aquí hay una parroquia, supuestamente, para ellos.

Hay misa. La Parroquia “Madre de los milagros”esta al palo de gente. Me meto. Todo el peregrinaje reza. La gente es del barrio. De la zona. Un cura pide “solidaridad de las naciones ricas para con las naciones pobres”. El peregrinaje repite unos rezos a coro. Salgo.

Miro de lejos a la Parroquia. Como a los tristes trópicos.

Busco la música en una calle.

Busco, la callecita. Esa que no está en el mapa, y no voy a decir su nombre.
Los (in)migrantes infieles duermen. Los migrantes han abandonado su tierra. La gente de la zona se ha ido de la misa dispersa.

Éxodo. Expulsión. Refugio para los callejeros. Mendoza. Argentina. El acceso a la ruta de los camioneros. Ir.

Irse.

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18 de agosto de 2017 | 14:00
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