opinión

¿Es posible? ¿Otra vez la psicopatía al poder?

¿Qué clase de personas pueden enviar con total frialdad a pueblos al muere?

¿Es posible? ¿Otra vez la psicopatía al poder?

Hoy quiero compartir con ustedes una pregunta inquietante : ¿qué sucede en las sociedades cuando hay psicópatas en los puestos de poder político, económico, militar o religioso?

Hace muchos años que vengo preguntándome ¿qué clase de personas pueden enviar con total frialdad a pueblos enteros al muere, a padecer enfermedades terribles, malformaciones, guerras, sequía, pobreza? ¿Qué es esa codicia que nunca se sacia, que es capaz de destruir el mundo en que vivimos, en que vivirán sus hijos, sin ningún remordimiento? Imposible no verlo en el escándalo suscitado por el todavía presidente de la Cámara Mendocina de Empresarios Mineros, Carlos Ferrer, acusado por su hija, Sofía Ferrer, de varios delitos que se sintetizan en una sola palabra: son psicópatas. Más allá de su renuncia a la candidatura, el mero hecho de que haya aspirado a ocupar el sillón de San Martín da pie para pensarlo: es posible que haya psicópatas en el poder.

En palabras de Robert Hare: “Los psicópatas nunca podrán tener empatía, ponerse en el lugar de otra persona, tener sentimientos hacia alguien. Ni siquiera por los seres más próximos, padres, hermanos, pareja, hijos… Los psicópatas no tienen emociones y no es posible enseñárselas”

Antes que nada, aclaremos un punto: no todos son psicópatas, siempre están rodeándolos los complementarios, como les llama el dr. Marietan, que les son funcionales, lo que en los Simpsons sería Smithers al señor Burns.

No sería la primera vez en la historia que sucede –y depende de nosotros que vayan siendo de las últimas- existe toda una ciencia, la ponerología política (no sean malpensados, viene del griego poneros, y significa estudio del mal), creada por Andrew Lobaczewski en la época de Hitler, Stalin, y los tatarabuelos de Bush y Rockefeller, por ejemplo, que le puso un nombre a esto: la patocracia. Aunque acá suene a algo así como “gobierno de los patos criollos”, en realidad, estudia desde un cruce de la psicología, la psiquiatría, la filosofía, la sociología, la literatura, el derecho, etc, qué nos pasa cuando las sociedades están manejadas por individuos patológicos. Ciertos líderes carismáticos que, una vez que logran seducir y fanatizar multitudes, desgarran el tejido social, y generan un circuito psicopático donde las reglas del juego y la forma de jugarlo –psicopateada general para todo el personal- se trasladan a todos los niveles, incluso a la vida cotidiana.

Esto va más allá de Ferrer, y los patocriollos locales, hace rato que estamos viviendo, en todo el planeta, en una época en la que ser un desalmado se presenta masivamente como una especie de ideal de ser: “úselo y tírelo”. Y la psicopateada, el deporte mundial más aceptado y valorado –acoso laboral, bullyng, se ve y se legitima en las series de televisión, en los reality shows, y la educación musical de masas, o en la dura realidad: en las guerras, en los desastres y los refugiados ambientales, y el sálvese quien pueda. Porque uno de los rasgos cruciales de la psicopatía es la cosificación: no pueden percibir al otro como un ser humano, y por lo tanto, todas las emociones que impregnan nuestros actos y nuestra forma de ver el mundo en relación con los otros seres humanos, sencillamente les son ajenas. Pueden fingirlas, ponerse cualquier máscara (en la psicología de la línea clásica, perversos para Freud, Lacan los define como una posición estructural –una forma de ser- capaz de camuflarse según su conveniencia, como los “camaleones”) y pueden mentir sin que se les mueva un pelo. Este rasgo, la cosificación, la falta de empatía y por lo tanto de remordimientos o culpa en el área en que ejercen su psicopatía (donde tienen sus necesidades especiales: poder, dinero, sexo, sangre etc), es crucial para no endilgarle el rótulo de psicópata a cualquiera: a ver, todos podemos mentir o manipular hasta cierto punto, o podemos querer o fantasear en las mismas áreas, sin embargo, la diferencia es que para el neurótico o el normal siempre hay un límite, y es, precisamente, el otro: si cruzamos esa raya nos sentimos mal, la empatía y la culpa actúan como reguladores de algo básico: nuestra libertad termina donde empieza la del otro. Para los psicópatas no existe este límite, aunque conocen perfectamente las reglas comunes acordadas en el contexto social que les toque (leyes, moral, códigos etc, y por eso el Derecho los considera imputables: el principio de realidad está intacto, por lo tanto, pueden elegir estar dentro o fuera de la ley). Crean sus propias reglas (sólo se sienten culpables si transgreden su propia ley), y consideran a los demás como piezas de un tablero para obtener sus fines, sienten un placer especial en violentar, en quebrar al otro, como que si es robando, violando, matando, estafando, corrompiendo, se les hace más rico.

