opinión

Incertezas y objetividudas

Petkoff no pudo salir de Venezuela para recibir el premio Ortega y Gasset.

Incertezas y objetividudas

El diario madrileño El País otorgó ayer al venezolano Teodoro Petkoff su Premio Ortega y Gasset 2015 a la trayectoria periodística. Es una buena noticia: además de periodista de los buenos, Petkoff es una de las personalidades políticas más fascinantes de América latina y dueño de una trayectoria singularmente rica e intensa.


La mala noticia es que el galardón no pudo serle entregado personalmente ‒lo recibió por él el expresidente del gobierno español Felipe González‒ porque tiene prohibido salir de Venezuela debido a una de las querellas que periódicamente le entabla el capitán Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional (parlamento) venezolana.

Hace rato que Teodoro está acostumbrado a las malas noticias. Tal Cual, el diario que fundó hace 15 años y dirige desde entonces, ya no se imprime cotidianamente sino solo una vez por semana. Como él y sus colaboradores no aceptaron moderar sus críticas ni vender la publicación a grupos empresarios afines al chavismo, el régimen le vende papel ‒o divisas para poder comprarlo‒ a cuentagotas. Desde mucho antes lo acosa en los tribunales.

Sin embargo, parece difícil que vayan a torcerle el brazo a esta altura de su vida, a sus 83 años.

Hijo de inmigrantes búlgaros, Petkoff era aún un adolescente cuando, en la década de los 40, comenzó a leer a los grandes teóricos del marxismo. Por ello recaló en el Partido Comunista de Venezuela (PCV) aunque, como él reconoce, bien pudo haberlo hecho en Acción Democrática (AD), la agrupación que a fines de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez tenía un activo compromiso con las clases bajas (con el advenimiento de la democracia, en 1958, AD se convirtió en el partido socialdemócrata más grande del mundo por la proporción entre afiliados y población total, y fue usina de la inteligencia política más brillante de América latina, con Rómulo Betancourt a la cabeza).

Petkoff actuó en la resistencia estudiantil contra Pérez Jiménez, llegó a ser miembro del buró de conducción del PCV y fue guerrillero a órdenes del mítico Douglas Bravo contra el gobierno de Betancourt (1958-63). Conoció cárceles ‒de las que escapó en más de una ocasión‒ y pasó períodos en la clandestinidad, pero también tuvo épocas de alto perfil, como cuando su libro Checoslovaquia, el socialismo como problema, publicado en 1969, causó revuelo en Moscú y le valió que un año más tarde el propio Leonid Brezhnev lo declarara “amenaza” para el comunismo mundial.

Ya entonces Teodoro intuía lo que años más tarde, en prólogos a ediciones posteriores de ese texto indispensable, podría explicar con claridad: “Los efectos aniquiladores que tuvo para el destino del llamado socialismo real el culto a la personalidad y la concentración de todos los poderes en las manos de un líder supremo”. “Las grandes trampas que han estado en asecho en casi todos los experimentos socialistas realizados bajo el signo del marxismo o del marxismo-leninismo: la estatización de la economía y la creación de un partido único al cual le fueron asignadas con exclusividad las tareas de la construcción del socialismo”. 

“La profunda incomprensión de la relación, mutuamente fecundante, que debe existir entre el socialismo y las grandes conquistas políticas de la revolución liberal”. “El primer Estado socialista ‒o que se definía como tal‒ [la Unión Soviética] dio origen a una institucionalidad política cerradamente dictatorial y autocrática, caracterizada por el partido único, por la subordinación de toda la vida social a ese partido, por la confusión de éste con el Estado, por la asfixia de toda forma de acción política o cultural que no sea la autorizada y manipulada por el partido único, por la supresión de los derechos civiles y políticos democráticos, por el monopolio partido-estatal de los medios de comunicación, por la desarticulación de la opinión pública, por la reducción del Estado a sus órganos ejecutivos, atribuyendo una función meramente decorativa a los cuerpos deliberantes a través de los cuales debía, supuestamente, realizarse la voluntad colectiva”.

En 1971 encabezó una escisión del PCV y fundó el Movimiento al Socialismo (MAS), por el que fue dos veces candidato a presidente (1983 y 1988), otras dos diputado nacional (1974-79 y 1989-94), y ministro de Coordinación y Planificación (1996-98) en el segundo gobierno del socialcristiano Rafael Caldera. Se desvinculó del MAS en 1998, cuando el partido decidió acompañar el proyecto de Hugo Chávez, y se consagró al periodismo, primero como director del diario El Mundo y luego desde su Tal Cual, cuya política editorial tampoco ahorra críticas para la oposición al chavismo.

Tal vez la mejor definición para explicar la evolución de Petkoff sea la que dio ayer mismo Mario Vargas Llosa, en un video que envió a la ceremonia de premiación: “Los ensayos de Teodoro Petkoff son una forma de autocrítica de una tremenda lucidez”.

No conocí a Teodoro durante mi breve residencia en Caracas, en 2002, sino cuatro años después, cuando fui a cubrir como periodista las elecciones presidenciales en las que Chávez derrotó a Manuel Rosales. Había pensado en postularse nuevamente, pero luego ‒igual que otros varios dirigentes‒ declinó su candidatura a favor de la de Rosales, en lo que fue el antecedente inmediato de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que desde 2008 reúne prácticamente a toda la oposición, y fue el coordinador de esa campaña.

Quería entrevistarlo después de los comicios. Estaba seguro de que su análisis iba a ser valioso. Pero mis repetidas llamadas parecían no conmover a su asistente, la encantadora Azucena. Sin embargo, cuando yo había perdido la esperanza, aparecieron 30 milagrosos ‒y estrictos, se me advirtió‒ minutos en la agenda. Teodoro me recibió con cara de pocos amigos. “No sé por qué le di esta entrevista; en media hora no vamos a poder hablar de casi nada”, me dijo. “No se preocupe; asumo el riesgo”, le respondí. Cuando la conversación terminó, puntualmente, hacía rato que se le había ablandado el gesto y, al despedirse, me dijo: “Lo felicito, no creí que pudiera aprovechar tan bien esa media hora”. A mi regreso le envié copia de la nota publicada y desde entonces mantengo contacto regular con él y con Azucena.

Alguna vez me pidió si podía mandarle por correo un libro que tenía la entrada prohibida en Venezuela. Lo hice, y al poco tiempo tuvo la generosidad de enviarme un ejemplar dedicado de El chavismo como problema, que publicó en 2010. Lo vi por última vez hace dos años, cuando volví a Caracas para cubrir las elecciones en que Nicolás Maduro venció por menos de un punto y medio a Henrique Capriles, según los datos oficiales. Ya tenía algún achaque, producto de un accidente doméstico ‒por eso no había podido visitarlo un mes antes, durante los funerales de Chávez‒, y sé que últimamente ha tenido otros. Avatares de la vida. Nada que nos permita suponer que el hombre que se plantó ante Brezhnev y ante Chávez vaya a claudicar ante figuras bastante menores ‒aunque no por eso menos peligrosas o dañinas‒, como Maduro o Cabello. 

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