opinión

Baltimore y el castigador altruista

Analizando la raíz del racismo de Baltimore.

Baltimore y el castigador altruista

 Uno de los comentarios más repetidos al hablar de los disturbios de Baltimore es sobre su presunta irracionalidad. Los saqueadores y vándalos, se dice, están deslegitimando las protestas con sus actos violentos. Lo moralmente aceptable, verdaderamente democrático y poderosamente efectivo, según esta línea argumental, son las protestas pacíficas sin violencia, movilizando ciudadanos y votantes para pedir cambios a las autoridades e instituciones.

Dejando de lado el tufillo racista de ciertos comentaristas cuando dicen estas cosas (En Fox News ayer estaban ayer a dos pasos de decir “estos negros son unos bárbaros incivilizados“. Bueno, de hecho lo dicen de vez en cuando), no deja de ser un argumento bastante paternalista. Los personas que viven en estos barrios marginales en una ciudad como Baltimore tienen conflictos con la policía porque no protestan bien, más o menos. El debate sobre violencia policial pasa a ser uno de tácticas de negociación, no de injusticia permanente.

La cuestión es, cualquier persona que haya vivido en una ciudad o barrio con problemas endémicos de violencia policial sabe que el problema a menudo no es que no se quejen bastante, sino que las instituciones protegen antes a los policías que a sus víctimas. Por muchas denuncias contra el departamento de policía de Baltimore que uno haga, los políticos van a a querer estar al lado de los héroes y contra los criminales, los fiscales dependen de los policías y no van a ponerles nerviosos, y los jueces viven todo el día con ellos, así que de quién se van a fiar. Empeorando las cosas, a los medios de comunicación en general les importa un comino lo que les pase a los pobres. La no-violencia y el actuar dentro del sistema puede sonar virtuoso, pero a menudo se parece bastante a darse de cabezazos contra una pared.

Es en estos casos cuando la violencia, de forma contraintuitiva, puede resultar ser una salida racional. Steve Waldman, un economista americano originalmente de Baltimore, escribía ayer sobre la estrategia del castigo altruista (altruistic punishment) como una forma de romper este bloqueo.

Un castigador altruista es, básicamente, alguien que impone costes a terceros en un conflicto sin que el castigador extraiga ningún beneficio en el proceso, o incluso con el castigador sufriendo costes elevados. Esto puede parece una forma absurda de resolver un conflicto entre dos partes, pero en el fondo es una estrategia de señalización: estas tan harto de perder y comerte marrones que estás dispuesto a atizar a cualquiera que te pase por delante para que al menos alguien más sepa del problema, aunque esto empeore la situación. En cierto sentido, es la estrategia del soldado que muere heróicamente para vengar a sus compañeros en una guerra. Cero beneficio personal, un montón de cadáveres inútiles en ambos bandos, pero una mensaje colectivo claro al otro bando: quizás perdamos, pero derrotarnos será una experiencia horrible.

Como señala Waldman, el castigo altruista no es una estrategia necesariamente salida de la reflexión. Es una respuesta emocional, de tribu, salida de la desesperación. Pero es racional en el sentido que cambia las reglas del juego: los medios de comunicación ignoraron Baltimore hasta que no hubo los primeros altercados, y no monopolizaron la atención del país hasta que empezaron a quemar cosas. El problema para la policía y autoridades ya no se reducía a sus interacciones con el lumpen, sino como esa gente a la que habían estado martirizando decidía hacer lo mismo a terceros. Los vándalos apenas sacan nada de sus actos (más allá de una botella de whisky o un cartón de cigarrillos), pero corren el riesgo de ser detenidos y encarcelados, pero a ellos les da igual. Ellos, como el soldado medio suicida, están ahí para llamar la atención, no para ganar una guerra.

¿Quiere decir que estoy apoyando los saqueos, disturbios e incendios? No, en absoluto. Como dice Waldman, los disturbios son violencia, y la violencia no tiene cabida en democracia. Los vándalos deben ser detenidos y castigados. Infligir dolor a inocentes es despreciable, injusto e inaceptable. Que sea inaceptable, sin embargo, no quiere decir que no sea una reacción comprensible, incluso perversamente racional, a un problema de opresión permanente. Colocar a un grupo en una posición tan insostenible como para que estén dispuestos a tomar este paso es, en el fondo, una forma de violencia.

Una nota final: es importante recalcar también que el castigo altruista es, por muchos motivos, una parte central del funcionamiento de cualquier sociedad. El mundo a menudo ha avanzado a base de las protestas de gente lo suficiente cabreada e insensata como para sufrir castigos severos y grandes pérdidas sólo para demostrar que las cosas van mal.

Pero sobre todo, leed el artículo de Waldman, que es realmente bueno. Feliz día del trabajo.

(*) Roger Senserrich es politólogo, coeditor de Politikon.es. Leé más aquí.


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18 de diciembre de 2017 | 09:13
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    7 de Diciembre de 2017
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