Para eso, los psicópatas son muy hábiles en detectar las fisuras en la personalidad o en el inconsciente colectivo en el que quieren operar, y van limando sutilmente la voluntad, los deseos, la autoestima, etc., de quienes caen en el circuito psicopático: agrandan la grieta, van corriendo gradualmente los límites del otro, para insertar allí lo que ellos quieren. Por ejemplo, Nerón detectó la necesidad de pan y circo –sangre- en la sociedad romana, la misma que hizo refalosa la Buenos Aires de Rosas . O Hitler, que detectó el orgullo alemán herido por el tratado de Versalles y la xenofobia latente: primero les dio nibelungos y espacio vital para todos, y después, del nacionalismo a la guerra, y de la xenofobia al genocidio hay un solo paso: correr los límites. La violencia cada vez más permitida hacia un otro cosificado. Otro ejemplo argentino, la campaña del desierto de Roca. O la esclavitud, en la que se consideró durante siglos a los esclavos como cosas.

¿Cómo logran convencer a los normales, incluso gente inteligente, de tirar por la borda todo lo que han sido, su ética, sus valores? Manipulando las emociones, ellos que no las tienen. Lavado de cerebro, se dice en el barrio, y vean si no los videos de la época, con las multitudes fanatizadas gritando al paso de Hitler, y, después de los ríos de sangre, los ríos de tinta que corrieron desde la culpa alemana. El despertar va a ser durísimo: “…lo peor que un ser puede hacerle a otro: adulterarle la esencia para usarlo”, decía Clarice Lispector, y nunca mejor definido.

De sólo imaginarlo ya da escalofríos, ¿verdad? Implica asomarse a uno de los abismos más pavorosos de la condición humana, y pone en jaque muchas ideas tranquilizadoras sobre las que nos asentamos, como que el ser humano es bueno por naturaleza, que todos somos redimibles por el amor, curables por la medicina y la psicoterapia, o reeducables por la cárcel o la institución que se quiera. Pues no, hay aproximadamente un uno por ciento de la población que tiene una estructura psicopática, en los que todas estas ideas no son aplicables: son malos y les gusta serlo. Aproximarse a ellos siempre produce horror y fascinación, ya que, lejos de lo que nos muestra Hollywood, no son solamente los asesinos seriales, ni ciertos delincuentes de mediana y poca monta que terminan tras las rejas –transtorno antisocial de la personalidad, diría el DSM IV, considerados también psicópatas fallidos. Y si el 1% les parece poco, pensémoslo de nuevo: somos cuarenta millones de argentinos: cuánto psicópata nacional hay perfectamente adaptado, que puede estar en tu casa, en tu barrio, en tu escuela o tu lugar de trabajo –psicópatas cotidianos.

O peor aún, si somos siete mil millones de otros en el mundo, cuánto psicópata exitoso puede estar investido de un poder equis, a plena luz de la tele, o en las sombras de sus oficinas. Serpientes en traje, les llama Robert Hare- haciendo más o menos lo mismo que los otros –psicopateando- pero a gran escala: armando guerras, desastres ecológicos, estafas millonarias. Y a cuántos seres humanos pueden estar, ahora mismo, haciendo daño.

Corta la bocha: a los fines de esta nota, vamos a dirimir rápidamente: hoy, con los avances de la neurociencia y una maquinita a la que no pueden engañar ni seducir: la tomografía por emisión de positrones (PET), podemos sacarles la ficha tan infaliblemente como un ADN en la escena del crimen. De tanto escanear cerebros se descubrió que los psicópatas, ante estímulos que en las personas normales o neuróticas provocan emociones como el horror o la compasión, no registran actividad en áreas específicas como el lóbulo prefrontal (donde se procesan emociones como la empatía, el amor, la culpa, en fin, todo lo que tiene que ver con relacionarse como un ser humano y ponerse en los zapatos del otro ), el hipocampo y las amígdalas del cerebro (donde se controlan los impulsos de agresividad, ansiedad, miedo), y el cuerpo calloso donde se conecta todo. De hecho, la gama de emociones y sensaciones que experimenta el psicópata es escasa y extraña: tedio psicopático, tormenta psicopática, y otras que ya han sido catalogadas por muchísimas culturas de la antigüedad en el ránking de las más peligrosas: soberbia, ira, codicia, crueldad, a veces, cruzadas con otras rarezas llamadas parafilias. Y pará de contar.

Para los que no caen en la trampa de la fase de seducción, operan por el terror, el chantaje, el “ablande”, y siempre tienen mucho cuidado en aislar a la víctima de quienes pudieran abrirle los ojos o facilitarle vías de escape.

Que cada quien saque sus propias conclusiones. Simplemente les digo que podríamos liberarnos de esta máquina de infelicidad con tan sólo una simple tomografía PET a todo aquel que llegue demasiado alto, antes de que los costos sean demasiado altos.

Por ahora, zafamos en lo político –no así en lo económico- de tan sólo uno de ellos, y le agradezco infinitamente a Sofía el coraje de desenmascararlo.

Mientras escribo estas líneas, el partido de Rodríguez Saa ya presentó otro candidato que viene con la misma bandera, parece que tras el baldazo de agua fría se regeneran como gremlins, o están por todos lados como los agentes smith de la matrix. Como está visto, por ahora no hay cura para la psicopatía, no aprenden. ¿Y nosotros qué? Con todo lo que ya nos ha pasado ¿Aprenderemos?

Opiniones (3)
29 de Abril de 2017|20:38
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29 de Abril de 2017|20:38
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  1. A veces se preguntan porqué pasan las cosas que pasan, enterate un poco la patología de los que manejan los hilos del poder y empezarás a encontrar la punta del ovillo. Excelente nota de Eugenia Segura?
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  2. Aplausos Eugenia
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  3. La cultura mendocina enmudece por sicópatas en el poder
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