opinión

De Cromañón a La Bombonera

El efecto podría haber sido el mismo, pero perdimos otra vez.

Como ya nos tiene acostumbrados, el diario Clarín publicó ayer una cita de la cual no hizo responsable a nadie. “Lo que pasó fue una locura. Hoy (por ayer) caímos en la cuenta de que nos salvamos de vivir algo parecido a un Cromañón pero en una cancha de fútbol’, expresó uno de los referentes del plantel”, decía en medio del artículo “En River no se apaga la conmoción ni el malestar hacia los colegas de Boca”, y si bien será difícil dilucidar si esta frase corresponde realmente a “uno de los referentes del plantel”, hay en ella una comparación en la que vale la pena detenerse. 

En las redes sociales, mucha gente, con toda la razón, se manifestó en contra de esta frase. Y es que, por supuesto, no se puede comparar lo sucedido en el boliche de Once con lo que pasó el jueves a la noche en la cancha de Boca. 

Nadie perdió la vida en La Bombonera, no habrá un jefe de Gobierno porteño que después de esto no pueda caminar tranquilo por la calle sin que la gente lo increpe, nadie morirá en la cárcel por esto y, por supuesto, no hubo fuego. 

Pero no parecía mucho pedir que La Bombonera hubiera significado para el fútbol lo que República Cromañón significó para el rock en particular y para los espectáculos públicos en general. 

No parecía dislocado pedir que La Bombonera fuera un símbolo para combatir la violencia. Que lo que se hiciera luego de lo sucedido en la cancha de Boca marcara un norte para que el fútbol fuera un espectáculo y no un campo de batalla. Que los jugadores y los dirigentes tomaran nota de que esto pudo terminar mucho peor. Que la recaudación, los derechos de televisación, la publicidad, el poder de control sobre los millones de pesos que se mueven alrededor de este deporte no se impusieran a la vida. Que no primara la locura. 

Quienes hemos asistido a recitales desde la adolescencia sabemos qué fue Cromañón para el rock. Además de todo el dolor que significó, Cromañón fue, por ejemplo, que Divididos detuviera la interpretación de Qué tal y Mollo le dijera al pibe que encendió una bengala que se había equivocado, que eso, “lejos de ser una alegría, es una mierda”.

 

 O que el público de La Renga le cantara a coro “qué boludo que sos” a quien encendió una bengala en medio de un concierto.

  

 También fue que las puertas de evacuación permanecieran despejadas. Que los productores no sobrevendieran entradas para los recitales. Que los matafuegos estuvieran al alcance, que se previeran servicios de emergencias sanitarias y que, muy especialmente, las bandas se tengan que hacer cargo de lo que a su público pueda sucederle por negligencia de ellas o de sus productores. 

Después de Cromañón, los asistentes a cualquier recital están más seguros y ninguna banda dejó de ganar dinero, mucho menos los productores. Por todo eso, no parecía tan delirante pedir que La Bombonera fuera al fútbol lo que Cromañon fue al rock. 

Hace tiempo que el fútbol de nuestro país perdió la pulseada contra los intereses económicos y políticos. Nos quieren engañar con medidas que son placebos, como la de no permitir que las hinchadas visitantes puedan ver a sus equipos en los estadios, cuando, lo vemos más que seguido, el problema está al interior de las barras bravas. 

¿Puede más el poder de los barras que el mínimo gesto de humanidad de acompañar a un ser humano para que no sea herido? El jueves, cuando los jugadores de Boca se resistieron a salir con los de River para evitar la agresión de los hinchas, la respuesta a la pregunta anterior se hizo más que evidente. 

La Bombonera no es Cromañón, pero el efecto sobre los administradores del fútbol podría haber sido equivalente. Sin embargo, nuevamente perdimos. Nuevamente el dinero se impuso a la vida. 

La decisión de la Conmebol fue vergonzosa, dejando entrever el poder real que la recaudación tiene por sobre todo. Todo. 

En algún momento se hizo deseable que La Bombonera hubiera sido al fútbol lo que Cromañón fue al rock. Pero no será así. 

Perdimos de nuevo. Lo sucedido servirá para que los violentos sigan impunes, para que el fútbol siga siendo sólo un negocio, para que sirva de chicana en los próximos partidos. Y a nadie podrá extrañar lo que siga sucediendo en las canchas. 

Alejandro Frias 

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20 de octubre de 2017 | 13:00
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