opinión

Todo genocidio es político

Una reflexión sobre los 100 años del genocidio del pueblo armenio.

Todo genocidio es político

“Genocidio: intención de destruir, íntegra o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal”. Esa es la definición de la Convención para la Sanción y Prevención del Delito de Genocidio de la ONU del 9 de diciembre de 1948. Un mamarracho. Esa definición es un verdadero mamarracho. Pero es lo único que tenemos y nos aferramos a ella, hasta hoy.

Es un mamarracho jurídico porque no se puede definir un delito por su víctima como en este caso. Si las víctimas son grupos religiosos, étnicos o nacionales, sí hay genocidio. Si son otro tipo de grupos, por ejemplo grupos políticos, no hay genocidio. Es como decir que si alguien mata a una mujer gorda y petisa si hay homicidio. Pero si mata a un hombre alto y flaco no lo hay.

Además, lo más grave es que en el marco de la hipocresía de la realpolitik, durante las negociaciones en la ONU, se excluyeron los motivos políticos por imposición de la Unión Soviética. Esa exclusión nos afectó y nos afecta aún hoy a los argentinos, que tenemos que andar cuidándonos de no usar el concepto de genocidio para referirnos a los hechos de la década de 1970, cuando en realidad no cabe duda de que se trató de un genocidio, en este caso por motivos políticos.

Y aquí llegamos al meollo de la cuestión, porque siempre los genocidios son políticos. Los temas raciales o religiosos no son centrales, sino que son usados siempre como excusa para llevar adelante exterminios con motivaciones políticas y económicas. Desde el que lo planea en las altas esferas, hasta el último torturador que se ensucia las manos con sangre.

Siempre está detrás el imperialismo y el capitalismo, que no hace falta llamarlo salvaje porque por esencia el capitalismo siempre es salvaje.

Entre 1915 y 1917 el Imperio Turco exterminó a 1.500.000 armenios. Todo comenzó el 24 de abril de hace 100 años. Esa noche, los turcos secuestraron y asesinaron a 600 artistas y profesionales armenios de Estambul, descabezando la vanguardia intelectual de ese pueblo. Luego, desarmaron a los hombres reclutados por la Primera Guerra Mundial y los mataron. Quedaban sólo las mujeres, los ancianos y los niños. Y los deportaron en larguísimas caravanas de la muerte hasta los desiertos del norte de Siria. De 2.000.000 de armenios sólo sobrevivieron 500.000, muchos de los cuales luego de innumerables penurias, llegaron a la Argentina, y algunos a Córdoba.

¿Cuál fue el motivo? No fue ni racial ni religioso. De hecho, los armenios habían convivido con los turcos como ciudadanos del Imperio Otomano durante siglos. De repente, este exterminio inimaginable. El verdadero motivo fue que el Imperio Otomano venía perdiendo dominios y posesiones en Europa y el norte de África, y sus intereses geopolíticos viraron hacia oriente, en un intento de homogeneizar demográficamente el país y en un proyecto panturquista. El problema era que en el medio estaba el pueblo armenio, un pueblo cristiano y sin proceso migratorio, que estaba allí desde hacía miles de años. La solución fue la eliminación de ese pueblo, lisa y llana. Y la excusa fue el marco de la Primera Guerra Mundial y la eventualidad de que los armenios se aliaran a los rusos. El negacionismo sigue repitiendo hasta hoy que hubo dos bandos, que hubo excesos de ambos lados, que era una guerra. En realidad, lo que hubo fue un Estado terrorista exterminando a sus propios ciudadanos, en este caso a ciudadanos turcos de raza armenia.

Decir que el Genocidio Armenio fue el primer genocidio del siglo XX es ya de por sí una definición de nuestro fracaso como género humano. Porque quiere decir que vinieron otros, y otros, y otros genocidios. De hecho, antes de la invasión de Polonia, Adolf Hitler arengaba a sus oficiales diciendo: “No se preocupen por lo que pueda pasar. Total, ¿quién recuerda hoy la masacre de los armenios?”. La repetición fue posible por la indiferencia del mundo, sobre todo de las grandes potencias. En Europa y en Estados Unidos se sabía lo que estaba sucediendo en Anatolia con los armenios. Ahí están los periódicos de la época como testimonios de que no era nada oculto, o las cartas desesperadas del propio embajador norteamericano en Estambul, Henry Morghentau. Pero ni Washington ni los países europeos movieron un dedo para salvar a los armenios de las garras del gobierno de los “Jóvenes Turcos”.

