opinión

De niños caprichosos a adultos insoportables

Muchas cosas han cambiado en la educación de nuestros hijos. Desde las palizas que estaban bien consideradas cuando éramos chicos, hasta la libertad casi absoluta que muchos padres le dan en la actualidad.

De niños caprichosos a adultos insoportables

 Y habitualmente padres y madres me preguntan sobre este tema: ¿Cómo le pongo límites? ¿Cómo le hablo para que entienda?

Entonces les respondo:

Si usted está dispuesto a formar un hijo «malcriado», brindele todo lo que quiera. Si su hijo le pide un helado, déselo, aunque sea pleno invierno y padezca de gripe. Si quiere salir a jugar, aunque ya no le quede tiempo para hacer sus tareas, por favor, no se lo impida.

Cualquier cosa que él le requiera no dude en decirle: «Yo te voy a llevar, yo te voy a comprar, no te hagas problema; por favor, no llores más». ¡No vaya a ser que su hijito le haga una escena de capricho!

Porque muchos hijos tienen la gran capacidad de manipular a sus progenitores, haciendo berrinches, gritando y hasta enfrentándolos. Son tantos los estímulos que reciben en la actualidad –desde la televisión, la computadora, con la información que reciben de sus compañeritos, etc- que saben de la impunidad que tienen por su corta edad.

¿Somos sabios los padres?

Interesante es comprobar lo que significa la palabra sabiduría; es, por definición, la «conducta prudente en la vida».

Habitualmente creemos que sabio es el que ha logrado acumular conocimiento. Pero en realidad el conocimiento de poco sirve si no pagamos el precio de ponerlo en práctica; y bien digo pagar el precio ya que muchas veces poner en práctica lo que hemos conocido como bueno y saludable para nosotros y nuestros hijos exigirá muchas veces de nuestra parte pagar el precio de abandonar ciertas conductas erradas que estábamos acostumbrados a practicar.

Es decir, que aquél que es sabio es el que ha aprendido a refrenar sus impulsos y es capaz de actuar con sensatez. Lo contrario a esto es una conducta irracional como la que podemos ver en un niño que se empecina en conseguir algo de sus padres y que es capaz de llorar, tirarse al piso y golpear todo cuanto esté a su paso con tal de conseguir lo que tiene en mente. Esa actitud caprichosa que los niños desarrollan como nadie, es normal mientras que sean niños. Pero si, al crecer, una persona no logra superarlo, se convertirá en un rasgo de inmadurez.

Hay adultos que son «caprichosos» en sus conductas, en sus decisiones, en su manera de pensar; son aquellos que comúnmente denominamos: «cabezas duras» y que en la vida van tomando decisiones de acuerdo a sus deseos egoístas. Lo único que tienen en mente es satisfacer sus necesidades, sin importar el costo o lo que ello implique.

Puedo recordar muy claramente que en más de una oportunidad hice amargar a mi pobre abuela con mis caprichos, al pasar delante de un comercio de venta de juguetes y tirarme al piso, llorar y patalear para que me comprara alguno que había visto en la vidriera. Recuerdo una vez, al no obtener lo que quería, arrojé sus anteojos desde un octavo piso. ¡Puede imaginarse cómo quedaron! Gracias a Dios crecí, y quedaron atrás esos berrinches de niño travieso, que hoy recuerdo con cierta mirada de picardía.

Ahora bien, imagínese qué puede pasar si ese tipo de conductas no se abandonan al crecer, sino que se siguen manifestando en la vida de grande.

Como padres, tenemos la responsabilidad de corregir, de frenar a tiempo esos comportamientos, si en verdad queremos alegrarnos en el futuro por haber formado hijos sabios, hijos maduros. Conozco padres que, por el contrario, hacen lo que no pueden con tal de darles todo lo que sus hijos quieren, padres que directamente son manejados por sus hijos; que son capaces hasta de endeudarse, si fuera necesario, y que corren riesgos económicos, con tal de que el «nene» tenga todo lo que desea en este mundo.

Cuando el niño no tiene límites en cuanto a lo que anhela poseer, le estamos enseñando inconscientemente que puede ser el dueño de todo lo que desee tener en este mundo. Pero en esta vida, querido padre, usted y yo sabemos que esto no es posible ni saludable. En mi caso particular, la corrección de mis padres y los límites, que con tanto fastidio miraba desde la infancia, me ayudaron a encaminarme en la vida. Puedo decir que dieron buenos resultados.

Lo irreemplazable

Recuerdo un viaje de vacaciones que hicimos con toda mi familia: al llegar a una ciudad no encontrábamos hotel. No sabíamos que allí había una gran actividad deportiva, y los hoteles estaban totalmente completos, así que lo único que conseguimos fue una habitación muy sencilla y humilde. Tuvimos que dormir bastante incómodos, ya que éramos cinco y la habitación era de unos pocos metros cuadrados. Prácticamente, podríamos decir que estábamos uno arriba del otro.

Nuestra gran preocupación había sido no poder ofrecerles a nuestros hijos una mayor comodidad. Hablando luego con mi esposa Alejandra, decíamos que hubiésemos querido darles algo mejor, en ese viaje tan especial, sus tan ansiadas vacaciones. Todos sabemos que los niños esperan ansiosamente ese momento del año, sobre todo si tienen la posibilidad de viajar. Porque en un viaje siempre puede haber una aventura.

Finalmente regresamos de esas vacaciones y transcurrieron unos cuantos meses, hasta que una noche, en una cena, recuerdo que sin saber cómo, terminamos hablando de aquellos días. Inmediatamente, apelamos a la ayuda de unas cuantas fotos que posibilitaron el recrear cada lugar y cada momento vivido. De repente, me sorprendió el comentario en el que mis tres hijos por igual concordaban, cuando les preguntamos cuál había sido el momento más agradable que habían pasado en aquellas vacaciones; inmediatamente dijeron: «Aquellos días, en aquella habitación, donde estábamos todos juntos». ¡Qué conmoción darme cuenta de que su alegría pasaba por un lugar muy distinto del que yo había pensado como ese padre proveedor de mis hijos! Y, en realidad, a ellos no les importaba la incomodidad ni determinadas cosas que yo tenía en mente. Lo único que querían era estar juntos, y compartir cosas que tienen que ver con el cariño y con el afecto, con el abrazo y la cercanía.

El pasar tiempo nos permite expresar nuestro afecto y, sobre todas las cosas, caminar juntos, corregirlos y darles la posibilidad de que encuentren un ejemplo próximo para imitar.

Definitivamente, ese es mi gran deseo: poder influenciar a mis hijos y, sin pedírselo, convertirme en un modelo para ellos. Sé que este también es su sueño. Hay una responsabilidad que tenemos como padres, un lugar que ocupar, un liderazgo que asumir. ¡Y el día para empezar es hoy!

El mayor valor que podemos darle a nuestra familia es nuestro tiempo. 

Opiniones (1)
16 de diciembre de 2017 | 16:23
2
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16 de diciembre de 2017 | 16:23
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  1. muy buena la nota. los padres de hoy deberian tomar nota de esto y educar.j
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Leopardo al acecho
7 de Diciembre de 2017
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