El imperialismo atrás del genocidio. En ese caso el Imperio Otomano, con sus vínculos comerciales y políticos en Occidente. Como 25 años después sería otro imperio, el Tercer Reich, encarando el Holocausto. Hay una autora francesa, Vivianne Forrester, que denuncia en un libro llamado El crimen occidental, que en realidad nunca hubo una guerra contra el nazismo. En la Segunda Guerra Mundial lo que hubo fue sólo una guerra contra las intenciones expansionistas de Alemania, pero los aliados nunca intentaron salvar a los millones de judíos de las garras nazis. Y eso que sabían de la existencia de Auschwitz, Treblinka y todos los campos de la muerte, por lo menos desde 1942. Pero nunca hicieron nada, ni siquiera bombardear las vías que llevaban trenes cargados de víctimas de toda Europa.

Y más acá en el tiempo, el imperialismo nuevamente detrás del genocidio, en especial en los años ’70 y ’80 en Latinoamérica. Un genocidio ordenado desde Washington a partir de la Doctrina de la Seguridad Nacional y la Escuela de las Américas, e implementado por los ejércitos asesinos locales al servicio de las oligarquías vernáculas. Pero también aquí la motivación final fue siempre económica y política. También aquí el mundo occidental y civilizado miró para otro lado y dejó hacer.

Por eso, los genocidios siempre son políticos en el fondo. Y el negacionismo también, además de ser una consecuencia casi lógica y coherente, parte constitutiva del propio genocidio.

En el caso de Argentina, tenemos el alivio de que un presidente como Néstor Kirchner pidió perdón en nombre del Estado a la sociedad. Y tenemos un Estado que hasta ahora ha juzgado y condenado a más de 500 represores, con los tribunales ordinarios de la Nación.

En el caso de los armenios no. Pasaron 100 años y los perpetradores siguen negando lo que hicieron. Los negadores de hoy son los continuadores de los genocidas de ayer. Te matan a tu familia, te violan a tus mujeres, te desaparecen a tus familiares, te saquean tu casa, te exterminan a tu pueblo. Y después viene alguien y te dice que nada de eso ocurrió, que vos te lo inventaste. Es una nueva desaparición.

Y el negacionismo tiene distintas caras, unas más brutales y otras más sutiles. Está por un lado el presidente de Turquía, Recep Erdogan, respondiéndole con brutalidad al Papa Francisco por reconocer el Genocidio Armenio. Dijo que “condena” al Papa por decir “estupideces”. Y también dijo que los reclamos de memoria, verdad y justicia, le “entran por una oreja y salen por la otra”. Una brutalidad grotesca.

Pero hay otro tipo de negacionismo más sutil. Aquí en Argentina, quizá no encontremos alguien que niegue el Genocidio Armenio al estilo Erdogan. Pero sí encontramos estrategias más sofisticadas, también pagadas por la República de Turquía, con la complicidad local. Por ejemplo el circo mediático que se potenció estas últimas dos semanas en torno a una telenovela basura de origen turco que difunde el Grupo Clarín. Con pseudoperiodistas viajando a Turquía (pagados por el gobierno de Ankara) para ver cómo y dónde vive Onur, o Alí Kemal bailando en el programa de Tinelli. No es que yo me invente fantasmas, pero hace rato que perdí la ingenuidad y sé muy bien que los medios de desinformación son una de las armas modernas del imperialismo. Disfrazados de productos pasatistas y vacíos, también son portadores de una ideología, nefasta y perversa. Y todo este circo repudiable tiene como finalidad, contrarrestar la memoria y el pedido de verdad y justicia a Turquía, el Estado genocida que sigue aún hoy, a 100 años, negando el Genocidio Armenio.

Mariano Saravia. 

Opiniones (1)
18 de agosto de 2017 | 23:27
2
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18 de agosto de 2017 | 23:27
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  1. La gran diferencia entre un genocidio brutal y una guerra en la que se cometen excesos es la propiedad de los medios de comunicación. La posibilidad o no de construir una versión que legitime la atrocidad y la transforme en un mal necesario.
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